El papa León XIV ha exhortado a los jóvenes cristianos de Irak a permanecer firmes en la fe y a convertirse en «la luz de Cristo» en un país que continúa sufriendo las consecuencias de décadas de guerra, violencia e inestabilidad. El mensaje fue dirigido a los participantes del Ankawa Youth Meeting, que se celebra del 8 al 11 de julio en la archieparquía de Erbil, en el Kurdistán iraquí.
Según datos recogidos por ACI MENA y el Patriarcado Caldeo de Bagdad, la población cristiana iraquí ha pasado de alrededor de 1,5 millones de fieles antes de la guerra de 2003 a cerca de medio millón en la actualidad. La violencia sectaria, los atentados terroristas y la persecución por parte de grupos islamistas han provocado una emigración masiva, principalmente hacia Estados Unidos y Australia.
«No tengáis miedo»
En su videomensaje, difundido por la Santa Sede el 8 de julio, León XIV recordó a los jóvenes que la Iglesia cuenta con ellos para anunciar el Evangelio y contribuir a construir el futuro.
«Los jóvenes no son solo el futuro de la Iglesia, sino también su presente», afirmó el Papa, animándolos a crecer en la amistad con Cristo y entre ellos.
Consciente de las dificultades que atraviesa Irak, el Pontífice reconoció que el testimonio cristiano resulta especialmente exigente en un contexto marcado por la guerra y la inestabilidad.
«No siempre es fácil ser luz en el mundo. En este momento estáis llamados a irradiar esa luz en una situación que con frecuencia ha estado marcada por la guerra y la inestabilidad».
A continuación les dirigió un mensaje de cercanía: «No tengáis miedo. Yo estoy con vosotros; la Iglesia está con vosotros. Confiad en Jesús, escuchadle en la oración y dejad que Él os guíe».
Fe, sacramentos y esperanza
Tomando la imagen de la luz como eje de su reflexión, León XIV explicó que la misión cristiana se sostiene sobre tres pilares: la fe, la caridad y la esperanza.
En primer lugar, subrayó que la fe permite contemplar la realidad con la mirada de Dios y animó a los jóvenes a dar testimonio de Cristo con su propia vida.
Después destacó la importancia de cultivar una relación personal con el Señor mediante la oración y los sacramentos.
«Es tan importante dedicar tiempo cada día a la oración y acercarse a Dios a través de los sacramentos, especialmente la Confesión y la Eucaristía», afirmó.
Finalmente, invitó a los participantes a convertirse en sembradores de reconciliación y esperanza.
«Arraigados en la caridad, estáis llamados de manera especial a ser constructores de paz, a unir a quienes os rodean y a infundir la esperanza de un futuro marcado por una paz duradera».
«No dudéis nunca de la bondad de Dios»
Al concluir su mensaje, el Papa animó a los jóvenes iraquíes a confiar plenamente en la providencia divina, recordando las palabras del profeta Jeremías sobre el futuro de esperanza que Dios prepara para su pueblo.
«No dudéis nunca de la bondad de Dios y no tengáis miedo del proyecto que el Señor tiene para cada una de vuestras vidas», afirmó.
Tras encomendar a los participantes a la protección de la Virgen María, Madre de la Iglesia, León XIV impartió su bendición apostólica, alentándolos a seguir siendo testigos del Evangelio en una región donde la presencia cristiana continúa afrontando importantes desafíos.
Texto íntegro del mensaje de León XIV:
Queridos jóvenes:
Es una alegría para mí saludar a todos vosotros que participáis en el Encuentro Juvenil de Ankawa, en la Archieparquía de Erbil. Habéis llegado desde distintas partes de Irak para reuniros en un ambiente de fe y comunión, y pido a Dios que esta sea una oportunidad para que todos crezcáis en la amistad con Jesús y entre vosotros. La juventud es una etapa de la vida marcada por el deseo de hacer grandes cosas y de dejar una huella en el mundo. En este sentido, me alegra saber que el tema elegido para vuestro encuentro de este año es la misión. La Iglesia tiene una misión esencial: servir al mundo compartiendo la luz de Cristo (cf. Jn 8,12) y conduciendo a los hombres y mujeres a la comunión con Dios. Vosotros participáis de esta misión, y cuento con vosotros para ayudar a dar forma a la Iglesia —y al mundo— en los años venideros. Como ya he dicho en otras ocasiones, los jóvenes no son solo el futuro de la Iglesia, sino también su presente.
