Hay algo de injusto en todo llamamiento a la unidad; no injusto en un sentido profundo, sino en un sentido de ecuanimidad. Llamar a la unidad entraña siempre riesgo de mesianismo, de ingenuidad, de ignorar los matices concretos en los que unas partes tienen más razón que otras. Y hay también un riesgo de soberbia: ¿quién es uno para llamar a la unidad? ¿Quién es uno para arrogarse esa posición aleccionadora? Nadie.
Por eso este llamamiento se hace desde la posición más baja. Desde la del simple fiel, sin gran experiencia, sin grandes estudios en la materia y sin autoridad alguna. Desde el banco del fondo de la iglesia, donde a veces se ven cosas que no se ven desde las trincheras.
La preocupación es que la batalla por la Iglesia se libra hoy en varios frentes a la vez, y cada uno de ellos puede ser un buen combate, e incluso un combate imprescindible. Las últimas semanas, sin embargo, la sensación es de división absoluta. De que todo son reproches y pedradas entre los defensores de la Tradición.
Los sacerdotes diocesanos
Hay muchos sacerdotes que sufren el golpe de la incomprensión y de la soledad por defender la Tradición en sus diócesis. Sacerdotes brillantes, con expedientes académicos extraordinarios, que son apartados y destinados a las tareas más remotas por un único motivo: el miedo de sus obispos a que su sensibilidad por la liturgia tradicional, por la doctrina, por el catolicismo sin adjetivos, genere efecto contagio y resplandezca. Y sufren esa soledad sin el paraguas de ninguna estructura fuerte: sin fraternidad que los cobije, sin capillas propias y sin institucionalidad que los proteja.
He visto los frutos de esos sacerdotes marginados. Ayudan a muchos fieles, convierten a muchas almas y sirven a la Iglesia desde su dura posición. Son ejemplo contagioso para otros sacerdotes jóvenes y seminaristas diocesianos que aún no tienen las coordenadas tan a fondo de la batalla. Están en primera línea, y su combate es tan duro como valioso.
Y sin embargo, a veces, también reciben flechas desde dentro. Tiene que doler estar dejándote la sotana a jirones y que vengan a llamarte modernista o a cuestionar la validez de los sacramentos que celebras. Puede sostenerse que la Misa nueva no es mala porque contenga ningún mal, sino por la ausencia de elementos importantes; y puede sostenerse también (que es otra manera de decir lo mismo) que dentro de los sacramentos siempre hay un bien. En ningún caso hay motivo para triturar a quienes luchan por la Tradición desde las diócesis conviviendo con los ritos nuevos. La Misa tradicional ilumina y atrae por sí misma, y el daño causado por la minimización de la liturgia o la amputación de algunas de sus partes también se combate en ese frente.
Somos muchos los fieles que, con la liturgia actual, descubrimos primero la importancia de la gracia de los sacramentos en nuestra vida y solo después, en un proceso de conversión constante, descubrimos en la Misa tradicional un ámbito donde esa gracia se despliega con mayor hondura en nuestra vida espiritual. Hay un camino a la Tradición que muchos recorremos humildemente junto a curas como estos, que están de barro hasta las rodillas y no en atalayas defensivas.
Los institutos tradicionales: el combate desde dentro
Merecen el mismo respeto, y también admiración, quienes luchan por la Tradición dentro de las estructuras oficiales desde institutos religiosos, con más o menos años de historia. Hacen un trabajo difícil, probablemente imposible de equiparar desde los demás frentes: conocen a los obispos del mundo, se sientan con ellos, les interpelan; a veces simplemente les ponen delante un espejo y se vuelven a casa sin nada. Y aprenden a encajar los reveses sonriendo a los suyos, aguantando, buscando grietas y espacios donde crecer. Sostienen seminarios cada vez mejores y libran un combate decisivo en el cuerpo a cuerpo con la jerarquía: casi todos los obispos del mundo tendrán que sentarse alguna vez con uno de estos institutos, verse en ese espejo y dejarse interpelar.
Van encontrando espacios pequeños, a veces marginales, puntualmente más grandes. Y nos demuestran que hay una parte del combate que consiste en permear a los obispos más propensos a entender la importancia de conservar la tradición; que de los miles de obispos que hay en el mundo, algunos hay. Es una solución parcial, como todas, pero es un combate real que salva muchas almas. Porque no lo olvidemos: aquí estamos para la salvación de las almas, y cuando invocamos que eso es lo más importante, lo es para todos.
