El vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, ha defendido que la fe cristiana debe impregnar todos los ámbitos de la vida pública y ha reclamado una presencia más decidida de la Iglesia en el debate cultural y político. Lo hizo durante una extensa conversación con el obispo estadounidense Robert Barron, en la que repasó su conversión al catolicismo, la influencia intelectual de san Agustín y de René Girard, la doctrina social de la Iglesia, la inmigración, la inteligencia artificial, el legado del papa Francisco, las expectativas que despierta León XIV y su propia vida de oración.
La entrevista confirma una línea de pensamiento que Vance viene desarrollando desde la publicación de sus memorias espirituales, Communion: Finding My Way Back to Faith: el catolicismo no constituye para él un elemento privado de su biografía, sino el marco intelectual desde el que interpreta la economía, la política, la cultura, la tecnología y la vida pública. «Si Jesucristo es realmente el Hijo de Dios, entonces tiene algo que decir sobre todas las partes de nuestra vida», afirmó, rechazando la idea de que la religión deba limitarse únicamente a cuestiones de culto o moral personal.
San Agustín y una conversión intelectual
Buena parte de la conversación giró en torno a la figura de san Agustín, cuyo nombre eligió Vance al ser recibido en la Iglesia católica. El vicepresidente explicó que, aunque las Confesiones le impresionaron profundamente, fue sobre todo La ciudad de Dios la obra que comenzó a desmontar los prejuicios que mantenía durante su etapa de ateísmo.
Recordó que durante sus años universitarios asumía, como muchos jóvenes de su entorno, que la religión pertenecía al ámbito de lo irracional y que las grandes respuestas intelectuales se encontraban en el nuevo ateísmo. Sin embargo, el pensamiento del obispo de Hipona cambió por completo esa percepción.
«Era evidente que estaba ante una inteligencia extraordinaria», explicó, subrayando que Agustín fue una de las primeras figuras que le obligó a replantearse la relación entre razón y fe.
Barron retomó entonces una de las tesis centrales de La ciudad de Dios: toda sociedad termina adorando algo. Para ambos, esa intuición conserva plena actualidad.
«Cada sociedad tiene una teología, aunque se considere completamente secular», respondió Vance. A su juicio, cuando una cultura convierte el dinero, el prestigio o el poder en absolutos termina corrompiéndose desde dentro, del mismo modo que ocurrió con las élites del Imperio romano descritas por san Agustín.
El vicepresidente recordó además que esa reflexión sobre el destino de Occidente ya había marcado algunas de las páginas de Communion, donde sostiene que las sociedades occidentales no pueden sostenerse únicamente sobre principios políticos abstractos, sino que necesitan conservar los fundamentos culturales y espirituales que les dieron origen.
La idolatría del éxito y René Girard
Vance reconoció que durante años él mismo cayó en la lógica del éxito personal.
Su paso por Yale le hizo descubrir un ambiente donde el prestigio académico y profesional constituía la auténtica medida del valor de las personas. No se preguntaba por la familia, los hijos o la comunidad, sino por la universidad de procedencia, el salario o las credenciales.
«Adoraba el éxito», admitió.
Sin embargo, precisó que el problema no es la ambición en sí misma, sino convertir el reconocimiento social en el criterio último de la existencia. Esa búsqueda permanente de aprobación termina convirtiendo a la persona en «esclava» de la opinión ajena.
Barron enlazó esa reflexión con santo Tomás de Aquino, recordando que el Aquinate identificaba la riqueza, el placer, el poder y el honor como los grandes sustitutos de Dios.
Otro de los grandes referentes intelectuales de Vance es el filósofo francés René Girard. El vicepresidente explicó que descubrió su pensamiento gracias al empresario Peter Thiel y aseguró que la teoría del deseo mimético le permitió comprender muchas dinámicas sociales contemporáneas.
Según explicó, las personas tienden a desear aquello que otros desean, fenómeno que las redes sociales han multiplicado hasta extremos desconocidos.
«Las redes sociales han acelerado el deseo mimético», señaló, lamentando que esa dinámica termine alimentando rivalidades permanentes, enfrentamientos públicos y campañas de linchamiento digital.
Barron coincidió plenamente y sostuvo que plataformas como X o Facebook se han convertido en el escenario perfecto para el mecanismo descrito por Girard: deseo, rivalidad, acusación y división.
La doctrina social como fundamento de su pensamiento político
Uno de los bloques más extensos de la entrevista estuvo dedicado a la doctrina social de la Iglesia. No era una referencia ocasional. En distintas intervenciones públicas y entrevistas recientes, Vance ha presentado Rerum novarum como uno de los pilares intelectuales desde los que interpreta cuestiones como la economía, la industria, el trabajo, el papel del Estado o los desafíos tecnológicos.
El vicepresidente explicó que la encíclica de León XIII le impresionó porque ofrece una alternativa tanto al conflicto de clases del marxismo como al individualismo económico. A su juicio, parte de un principio que sigue siendo plenamente vigente: reconocer que pueden existir tensiones entre trabajadores y propietarios, pero que la solución no consiste en alimentar el enfrentamiento, sino en promover formas de cooperación orientadas al bien común.
Barron recordó que la doctrina social católica nunca ha encajado plenamente ni en los esquemas de la izquierda ni de la derecha políticas, precisamente porque sostiene simultáneamente la defensa de la propiedad privada y el principio del destino universal de los bienes.
El obispo estadounidense evocó además una enseñanza de santo Tomás de Aquino y de León XIII: una vez cubiertas las necesidades propias y familiares, el resto de los bienes posee un destino universal y debe orientarse al servicio de los más necesitados.
