Una saga que sí construye la fe: el verano tiene nueva lectura en El amor llega suavemente.

Una saga que sí construye la fe: el verano tiene nueva lectura en El amor llega suavemente.

Es 1860, en algún punto del Oeste americano. Una mujer joven, recién casada, ayuda a su marido a cargar en una carreta todo lo que poseen: una estufa de hierro, una cama, semillas, la máquina de coser. Esa misma mañana se ha despedido de sus padres sabiendo que tal vez no vuelva a verlos. Las cartas tardarán meses en cruzar el país, si es que llegan. Delante solo hay camino, peligro y un mundo nuevo del que nada sabe. ¿Qué la sostiene? Antes de partir, su padre le ha entregado una Biblia con un versículo marcado por una cinta roja. Y le ha pedido que lo lea cada día, hasta sentirlo verdadero.

Esa mujer es Missie, y su historia es El largo viaje del amor, la novela que Homo Legens acaba de publicar. Pero su historia empezó antes, y conviene contarla desde el principio, porque pocas sagas merecen tanto que un lector creyente se detenga en ellas.

La saga sigue a una familia de pioneros en el Oeste americano del siglo XIX. Comenzó en 1979, cuando Janette Oke publicó El amor llega suavemente e inauguró sin pretenderlo un género entero: la ficción inspiracional. En ese primer libro, Marty, una joven viuda, acepta un matrimonio de conveniencia con Clark Davis, también viudo, para no quedarse sola en la frontera. Lo que empieza como un acuerdo de supervivencia se convierte, despacio, en amor verdadero. Y el lector descubre que la paciencia callada de Clark, su manera de cuidar sin imponerse es un trasunto del modo en que Dios trata al alma: sin forzar, esperando, amando primero. En El largo viaje del amor, ya tercera entrega, la hija de aquella pareja, Missie, casada con su Willie, parte hacia el Oeste dejando atrás la casa familiar. La novela es ese viaje: el desarraigo, el miedo, la nostalgia del hogar y la fe que sostiene cuando todo lo demás falta.

«No temas, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios que te fortalece; siempre te ayudaré, siempre te sostendré con la diestra de mi justicia». Su padre lo subrayó para ellos antes de partir, y les pidió que lo leyeran cada día, si hiciera falta, hasta sentirlo vivo y verdadero en el corazón.

Ese pasaje —una escena en la que el matrimonio recién partido abre la Biblia al caer la tarde— condensa lo que distingue a Oke. La fe no es aquí un adorno ni una moraleja pegada al final. Es el suelo sobre el que los personajes pisan. Rezan antes de dormir, dan gracias por el día, encomiendan el camino. La oración familiar aparece con la naturalidad de quien la vive, no con la solemnidad de quien la exhibe. Y, justamente por eso, conmueve.

Conviene decirlo con sencillez: frente a tanta novela que halaga al lector y no le pide nada, o que presenta el amor como un sentimiento sin compromiso ni trascendencia, solo como disfrute personal, esta saga propone otra cosa. Aquí el amor se entrelaza con el deber, con la entrega, con la aceptación serena de lo que Dios dispone. Los personajes no siempre entienden por qué les toca sufrir, pero confían. Y esa confianza —ese abandono en la providencia que no es resignación, sino esperanza— es quizá lo más valioso que un libro puede dejar en quien lo lee.

No hace falta ser un lector exigente para disfrutarla. La prosa de Oke es limpia, cálida, sin pretensiones literarias que distraigan. Se lee con gusto y con calma, que es justo lo que pide el verano. Pero bajo esa aparente sencillez late algo más hondo: la convicción de que una vida buena se construye sobre la fidelidad, la familia y la fe. Tres palabras que hoy suenan a contracorriente y que estas novelas defienden sin estridencia, simplemente narrándolas.

El alcance de estas historias no es casual ni pequeño. Las novelas de Oke han vendido más de treinta millones de ejemplares en todo el mundo y han acompañado a varias generaciones de lectores. La primera fue llevada al cine, en una película dirigida por Michael Landon Jr. que introdujo a millones de espectadores a Marty y Clark Davis. Pero el origen, lo que de verdad importa, sigue estando en los libros.

Para quien busque una lectura de verano que entretenga sin vaciar, que descanse sin embrutecer, y que deje en el alma un poso de confianza en Dios y de paz con lo que Él nos manda, El largo viaje del amory la saga entera de la que forma parte— es una recomendación honesta. No es literatura que pretenda cambiar el mundo. Es algo más modesto y más necesario: literatura que ayuda a vivir.

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