Cupich compara la sinodalidad con una danza croata para explicar su funcionamiento

Cupich compara la sinodalidad con una danza croata para explicar su funcionamiento

El arzobispo de Chicago sostiene que el camino sinodal debe escuchar la «melodía divina», mantenerse fiel a la Tradición y no convertirse en un ejercicio para «reescribir las reglas desde cero».

En una reflexión publicada por los medios vaticanos, el purpurado propone entender el camino de la Iglesia como una coreografía en la que cada miembro avanza al ritmo de una misma «melodía divina», en comunión con los demás y sin perder de vista la herencia recibida.

La comparación no es casual. Cupich parte de un recuerdo de su juventud, cuando aprendió a bailar el kolo —una danza popular croata cuyo nombre significa «círculo»— durante actividades organizadas en su parroquia. A partir de esa experiencia desarrolla una reflexión sobre la naturaleza de la sinodalidad, entendida como un proceso en el que la comunidad cristiana aprende a «caminar junta» escuchando al Espíritu Santo y a los demás.

Escuchar antes de actuar

Para el cardenal estadounidense, la principal enseñanza de la danza es que el movimiento nunca comienza de forma improvisada. Antes de dar un paso, el bailarín escucha la música, interioriza su ritmo y adapta sus movimientos al conjunto.

Esa misma lógica, afirma, debería caracterizar la vida de la Iglesia. La sinodalidad no empieza con documentos, debates o decisiones organizativas, sino con una escucha profunda, especialmente de quienes permanecen en los márgenes de la comunidad.

Quien deja de escuchar, sostiene, acaba descoordinándose del resto, del mismo modo que un bailarín pierde el compás cuando ignora la música.

Autoridad al servicio de la comunión

Cupich también utiliza la imagen de la coreografía para reflexionar sobre el ejercicio de la autoridad en la Iglesia. En una danza existen funciones diferentes, pero todas están orientadas a que el conjunto alcance la armonía.

Desde esa perspectiva, afirma que dirigir no significa imponerse sobre los demás, sino crear las condiciones para que cada persona pueda desarrollar plenamente sus propios dones. La diversidad de carismas, lejos de desaparecer, encuentra así una forma de integrarse en un mismo movimiento.

La sinodalidad no consiste en empezar de cero

Uno de los aspectos más relevantes de la reflexión es la insistencia del cardenal en que el proceso sinodal no debe interpretarse como una ruptura con la tradición de la Iglesia.

Cupich advierte contra lo que denomina la «tiranía del presente», es decir, la tentación de limitar el discernimiento eclesial exclusivamente a las preocupaciones y sensibilidades de cada época. A su juicio, el diálogo de la Iglesia debe incluir también la voz de los santos, de los Padres y Madres de la Iglesia y de toda la tradición recibida.

Por ello sostiene expresamente que la sinodalidad no es un ejercicio para «reescribir las reglas desde cero». Los límites establecidos por la Sagrada Escritura, los dogmas y los grandes concilios de la historia no constituyen, según explica, una prisión para la creatividad pastoral, sino el marco que garantiza la continuidad y la identidad de la Iglesia a través de los siglos.

Espacio para todos, sin abandonar la pista

El purpurado recurre nuevamente a la imagen del baile para explicar que una buena coreografía exige conocer tanto el espacio disponible como sus límites. La Iglesia, afirma, está llamada a «ensanchar la tienda», haciendo sitio a quienes podrían quedar relegados a los márgenes.

Sin embargo, añade que abrir espacio no significa derribar las paredes del teatro ni abandonar la pista de baile. La verdadera creatividad consiste en descubrir nuevas formas de expresar las verdades permanentes de la fe dentro del marco recibido, y no fuera de él.

También considera que las tensiones y desacuerdos forman parte del camino sinodal. Como sucede en una danza, un paso en falso no obliga a abandonar la representación, sino que invita a corregir el movimiento, adaptarse y continuar avanzando junto a los demás.

Más que reuniones y documentos

En la parte final de su reflexión, Cupich rechaza una concepción de la sinodalidad reducida a estructuras burocráticas, comisiones o producción de documentos. El objetivo, afirma, no es completar un procedimiento administrativo, sino aprender continuamente a escuchar la «melodía divina» para ofrecer un testimonio común del Evangelio.

Como conclusión, recuerda que algunos Padres de la Iglesia empleaban el término griego perichóresis, literalmente «una danza alrededor», para expresar el misterio de la Santísima Trinidad. Desde esa imagen sostiene que la Iglesia refleja de manera más plena ese misterio cuanto más aprende a vivir, según sus palabras, «la danza de la sinodalidad».

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