«Yo soy Arturo, rey [católico] de los britanos»

«Yo soy Arturo, rey [católico] de los britanos»
Miniature of King Arthur, holding a spear and a shield emblazoned with the Virgin and Child from a collection including Langtoft’s chronicles: Northern England, c. 1307 – 1327, Royal MS 20 a ii, f. 4r [British Library, London]

Por Brad Miner

En nuestro clima actual de escepticismo y sentimiento de superioridad respecto a nuestros propios antepasados, resulta fácil, casi obligatorio, burlarse de sus creencias y debilidades. El título de esta columna proviene de Monty Python and the Holy Grail (Monty Python y el Santo Grial), la parodia de 1975 del grupo cómico británico sobre todo lo relacionado con el mundo medieval. (Adaptada al teatro como Spamalot). Por momentos es hilarante, es decir, cuando no se vuelve sacrílega y lasciva. Está clasificada como PG-13 (para mayores de 13 años), pero debería ser R (para adultos). Si la viste, ya lo sabés; si no la viste, cuidado: lleva la picardía al extremo de lo grosero. Quedás avisado.

El rey Arturo, interpretado con una pomposa autoridad por Graham Chapman, trota a través de un paisaje empapado mientras su fiel sirviente, Patsy (Terry Gilliam), lo sigue por detrás, golpeando dos mitades de coco para imitar el sonido de los cascos de un caballo.

En un momento dado, Arturo se cruza con unos campesinos que parecen estar cosechando… barro. Ellos le preguntan quién es.

Rey Arturo: Yo soy su rey.

Mujer (Terry Jones): Bueno, yo no te voté.

Rey Arturo: No se vota a los reyes.

Mujer: Bueno, ¿cómo te convertiste en rey entonces?

[Suena música angelical…]

Rey Arturo: La Dama del Lago, con su brazo vestido con el más puro y resplandeciente satén, sostuvo en lo alto a Excalibur desde el fondo de las aguas, significando por divina providencia que yo, Arturo, debía portar a Excalibur. POR ESO soy su rey…

Dennis (Michael Palin): [interrumpiendo] — Escuchame, que unas mujeres extrañas tiradas en estanques vayan distribuyendo espadas no es base para un sistema de gobierno. El poder ejecutivo supremo deriva de un mandato de las masas, no de una fársica ceremonia acuática.

Pobre Arturo. No importa a dónde vaya, siempre es lo mismo: el escepticismo es lo que reina, no él.

Sin embargo, hasta el día de hoy, Arturo ejerce soberanía sobre nuestra imaginación si es que, claro está, nos estamos imaginando a un gran rey. Y no voy a seguir adelante sin señalar que estoy dejando al verdadero Rey, nuestro Señor, fuera de esto.

Cuando tenía 6 años, la madre de mi padre vino de visita para cuidarnos a mi hermano mayor y a mí mientras nuestros padres se tomaban unas cortas vacaciones. Una tarde nos llevó a ver Knights of the Round Table (Los caballeros de la mesa redonda), protagonizada por Robert Taylor como Lanzarote, Ava Gardner como Ginebra y Mel Ferrer como Arturo. Me encantó la película. En la escuela secundaria, compré la grabación del elenco original de Broadway de Camelot, de Lerner y Loewe, con Robert Goulet como Lanzarote, Julie Andrews como Ginebra y Richard Burton como Arturo.

Solo en el negocio del cine hubo varios cientos de películas sobre Arturo: desde una docena o más en la era del cine mudo hasta cientos de películas sonoras, tanto en la pantalla grande como en la chica. Y la mayoría no tuvo la más mínima relación con el verdadero rey Arturo, y eso está bien, porque Arturo es más una leyenda que un hecho real, lo que significa que eso que llaman «licencia poética» estuvo en juego desde que «Arturo» apareció por primera vez en la literatura inglesa.

Su nombre aparece inicialmente en fuentes galesas de las primeras décadas del siglo IX, lo cual es más de cuatro siglos después de los acontecimientos que los documentos pretenden registrar.

Los romanos paganos habían erradicado en gran medida a los druidas y a otros paganos de Gran Bretaña y, tras cuatro siglos y medio de ocupación, las legiones comenzaron a regresar a Roma, cruzándose en el camino con misioneros católicos que subían desde la Ciudad Eterna, bautizando a su paso, hasta que unos nuevos paganos, los sajones, cruzaron el Canal de la Mancha a mediados del siglo V. Y este es el nexo histórico del que surgió la leyenda de «Arturo».

