El arzobispo emérito de La Plata (Argentina), monseñor Héctor Aguer, ha afirmado que las restricciones impuestas por el papa Francisco a la celebración de la liturgia tradicional no lograron frenar el crecimiento del interés por el Vetus Ordo, sino que contribuyeron a fortalecerlo, especialmente entre los jóvenes. Así lo sostiene en un artículo publicado este lunes, en el que reflexiona sobre la tradición litúrgica, la situación de la Iglesia y los desafíos doctrinales de las últimas décadas.
El legado de Summorum Pontificum
Aguer recuerda que Benedicto XVI promulgó en 2007 el motu proprio Summorum Pontificum con el propósito de favorecer la paz litúrgica y reconocer el valor de una forma de celebración que, según escribió entonces el pontífice alemán, «era sagrada para las generaciones anteriores» y no podía ser considerada perjudicial o prohibida de forma repentina.
El prelado argentino sostiene que Benedicto XVI permitió que cualquier sacerdote pudiera celebrar la Misa según el Misal de 1962 sin necesidad de autorizaciones especiales y afirma que el Papa sufrió profundamente cuando, catorce años después, Francisco derogó esa normativa mediante el motu proprio Traditionis custodes. En este punto alude a las recientes declaraciones del arzobispo Georg Gänswein, antiguo secretario personal de Benedicto XVI.
«Lejos de cerrar heridas, las profundizó»
En su análisis, Aguer asegura que las restricciones introducidas en 2021 no produjeron el efecto que perseguían.
«Traditionis custodes, promulgado hace cinco años, lejos de cerrar heridas, solo las profundizó», escribe. Añade además que, «contrariamente a lo que buscaba su promotor, contribuyó a un creciente interés por la Tradición y la Ortodoxia, especialmente entre los jóvenes».
El arzobispo emérito afirma que una parte importante de las conversiones al catolicismo se produce actualmente en comunidades vinculadas a la liturgia tradicional y sostiene que la transmisión de la fe «ya no pasa, en buena medida, de padres a hijos, sino de jóvenes a jóvenes».
Al mismo tiempo, precisa que fue ordenado sacerdote en 1972 según el Novus Ordo y que nunca ha celebrado la forma extraordinaria del rito romano.
Una crítica a la evolución litúrgica y doctrinal
Aguer atribuye buena parte de la crisis eclesial posterior al Concilio Vaticano II a los abusos litúrgicos y a determinadas corrientes teológicas.
Afirma que el Misal reformado terminó siendo utilizado, «incluso contra lo dispuesto por Sacrosanctum Concilium», como un instrumento para la «devastación litúrgica». También critica la proliferación de celebraciones que, a su juicio, se apartan de las normas establecidas y sostiene que ello ha contribuido al descenso de las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como a la disminución del número de católicos en distintos países.
Como ejemplo, señala el caso de Argentina, donde asegura que la población católica ha pasado de representar alrededor del 90 % a situarse en el 57 % durante las últimas seis décadas.
El arzobispo también cuestiona diversas corrientes teológicas desarrolladas tras el Concilio, entre ellas el llamado «giro antropológico» de Karl Rahner, la teología de la liberación y la teología del pueblo.
Una reflexión final sobre el futuro de la Iglesia
En la parte final de su artículo, Aguer sostiene que la Iglesia necesita recuperar la solidez doctrinal y la disciplina eclesiástica para afrontar los desafíos actuales.
A sus 83 años, el arzobispo emérito explica que vive retirado en una residencia sacerdotal y que dedica gran parte de su tiempo a la oración mientras se prepara para el final de su vida.
Concluye señalando que una de sus mayores consolaciones es haber ordenado durante su ministerio episcopal a cuarenta y nueve sacerdotes y tres diáconos, varios de los cuales —afirma— ejercen hoy su ministerio en comunidades caracterizadas por una liturgia cuidada, fidelidad doctrinal y un notable crecimiento en vocaciones.