El papa León XIV ha reivindicado los fundamentos cristianos de la libertad y de la dignidad humana al aceptar la Medalla de la Libertad 2026 concedida por el Centro Nacional de la Constitución de Estados Unidos. En un mensaje difundido durante la ceremonia celebrada en Filadelfia, el Pontífice sostuvo que los derechos fundamentales proclamados por la Declaración de Independencia encuentran su verdadero fundamento en la ley natural y en la concepción bíblica del ser humano creado a imagen de Dios.
Con motivo del 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos, León XIV recordó que la dignidad de la persona «precede al establecimiento de cualquier Estado» y defendió que el derecho a la vida debe ser protegido «desde el momento de la concepción hasta la muerte natural». Asimismo, subrayó que la auténtica libertad no consiste en hacer la propia voluntad, sino en la capacidad de conocer la verdad y adherirse al bien, al tiempo que destacó la importancia de la libertad religiosa como garantía para esa búsqueda.
A continuación reproducimos íntegramente el mensaje del Santo Padre:
Carta de Su Santidad
el Papa León XIV
con motivo del 250.º aniversario de la fundación
de los Estados Unidos de América
Extiendo mis más sinceras felicitaciones a todos los estadounidenses con ocasión del 250.º aniversario de la firma de la Declaración de Independencia. Este sesquicentenario y medio marca aquel momento decisivo en la historia de los Estados Unidos de América, el 4 de julio de 1776, que dio voz duradera a los ideales de libertad, igualdad, búsqueda de la felicidad, justicia y autogobierno democrático. Durante dos siglos y medio, generaciones de estadounidenses han trabajado juntas para llevar adelante estos principios mediante el sacrificio, el servicio, la innovación y la participación cívica. Este aniversario constituye una invitación no solo a celebrar el extraordinario recorrido de la nación, sino también a reflexionar sobre las responsabilidades que los hijos e hijas de este país tienen unos con otros y con las generaciones que heredarán la nación que hoy se está forjando.
Entre los más apreciados de estos principios se encuentra la libertad religiosa: el derecho de toda persona a rendir culto según su conciencia y a practicar abiertamente su fe, sin coacción ni temor. Al conmemorar este aniversario, es importante reconocer que la libertad religiosa ha sido durante mucho tiempo un elemento central de la promesa estadounidense, al proteger tanto la dignidad de la persona como la convivencia pacífica de un pueblo diverso. Esta misma libertad ha permitido que la Iglesia católica eche raíces y florezca en los Estados Unidos, en beneficio no solo de sus propios miembros, sino de toda la nación. Como fieles hijos e hijas de la Iglesia, los católicos están llamados a impregnar cada dimensión de su existencia con la caridad de Cristo (cf. 2 Cor 5,14), viviendo el Evangelio en las circunstancias de la vida cotidiana. Este modo de vivir ha dado lugar a los numerosos beneficios que la Iglesia ha aportado a lo largo de los años al desarrollo de esta nación. Pienso, en particular, en su servicio en los ámbitos de la educación, la atención preferencial a los pobres, la asistencia sanitaria y los servicios sociales básicos, entre otros.
En la encíclica Sapientiae Christianae, mi predecesor el papa León XIII escribió que «no hay mejor ciudadano… que el cristiano consciente de su deber» (n. 7). En efecto, la fe, lejos de oponerse a las responsabilidades propias de la ciudadanía, da un nuevo vigor a la búsqueda de la justicia, la paz y el bien común, llevando a su plenitud todos los dones naturales concedidos por el Creador. El mismo san Pablo exhortó a los primeros cristianos a rezar por quienes ejercen la autoridad para poder vivir una vida tranquila conforme a la voluntad de Dios (cf. 1 Tim 2,2). En este sentido, es mediante el fiel cumplimiento de sus deberes para con Dios y para con la patria como los católicos están llamados a seguir sirviendo a la nación, como levadura para el crecimiento de una civilización del amor (cf. Mt 13,33).
Otro de los principios que han guiado el desarrollo de este país es la dignidad, dada por Dios, de toda vida humana, pues cada persona está dotada de un valor inherente que exige respeto, protección y cuidado. Desde esta perspectiva, una comprensión plena de esa dignidad lleva a reconocer la importancia de salvaguardar la vida humana desde su comienzo en la concepción hasta la muerte natural, y de construir una sociedad en la que los más vulnerables, los que sufren y los olvidados sean siempre acogidos con compasión, solidaridad y amor.
La defensa de la vida humana incluye también acoger, proteger y asistir a los inmigrantes, cuyas esperanzas, sacrificios y contribuciones han formado parte de la historia de este país desde sus mismos orígenes. En cada generación, quienes han llegado buscando libertad, oportunidades y un lugar al que pertenecer han contribuido a modelar el carácter de la nación. Recibirlos con compasión y generosidad no es solo un acto de caridad, sino también un reconocimiento de la dignidad que corresponde a toda persona humana.
En mi reciente carta encíclica Magnifica Humanitas escribí sobre la necesidad de trabajar juntos por el bien común. «Construir un mundo en el que todos puedan florecer exige responsabilidad compartida y valentía. Nadie puede soportar por sí solo el peso de los desafíos a los que se enfrenta el mundo» (n. 13). Nos necesitamos unos a otros y necesitamos trabajar unidos para afrontar los desafíos que el mundo tiene hoy ante sí.
Que este hito renueve el compromiso compartido con la promesa de libertad, justicia, oportunidades y democracia. Que los estadounidenses honren el valor y la visión de quienes los precedieron fortaleciendo sus comunidades, respetando sus diferencias y trabajando juntos en favor de una unión cada vez más perfecta.
Felicidades por este extraordinario aniversario nacional. Que el espíritu de 1776 siga inspirando esperanza y unidad mientras los Estados Unidos de América avanzan hacia el futuro. Asegurándoos mis oraciones por vuestros renovados esfuerzos para fortalecer la nación en los principios que guiaron a sus Padres Fundadores, os encomiendo a la intercesión de la Inmaculada Concepción, patrona de este país, para que continúe velando por América y protegiendo a todos los que habitan en ella.
Desde el Vaticano, 25 de junio de 2026
León PP. XIV