Vance reconoció que ese equilibrio resulta especialmente exigente para quien tiene responsabilidades de gobierno y aseguró que las enseñanzas sociales de la Iglesia obligan constantemente a revisar las propias decisiones políticas en lugar de ofrecer respuestas sencillas.
La conversación derivó después hacia una crítica de la reducción de toda la política a indicadores económicos.
Como ejemplo, mencionó el argumento según el cual el aborto favorecería la incorporación de más mujeres al mercado laboral.
«Si ese es nuestro argumento, entonces hemos hecho un ídolo de la economía», afirmó. «La economía existe para servir a la persona humana, no la persona para servir a la economía».
También cuestionó una visión exclusivamente financiera del desarrollo económico, señalando que decisiones aparentemente racionales a corto plazo —como la deslocalización de industrias estratégicas— pueden acabar debilitando gravemente a una nación décadas después.
Inmigración: principios morales y aplicación política
La inmigración ocupó otro de los momentos centrales de la entrevista.
A diferencia de otras intervenciones públicas en las que había desarrollado argumentos de carácter más teológico, Vance abordó esta cuestión desde una perspectiva principalmente institucional. Reconoció que la doctrina católica exige tratar con dignidad a todo inmigrante, pero recordó que también reconoce el derecho de las naciones a proteger sus fronteras.
A su juicio, la clave consiste en mantener un diálogo permanente entre la Iglesia y los responsables políticos, evitando convertir cualquier discrepancia en una confrontación ideológica.
«Cada vez que el Papa critica una política migratoria se interpreta como si odiara a la Administración Trump», lamentó. «Tal vez simplemente está haciendo aquello que corresponde a su misión: ofrecer una enseñanza moral. Después nos corresponde a nosotros intentar aplicarla».
Barron coincidió en que el papel de los obispos consiste en recordar los grandes principios morales, mientras que corresponde a los gobernantes discernir su aplicación concreta en situaciones complejas.
Francisco, León XIV y una Iglesia que hable con claridad
Lejos de presentar una crítica frontal al pontificado anterior, Vance volvió a reconocer que una de las mayores virtudes del papa Francisco consistía precisamente en provocar conversaciones que obligaban a profundizar en cuestiones difíciles.
«A veces decía cosas con las que yo no estaba completamente de acuerdo, pero conseguía abrir un diálogo», explicó.
Recordó también que, tras su encuentro con Francisco poco antes de la muerte del Pontífice, mantuvo conversaciones con el cardenal Pietro Parolin y con el arzobispo Paul Gallagher. A partir de esa experiencia sostuvo que la Iglesia no debe limitarse a formular principios generales, sino ofrecer orientaciones más concretas capaces de afrontar los desafíos culturales y políticos del momento.
Barron lamentó, por su parte, que buena parte de la Iglesia occidental haya perdido la confianza para intervenir en la vida pública con la misma claridad con la que lo hicieron figuras como Fulton Sheen, Thomas Merton o Reinhold Niebuhr.
Vance compartió ese diagnóstico y afirmó que Estados Unidos necesita «una Iglesia moral y espiritualmente más asertiva», capaz de anunciar con claridad el Evangelio sin miedo a entrar en diálogo con la cultura contemporánea.
Al referirse a León XIV expresó su esperanza de que el nuevo Pontífice favorezca precisamente ese encuentro entre la Iglesia y el mundo contemporáneo.
«Entiende la cultura estadounidense mejor que cualquier otro Papa de la historia», aseguró. «Es un hombre brillante, profundamente santo y agustino».
Su confianza en León XIV aparece ligada también a la expectativa de un magisterio capaz de afrontar con mayor claridad y concreción los grandes debates culturales y sociales del momento.
Inteligencia artificial y relaciones humanas
La inteligencia artificial apareció también como uno de los grandes desafíos culturales de nuestro tiempo.
Vance advirtió de que las nuevas tecnologías no solo plantean cuestiones económicas o laborales, sino también profundamente humanas. Expresó su preocupación por el impacto que la inteligencia artificial y los entornos digitales pueden tener sobre las relaciones personales, especialmente entre los jóvenes, favoreciendo el aislamiento y dificultando la creación de vínculos reales.
En ese contexto defendió que la Iglesia participe activamente en el debate sobre la inteligencia artificial y valoró la aportación de León XIV al abordar los desafíos antropológicos que plantea esta tecnología, subrayando que la experiencia acumulada por la Iglesia durante dos mil años puede ofrecer criterios sólidos para afrontar una revolución tecnológica que afecta directamente a la comprensión de la persona humana.
La oración cotidiana
La entrevista concluyó con un tono mucho más personal.
Vance confesó que todavía está aprendiendo a perseverar en la oración y explicó que intenta rezar diariamente una decena del Rosario por la mañana y otra antes de dormir, además de hacerlo con sus hijos siempre que las obligaciones familiares y el trabajo se lo permiten.
Reconoció que, tras sus años de ateísmo, tuvo que reaprender incluso a rezar, motivo por el cual anima especialmente a quienes regresan a la fe a no desanimarse cuando la oración resulta difícil.
«No hace falta ser perfecto. Basta con empezar y perseverar», afirmó. Añadió que una de las invocaciones que más repite durante el día es: «Jesús, en ti confío».
Barron cerró la conversación recordando una conocida enseñanza de san Josemaría Escrivá: «En el momento en que dices a Dios «no sé rezar», ya estás rezando», una frase que sirvió de colofón a una conversación marcada por la convicción compartida de que la fe cristiana no puede reducirse al ámbito privado, sino que está llamada a iluminar toda la vida personal, social y política.