El prefecto del Dicasterio para los Obispos, el arzobispo Filippo Iannone, ha concedido su primera gran entrevista desde que el entonces cardenal Robert Francis Prevost fue elegido Papa y él asumió la dirección del organismo vaticano encargado de preparar buena parte de los nombramientos episcopales en el mundo. En una conversación con el semanario croata Glas Koncila, el prelado ofrece una amplia explicación sobre el funcionamiento del Dicasterio, los criterios que guían la elección de nuevos obispos y algunos de los desafíos que afronta hoy el ministerio episcopal. También revela que Roma recibe cartas de fieles denunciando problemas en las diócesis y admite que cada vez son más los sacerdotes que rechazan el nombramiento como obispos.
«Continuamos la línea que marcó entonces el cardenal Prevost»
Uno de los aspectos más llamativos de la entrevista es la referencia de Iannone a su relación con León XIV. El prefecto recuerda que ha sucedido precisamente al hombre que hoy ocupa la Cátedra de Pedro y reconoce que esa continuidad facilita su labor.
«Yo he sucedido al Santo Padre en esta tarea. Él desempeñó este servicio durante algunos años antes que yo. Eso significa que dio al Dicasterio una determinada orientación y yo me siento favorecido, en el sentido de que, continuando la línea que había señalado entonces el cardenal Prevost como prefecto, puedo seguir adelante con mayor facilidad». Añade además que mantiene encuentros periódicos con el Papa para despachar los asuntos del Dicasterio.
El organismo que prepara los nombramientos episcopales
Iannone explica que el trabajo del Dicasterio va mucho más allá de elaborar las ternas de candidatos que posteriormente examina el Pontífice.
«El Dicasterio para los Obispos se ocupa de todo lo que concierne a la erección, la vida y la actividad de las diócesis, de la identificación de los candidatos al episcopado que serán presentados al Papa para su nombramiento y también del ministerio de los obispos en sus diócesis», señala.
El prefecto insiste en que esa labor nunca se realiza de manera aislada, sino en estrecha colaboración con otros dicasterios de la Curia Romana y, especialmente, con los nuncios apostólicos, «que conocen bien la realidad de las Iglesias locales».
«Recibo muchas cartas de fieles de todo el mundo»
Lejos de la imagen de una Curia distante de la vida cotidiana de la Iglesia, Iannone asegura que numerosos fieles recurren directamente al Dicasterio cuando consideran que existen problemas graves en sus diócesis.
«Recibo muchas cartas de fieles comunes de todo el mundo que señalan problemas en la vida de una diócesis. Ellos se dirigen al Dicasterio y nosotros valoramos si lo que dicen está fundado o es fruto de malentendidos. Si está fundado, tratamos de afrontar el problema para devolver la serenidad a la vida de la comunidad.»
El prefecto recuerda que esa misma labor de supervisión existía también en el Dicasterio para los Textos Legislativos, del que fue prefecto antes de asumir su actual responsabilidad, cuando los fieles recurrían a Roma al considerar que determinadas disposiciones de sus obispos no se ajustaban al derecho universal de la Iglesia.
El perfil del obispo que busca León XIV
Preguntado por el modelo de obispo que inspira actualmente los nombramientos, Iannone explica que León XIV transmite personalmente a los prelados las prioridades pastorales de la Iglesia.
«Cuando se reúne con los obispos, el Papa señala las prioridades que hoy tiene ante sí la Iglesia: la evangelización, el cuidado de la creación… En otras ocasiones recuerda las características fundamentales que debe tener un obispo: el cuidado de la vida interior, la oración, la acogida de los demás, la disponibilidad para la colaboración y la atención a los últimos.»
Sin embargo, resume todo ese ideal en una frase sencilla: «La figura, el modelo esencial para el obispo es siempre y en todo tiempo Cristo, Buen Pastor».
«El obispo es padre de toda la comunidad»
Uno de los mensajes más insistentes del prefecto gira en torno a la responsabilidad del obispo como principio de unidad dentro de la Iglesia particular.