Y sin embargo, también sobre ellos caen a veces las caricaturas. Es profundamente injusto calumniarles como traidores o renegados por haber elegido un rol necesario, que abre grietas de verdad y que acerca a muchas almas a los sacramentos. Son buenos curas, con buenos seminarios, que gestionan capillas autorizadas y, en ocasiones, parroquias.
La Fraternidad de San Pío X: el combate desde la intemperie
Hay, por último, un tercer frente: el de la Fraternidad de San Pío X y sus sacerdotes, que durante décadas han sostenido seminarios, capillas y sacramentos a la intemperie canónica. Puede discutirse si existe o no un estado de necesidad suficiente. Pero, honestamente, nadie puede negar cuál es el único motivo de su desobediencia: la convicción de que es indispensable que sus seminarios sigan funcionando; la convicción de que la situación de extrema necesidad en la Iglesia es tal que se corre un riesgo inasumible para las almas si el sacerdocio y la Misa no se mantienen en una obra que no esté sometida al arbitrio abolicionista de una curia desorientada.
Compartido o no, nadie puede decir que sea un análisis infundado. Nadie puede sostener seriamente que consagran obispos para usurpar jurisdicciones, apropiarse de palacios episcopales o construir, de la mano de un poder político, una Iglesia paralela, como ha sucedido en los cismas reales de la historia. Hablamos de una fraternidad de sacerdotes que quiere dar continuidad a sus seminarios y seguir llevando los sacramentos a los fieles. Una fraternidad que ha esperado casi cuarenta años, hasta que sus dos obispos son ya muy mayores, para consagrar el mismo número de obispos que consagró hace cuatro décadas, cuando contaba con cinco veces menos sacerdotes. Aplican, es decir, un principio de mínimos: han esperado toda una generación para dar este paso doloroso con el único fin de garantizar una continuidad básica. No hay intención cismática. Nadie pretende crear una autoridad paralela ni usurpar nada; ni siquiera los nuevos obispos reciben rango jerárquico alguno dentro de la propia Fraternidad. Son sacerdotes entregados a la continuidad sacramental, y ese es el motivo de su desobediencia.
Quizá no compartamos esa desobediencia, ni en sus formas ni en sus tiempos; quizá incluso la consideremos prescindible. Pero no les destrocemos. No les restreguemos unas supuestas excomuniones más que cuestionables. No les tachemos de cismáticos, de no católicos, de apestados. Su batalla es la de la Iglesia: la salvación de las almas, los sacramentos, el sacerdocio y la Misa de siempre. Y cuando en ese combate volamos las flechas los unos contra los otros, solo hay alguien que se regocija.
La jerarquía: respeto filial, firmeza y esperanza
Queda una última clave de la unidad: la indulgencia con la jerarquía no modernista. Con esa generación de obispos, cardenales y papas formada en décadas de enorme confusión eclesial, en ambientes parroquiales y diocesanos desorientados y a menudo destructivos. Vienen de un marco mental muy concreto en el que hablar de recuperar la Tradición suena, sencillamente, a algo absurdo. Con ellos la relación debe ser de respeto, humildad, firmeza y esperanza.
Porque a muchos les interpela el ejemplo: el del cura diocesano que da la batalla en soledad, el de los institutos que defienden abiertamente la misa tradicional dentro de las estructuras oficiales, y también el de la propia Fraternidad de San Pío X, cuya interlocución con los obispos convierte y enseña con el ejemplo. A quienes no son militantes del modernismo ni de la destrucción, y todos sabemos identificarlos, hay que ganarlos con paciencia, con persistencia y con ejemplo, desde el respeto filial. Esa es también una parte sustancial de la unidad: una unidad que incluye al Papa y a muchos obispos.
Lo que nos jugamos
Nadie es más ni menos puro en la batalla por la Iglesia. Cada frente tiene su amargura propia: la del soldado solitario en su parroquia, la del negociador que vuelve a casa sin nada, la del que carga con el estigma de la desobediencia. Pensemos en todas estas claves y en todos estos frentes desde la unidad, no desde el cuestionamiento ni la división constante.