Pero cada fuente sobreviviente sobre Arturo proviene de cuatro siglos más tarde. En la más antigua, él no es un rey sino un guerrero —y un guerrero católico, de hecho—; un soldado con la imagen de Nuestra Señora en su escudo. Es invicto en la batalla.

Entonces entran los angevinos.

Angevino (de Anjou, un ducado en el norte de Francia) se refiere a la línea dinástica que comienza con Enrique II. Él era conde de Anjou antes de convertirse en rey de Inglaterra. Y fue bajo su influencia y la de su reina que la historia de Arturo se catapultó de un mero mito a un espíritu nacional (e incluso internacional).

Esa reina, Leonor de Aquitania, era una mujer formidable. Los cinéfilos la conocen a ella y a Enrique por The Lion in Winter (El león en invierno): Katharine Hepburn contra Peter O’Toole. Tan enamorados estaban Enrique y Leonor de la historia del rey Arturo y su reina, Ginebra, que diseñaron su unión como una especie de secuela, y sus cortes (en Westminster en Inglaterra y en Chinon en Francia) como Camelots del siglo XII.

Enrique incluso conspiró con los monjes de la Abadía de Glastonbury para «descubrir» las tumbas de Arturo y Ginebra. Después de casi setecientos años, mirabile dictu, ¡el cráneo de la reina todavía tenía unos hermosos mechones rubios!

Los angevinos encargaron casi todas las obras de importancia escritas sobre Arturo —por Guillermo de Malmesbury, Godofredo de Monmouth, Robert Wace, Chrétien de Troyes, María de Francia, Walter Map y Robert de Boron— hasta que damos un salto hacia adelante de trescientos años hasta sir Thomas Malory, cuya obra Le Morte d’Arthur (La muerte de Arturo, 1470) es la «redacción definitiva» de la leyenda (basada en gran medida en Chrétien). Y el libro de Malory fue la biblia artúrica de Hollywood desde la primera película muda hasta lo que sea que venga después.

Uno podría preguntarse por qué un escritor inglés escribiría la vida de nuestro héroe en dos volúmenes y la llamaría La muerte de Arturo, pero en francés. La respuesta es que no lo hizo. El impresor William Caxton le dio ese título. Malory quería The Whole Book of King Arthur and of His Noble Knights of the Round Table (El libro completo del rey Arturo y de sus nobles caballeros de la mesa redonda).

Lanzarote y Ginebra, adúlteros, parecen recrear la Caída y luego hacen penitencia en un purgatorio terrenal: ambos se arrepienten de sus sins y entran en la vida religiosa; la dama, con total sinceridad. Tras su muerte, Lanzarote la sepulta junto a Arturo.

Arturo, independientemente de cómo haya sido retratado en los primeros relatos sobre él, llegó hasta nosotros como un rey católico. Un hombre de fe que intentó crear una especie de cielo en la tierra. Fue un fracaso noble. Por supuesto, muchos de los que vieron a Cristo crucificado pensaron eso de Él también. Y Malory escribió que en la tumba de Arturo en Ávalon estaban las palabras: Hic jacet Arthurus, Rex quondam, Rexque futurus. «Aquí yace Arturo, el que fue rey y será rey», sugiriendo una resurrección y un regreso.

Y, evidentemente, el mundo sigue esperando el regreso de su verdadero Rey.

Sobre el autor

Brad Miner, esposo y padre, es editor principal de The Catholic Thing y miembro académico principal del Faith & Reason Institute. Fue editor literario de National Review y tuvo una larga trayectoria en la industria de la edición de libros. Su libro más reciente es Sons of St. Patrick, escrito junto a George J. Marlin. Su éxito de ventas, The Compleat Gentleman, ya está disponible en una tercera edición revisada y también como edición de audio en Audible (narrada por Bob Souer). El Sr. Miner se desempeñó como miembro de la junta directiva de Aid to the Church In Need USA (Ayuda a la Iglesia Necesitada) y también en la junta de reclutamiento del Servicio Selectivo en el condado de Westchester, Nueva York.

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