No siempre es fácil ser luz en el mundo (cf. Mt 5,13). De hecho, en el momento actual estáis llamados a irradiar esa luz en una realidad que con frecuencia ha estado marcada por la guerra y la inestabilidad. El Señor ha depositado una gran confianza en vosotros al encomendaros esta misión, y yo también confío profundamente en cada uno de vosotros. Debéis ser la luz de Cristo en medio de una oscuridad que, en ocasiones, puede parecer abrumadora. ¡No tengáis miedo! Y no penséis que estáis solos en esta tarea. Yo estoy con vosotros; la Iglesia está con vosotros. Poned vuestra confianza en Jesús; escuchadle en la oración y a través de la guía de quienes os acompañan, y dejad que Él os conduzca.
La luz es esencial para la vida de muchas maneras, y quisiera mencionar tres que pueden ayudaros a orientar vuestra misión. En primer lugar, la luz es necesaria para ver, lo que nos recuerda el don de la fe. La fe en Dios no es un mecanismo para afrontar las dificultades de la vida. Más bien, es el reconocimiento de la realidad y el vivir en la verdad, aprendiendo a mirar el mundo, a los demás y a nosotros mismos como Dios los mira. Exige recorrer el camino de la vida con el corazón y la mirada puestos en nuestra verdadera patria (cf. Hb 11,14), sabiendo que Dios está con nosotros aunque no podamos verlo. La manera en que vivís debe dar también testimonio de vuestra fe, para que otros puedan descubrir en vosotros la verdad y el sentido que ellos mismos buscan y, así, llegar a participar de esa misma luz.
El segundo aspecto de la luz es que proporciona calor, que simboliza el amor. Para ser luz para el mundo, primero debemos participar de la misma luz y de la misma vida de Cristo. Para participar en la misión, primero debemos descubrir una relación viva con Dios. Debemos conocerle. Al abrirnos al amor transformador de Dios, recibimos la gracia necesaria para seguir a Jesús y abrazar la vida a la que Él nos llama. Por eso es tan importante dedicar cada día un tiempo a la oración y acercarse a Dios por medio de los sacramentos, especialmente la Confesión y la Eucaristía. Arraigad vuestro corazón en el sólido fundamento del amor que Dios os tiene; descubrid el corazón de Cristo y no tengáis miedo de construir vuestra vida sobre Él (cf. 1 Jn 4,16). Haciéndolo así, no solo encontraréis la plenitud que anheláis, sino que también podréis compartir con quienes os rodean el calor del amor de Dios y la fuerza reconciliadora de su gracia.
Por último, la luz es necesaria para el crecimiento y la vida nueva, y es imagen de la esperanza. Arraigados en la caridad, estáis llamados de manera especial a ser constructores de paz, a unir a quienes os rodean y a infundir en los demás la esperanza de un futuro marcado por una paz duradera. Tal vez no podáis controlar vuestra situación ni los desafíos que tendréis que afrontar, pero siempre podéis elegir dejar que la paz de Cristo reine en vuestros corazones (cf. Col 3,15). La virtud de la esperanza nos impulsa a mirar hacia el cielo. Esto no significa olvidarse del mundo, sino tener la confianza de compartir con él la paz y la vida que vienen de Cristo, cuya luz ilumina la nueva Jerusalén (cf. Ap 21,23).
Queridos jóvenes, no dudéis nunca de la bondad de Dios y no tengáis miedo del plan que el Señor tiene para cada una de vuestras vidas. También el profeta Jeremías tuvo que afrontar momentos difíciles, y da testimonio de que los planes del Señor son «planes de bienestar y no de desgracia, para daros un futuro y una esperanza» (Jer 29,11). Encomendándoos a cada uno de vosotros a la protección y guía maternal de María, Madre de la Iglesia, pido que durante estos días de renovación espiritual descubráis en ella el verdadero ejemplo de una vida entregada por completo a la gracia de Dios.
Y que Dios Todopoderoso os bendiga a todos vosotros, el ✠ Padre, y el ✠ Hijo, y el ✠ Espíritu Santo. Amén.