La tentación de instrumentalizar la liturgia

Por: David Alonso

La tentación de instrumentalizar la liturgia

Hay una tentación moderna que consiste en creer que la liturgia necesita decir algo más que aquello que ya dice. Como si la Misa, por sí sola, no bastara. Como si el sacrificio de Cristo ofrecido al Padre necesitara ser reforzado con un mensaje añadido, con una estética de impacto, con una escenografía capaz de traducir las urgencias del momento.

La Iglesia, sin embargo, siempre ha entendido la liturgia de otro modo. La Misa no es una representación. No es un acto de comunicación institucional. No es una performance espiritual al servicio de una causa, por noble que esa causa pueda parecer. La Misa es el Santo Sacrificio. Y todo lo que entra en ella —el templo, el altar, el ambón, los vasos sagrados, los ornamentos— queda subordinado a ese fin.

Por eso una casulla no es un lienzo. El altar no es una instalación artística. El presbiterio no es un escenario. Y el sacerdote no se reviste para expresar una sensibilidad, sino para desaparecer detrás de Cristo.

La reciente celebración pontificia en Lampedusa vuelve a plantear una cuestión que la Iglesia debería tomarse en serio. La casulla preparada para León XIV fue explicada como una pieza cargada de referencias al Mediterráneo, al viaje migratorio, a la sangre derramada en el mar, a la memoria de quienes han muerto en esas aguas y a la esperanza. También el altar y el ambón fueron presentados desde claves semejantes: el mar, la migración, el dolor, la redención.

La intención puede entenderse. Nadie discute que los muertos en el Mediterráneo puedan y deban ser encomendados a Dios. La Iglesia reza por los difuntos, acompaña a los que sufren y ofrece el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo. Lo ha hecho siempre.

El problema aparece cuando esa intención deja de ser una intención de la Misa y empieza a configurar la propia forma visible de la liturgia. Una cosa es celebrar la Eucaristía por quienes han muerto en el mar. Otra distinta es convertir la casulla, el altar y el espacio celebrativo en un lenguaje escénico construido para recordar esa tragedia.

La diferencia no es menor. Es teológica.

La liturgia tiene un fin propio: la adoración de Dios y la actualización sacramental del sacrificio de Cristo. Todo en ella debe conducir hacia ese centro. Cuando los elementos litúrgicos comienzan a funcionar como soportes de un mensaje humano, aunque sea moralmente legítimo, el orden se invierte. Ya no es el drama humano el que se eleva hasta el altar para ser redimido por Cristo; es el altar el que se adapta al drama humano para representarlo.

Ahí está el riesgo.

Durante siglos, la Iglesia desarrolló un lenguaje litúrgico estable, reconocible y universal. La cruz, el Cordero, el Alfa y la Omega, el pelícano, la vid, el incienso, los colores litúrgicos, la nobleza de los tejidos, la orientación del templo, el silencio y el canto no nacieron para comentar la actualidad. Nacieron para expresar el misterio.

Ese lenguaje no necesitaba una nota de prensa para ser comprendido. Una casulla con una cruz habla inmediatamente de Cristo. Un altar consagrado habla del sacrificio. Un cáliz habla de la Sangre redentora. No porque sean símbolos pobres, sino porque pertenecen a una tradición viva que no depende de la intención subjetiva del artista ni del acontecimiento de la semana.

El arte contemporáneo funciona de otro modo. La obra necesita explicación. El artista propone un relato. El espectador debe conocer las claves de interpretación para acceder al significado. Eso puede tener sentido en un museo. Pero la liturgia no es un museo, ni la Misa una instalación conceptual.

Cuando una casulla requiere varios párrafos para explicar qué quiere decir, quizá esté diciendo demasiado. Y cuando dice demasiado, impide que hable lo único verdaderamente necesario: el misterio de Cristo muerto y resucitado.

La Iglesia no es indiferente al sufrimiento del mundo. Precisamente porque no lo es, lo lleva al altar. Pero lo lleva para ofrecerlo a Dios, no para convertirlo en escenografía. La liturgia no necesita imitar el lenguaje del teatro ni de la performance para ser cercana. Su fuerza no está en representar nuestras heridas, sino en ponerlas ante la Cruz.

El sacerdote se reviste porque ya no actúa en nombre propio. La casulla cubre al hombre para manifestar a Cristo. Si el ornamento llama la atención sobre el mensaje del diseñador, sobre una causa social concreta o sobre una lectura simbólica demasiado circunstancial, deja de cumplir plenamente su función. La belleza litúrgica no está llamada a imponerse, sino a servir. No debe distraer, sino conducir. No debe explicar el mundo, sino abrirlo a Dios.

También el espacio celebrativo importa. Un estadio puede ser utilizado por necesidad para una gran Misa. La Iglesia ha celebrado en plazas, campos, explanadas y aeropuertos. Pero incluso ahí debe esforzarse por crear un ámbito sacro, no una plataforma de evento. Si la disposición recuerda más a un escenario teatral que a un espacio de adoración, el mensaje visual diluye con la naturaleza del rito.

La cuestión de fondo no es estética. Es espiritual.

La liturgia no necesita ser actualizada a golpe de símbolo contemporáneo. Es siempre actual porque hace presente lo eterno. Esa es su grandeza. Esa es también su exigencia.

La Iglesia puede y debe rezar por los migrantes, por los muertos en el mar, por los pobres, por las víctimas de la guerra y por todos los que sufren. Pero no debe olvidar que la primera caridad de la liturgia consiste en ser liturgia: culto divino, sacrificio, alabanza, adoración.

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