Hay una votación que la Iglesia celebra cada año en todas las parroquias del planeta, universal, voluntaria, anónima e inmune a la demoscopia, y que por eso mismo nadie puede amañar: se llama Óbolo de San Pedro, se deposita en el cepillo el domingo más próximo a la fiesta de los apóstoles, y no mide la ortodoxia ni la asistencia a misa ni la opinión sobre el último sínodo, sino algo más elemental y más difícil de fingir, que es cuánta gente quiere al Papa lo bastante como para enviarle dinero. Fue Benedicto XVI quien dio la definición canónica en 2006: la expresión más típica de la participación de todos los fieles en las iniciativas del Obispo de Roma, un gesto cuyo valor es ante todo simbólico, signo de comunión con el Papa. Tomémosle la palabra. Si el Óbolo es el signo de la comunión afectiva de los fieles con Pedro, entonces sus balances no son contabilidad: son un electrocardiograma. Y el electrocardiograma del pontificado de Francisco dibuja, año tras año, con una constancia que ningún accidente explica, la línea descendente de un desamor.
Los números primero, que son tozudos. Francisco heredó en 2013 una colecta de setenta y ocho millones de dólares, engordada por la luna de miel que todo cónclave regala al elegido. Doce años después, su último ejercicio completo se cerró con cincuenta y ocho millones y medio de euros en donativos, y el primero ya bajo León XIV con cincuenta y cuatro y medio. En moneda nominal, un cuarto menos; descontada la inflación acumulada, cerca de un cuarenta por ciento menos. Pero el dato demoledor no es el punto de llegada sino la forma de la curva: el propio prefecto de la Secretaría para la Economía, el jesuita Guerrero Alves, admitió que la recaudación cayó un veintitrés por ciento entre 2015 y 2019. Retengan las fechas. Antes de la pandemia, que cerró las iglesias. Antes de octubre de 2019, cuando estalló el escándalo del palacete de Sloane Avenue. El desplome precede a todas sus coartadas. Cuando las excusas llegaron, la hemorragia llevaba cuatro años abierta; lo que hicieron el virus y el escándalo fue rematar a un donante que ya se estaba marchando.
Aquí conviene despejar el equívoco en que incurre casi toda la prensa, incluida la que se pretende crítica: el problema del Óbolo bajo Francisco no fue de gestión. Hubo mala gestión, ciertamente, y un proceso penal, y un cardenal condenado en primera instancia, y hasta la humillación póstuma de ver anulado en 2026 el juicio entero porque los rescriptos con que el propio Francisco autorizó la investigación resultaron jurídicamente inválidos. Pero todo eso es epifenómeno. Los escándalos financieros no matan una colecta cuyo fundamento es el afecto; a lo sumo la hieren, y el afecto la cicatriza. La prueba está en el pontificado anterior. A Benedicto XVI le tocó Ratisbona, le tocó el caso Williamson, le tocó Vatileaks y le tocó la campaña mediática más feroz que se recuerde contra un papa a cuenta de los abusos, todo ello con una crisis financiera mundial de fondo; y en 2009, en el ojo exacto de aquel huracán, el Óbolo marcó ochenta y dos millones y medio de dólares, su récord ordinario. Los suyos, cuando el mundo lo abucheaba, cerraron filas y vaciaron la cartera. Ese es el comportamiento de un pueblo que ama a su padre: los golpes de fuera aprietan el vínculo de dentro.
Con Francisco ocurrió la inversión perfecta, y en esa inversión está toda la tesis. Jamás un papa tuvo mejor prensa: portadas de Time y de Rolling Stone, editoriales rendidos, el aplauso unánime de cancillerías, oenegés y plumas progresistas que no habían pisado una iglesia en décadas ni pensaban empezar. Y jamás la colecta del afecto papal cayó tanto y tan sostenidamente. La paradoja se deshace en cuanto se mira quién vota en este plebiscito. No vota el editorialista del New York Times ni el líder mundial que se fotografiaba con él: vota la señora de la misa de doce, el matrimonio que llena el sobre parroquial, el católico americano de práctica dominical que sostiene desde hace un siglo la cuarta parte de la colecta. Es decir, vota exactamente el tipo humano que este pontificado convirtió en blanco retórico predilecto: el rígido, el nostálgico, el obsesionado con la doctrina, el que fue amonestado desde Santa Marta con una regularidad que ahorra las citas porque cualquier lector las recuerda. Francisco cultivó durante doce años el aplauso de quienes no dan y el reproche de quienes daban, y luego los balances hicieron su trabajo con la frialdad de las cosas que no leen periódicos. Los elogios de los de fuera no cotizan en el cepillo. La desafección de los de dentro, sí.
Concedamos al abogado defensor sus dos alegatos, que existen y no son triviales. Primero, la secularización: la práctica religiosa cae en todo Occidente y con ella toda colecta. Cierto, pero insuficiente: un veintitrés por ciento en cuatro años excede con mucho el ritmo de la erosión sociológica de fondo, y sobre todo esa misma secularización operaba ya bajo Benedicto sin impedir sus máximos. Segundo, el escándalo de Londres envenenó la confianza en el destino del dinero. También cierto, y también insuficiente, porque llega tarde para explicar la caída y porque un vínculo afectivo robusto amortigua los escándalos en lugar de amplificarlos: el donante que ama perdona; el donante desafecto usa el escándalo como la confirmación que estaba esperando para hacer lo que ya deseaba hacer. Que en 2022 la Santa Sede tuviera que maquillar el balance vendiendo inmuebles —entre ellos el propio edificio del pecado— para disimular que los donativos reales apenas llegaban a cuarenta y tres millones dice menos sobre la ingeniería contable que sobre la sequía que la hacía necesaria. Y el espejismo de 2024, ese repunte final a cincuenta y ocho millones que algún panegirista querrá leer como reconciliación de última hora, se desinfla al mirar el desglose: Francia aportó ese año ocho millones, seis veces su cifra habitual, para regresar al año siguiente a su millón y pico de siempre; todo indica un legado testamentario extraordinario, no un pueblo que volvía.
Lo que recibe León XIV, por tanto, no es un problema de tesorería, que se arregla con auditores, sino un problema de amor, que no se arregla con nada rápido. Durante doce años, la única encuesta limpia que la Iglesia posee preguntó a los católicos del mundo si se sentían unidos al Papa hasta el punto de sostenerlo con su dinero, y durante doce años una porción creciente de ellos respondió que no con el único lenguaje que no admite retórica: el sobre vacío. Se ha escrito mucho sobre el magisterio de Francisco, sobre sus reformas, sus gestos y sus silencios. Sus fieles también escribieron el suyo, cada 29 de junio, en la moneda más sincera que existe. Solo que ese magisterio no lo recogió Vatican News: lo recogió, año tras año, la columna de ingresos.