Recordando las palabras de León XIV a los movimientos eclesiales, advierte que «cada grupo, cada movimiento en la Iglesia debe considerarse no el todo, sino parte de un cuerpo que es la comunidad diocesana y después la comunidad universal».
Para Iannone, la pluralidad de carismas solo resulta fecunda cuando permanece unida a la comunión.
«Dentro de la comunidad diocesana pueden actuar personas y grupos diferentes, y esa diversidad es una riqueza cuando va unida a la atención por la unidad. Si la diversidad se encierra en sí misma, se convierte en un mal y hace daño a la Iglesia.»
Por eso concluye: «Quien debe favorecer esas relaciones y, cuando sea necesario, corregir a quienes se apartan de este modelo es el obispo. El obispo es padre de toda la comunidad. La capacidad de serlo es ciertamente uno de los requisitos más importantes para un candidato al ministerio episcopal».
«Hay sacerdotes que no aceptan»
La entrevista deja también una constatación significativa sobre la realidad actual del episcopado.
Preguntado por los sacerdotes que rechazan el nombramiento cuando Roma les propone una diócesis, Iannone responde con claridad: «Sí; antes había oído hablar de ello, hoy puedo decir que lo experimento».
Lejos de atribuir este fenómeno únicamente a la crisis de los abusos, considera que responde a una transformación mucho más profunda.
«Han aumentado las responsabilidades de un obispo. La vida se ha vuelto mucho más compleja: la vida de las diócesis, la vida y el ministerio de los sacerdotes de los que un obispo es responsable, la falta de vocaciones… Hay sacerdotes que no aceptan, y eso es un hecho.»
A continuación invita a abandonar la idea de que el episcopado representa simplemente un honor.
«A veces se reflexiona poco sobre el hecho de que también el obispo es un ser humano; tiene sus límites como cualquiera de nosotros. Puede atravesar momentos de desánimo y dificultades en las relaciones. Si uno se equivoca o sostiene posiciones discutibles, es legítimo criticarlo; pero no debemos quedarnos solo en la crítica, sino estar dispuestos a ayudar y, sobre todo, a rezar por los obispos.»
«Aplicar categorías políticas a la Iglesia es engañoso»
Iannone dedica también parte de la entrevista a la relación entre autoridad, participación y sinodalidad.
Ante quienes interpretan la vida de la Iglesia con categorías propias de la política, responde sin ambigüedades: «Aplicar a la Iglesia categorías que pertenecen al mundo de la política es engañoso. La Iglesia tiene una naturaleza distinta».
Eso no significa, aclara, excluir la corresponsabilidad de los fieles. Al contrario, recuerda la enseñanza del Concilio Vaticano II según la cual todo bautizado participa de la misión de la Iglesia y tiene derecho —e incluso, en algunos casos, deber— de manifestar sus inquietudes a los pastores mediante los organismos previstos por el derecho canónico.
«La sinodalidad no es una reivindicación»
En la parte final de la entrevista, el prefecto ofrece también una definición sintética de la sinodalidad.
«La sinodalidad no es una reivindicación», afirma. «Significa sentirse parte de un todo y asumir la responsabilidad que ello comporta.»
Y añade que «no es solo el obispo quien debe llevar el peso de la diócesis; todos los fieles deben sentirse responsables de ella». A su juicio, cuanto más profundamente vive una persona su fe y participa en la vida de la Iglesia, más autoridad adquiere su voz, porque habla «desde dentro» de la comunidad y no como un mero observador externo.
«En lo necesario, unidad»
Finalmente, al abordar la relación entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, Iannone vuelve a la doctrina del Concilio Vaticano II para recordar que una Iglesia local solo puede llamarse plenamente Iglesia cuando permanece en comunión con las demás y con el Sucesor de Pedro.
Como criterio permanente propone la conocida máxima atribuida a san Agustín: «En lo necesario, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad». Un principio que, según sostiene, permite armonizar el respeto por las tradiciones locales con la unidad de la fe, de la disciplina de la Iglesia y de la vida sacramental.