León XIV en el Ángelus: «El amor solo da fruto cuando somos capaces de perder algo de nosotros mismos»

León XIV en el Ángelus: «El amor solo da fruto cuando somos capaces de perder algo de nosotros mismos»

El papa León XIV presidió este domingo el rezo del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico Vaticano, en el XIII Domingo del Tiempo Ordinario, centrando su meditación en las exigencias del seguimiento de Cristo. A partir del Evangelio de san Mateo (Mt 10, 37-42), el Pontífice explicó que el amor cristiano no consiste únicamente en sentimientos o gestos exteriores, sino que exige una entrega total a Cristo que pasa por el desprendimiento, el sacrificio y la acogida del prójimo.

Durante su reflexión, el Papa desarrolló tres ideas que caracterizan el amor auténtico: el desprendimiento de aquello que puede impedir una entrega plena a Dios, la capacidad de perder parte de uno mismo para darse a los demás y la acogida concreta de quienes llegan en nombre de Cristo. Frente a una cultura marcada por el afán de poseer y conservar, León XIV recordó que el Evangelio propone la lógica del don, afirmando que «quien retiene la vida solo para sí mismo, en realidad la pierde».

El Pontífice ilustró esta enseñanza con ejemplos de la vida familiar, señalando que tanto el matrimonio como la educación de los hijos requieren aprender a dejar partir y a confiar. Asimismo, recordó que el mismo Cristo llevó esta lógica hasta el extremo al entregarse en la Cruz, haciendo posible con su sacrificio la vida nueva para toda la humanidad.

A continuación, reproducimos el texto íntegro de la reflexión pronunciada por el Santo Padre:.

Palabras del Santo Padre antes del Ángelus

Hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

También en el Evangelio de hoy (Mt 10,37-42) escuchamos algunas exhortaciones de Jesús para vivir el seguimiento y ser testigos de su Reino. No se trata de realizar algún acto exterior, sino de comprometernos por entero en una relación de amor con Él. Y para dar fruto, el amor exige al menos tres cosas: el desprendimiento, la pérdida y la acogida.

Ante todo, el desprendimiento. Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (v. 37). En el momento en que comienza a enviar en misión a sus apóstoles, el Señor quiere que estén libres de cualquier atadura. Pero esto vale para todos: incluso los afectos más importantes encuentran su plenitud gracias al amor que Cristo nos da. Pensemos, por ejemplo, en la vida matrimonial: solo puede vivirse plenamente «dejando» la casa de los padres (cf. Mt 19,6) para entregarse a la relación conyugal. Pensemos también en el crecimiento de los hijos: se les ayuda a realizarse y a ser felices educándolos para que «caminen con sus propios pies» y tomen sus propias decisiones. Dice san Agustín: «Es doloroso separarse de aquello que amas. Pero también el agricultor pierde temporalmente aquello que siembra» (Sermón 330, 2). Solo «perdiendo» esa semilla, arrojada a la tierra, podrá verla florecer.

En este sentido, el amor es también pérdida. Nos resulta difícil comprenderlo, especialmente en un mundo en el que perder parece una debilidad y existe una obsesión por tener y poseer. Sin embargo, el amor solo da fruto cuando se entrega: cuando estamos dispuestos a perder un poco de nuestro propio yo para hacer espacio al otro, a perder un poco de tiempo para escuchar a un amigo, a perder un poco de comodidad para compartir una situación de dificultad. Quien retiene la vida únicamente para sí mismo —dice el Evangelio— en realidad la pierde (cf. v. 39), porque no se abre a la alegría del amor y se vuelve estéril. Por eso Jesús nos invita a abrazar la Cruz: Él se ofreció, se perdió a sí mismo y, precisamente así, nosotros hemos podido recibir su vida en abundancia. Del mismo modo, si vivimos según la lógica del don, también nosotros seremos capaces de engendrar vida nueva en nuestras relaciones.

Por último, la acogida. En efecto, el amor se expresa en decisiones y acciones concretas, en un compromiso hecho de pequeños gestos cotidianos, como ofrecer un vaso de agua a quien tiene sed (cf. v. 42). Jesús, al enviar a sus discípulos por delante de Él, les pide que vayan sin provisiones, es decir, que sean necesitados, para que así puedan suscitar la acogida de quienes encuentren en su camino. Y de este modo, acogiendo a quien viene en nombre de Jesús, se acoge a Él y al Padre celestial que lo ha enviado. El amor al Señor pasa siempre por la acogida de los hermanos.

Queridísimos, pidamos a la Virgen María, que amó a su Hijo sabiendo también perderlo, que nos ayude a ser testigos humildes y alegres del amor de Cristo.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Deseo expresar mi cercanía a las hermanas y hermanos venezolanos afectados por los recientes terremotos que provocaron numerosas víctimas y heridos, así como ingentes daños materiales. Mientras ruego al Señor por el eterno descanso de los fallecidos, renuevo mi cercanía espiritual a sus familiares, a los lesionados y a quienes han sido golpeados por esta tragedia. Asimismo, manifiesto mi gratitud y aliento a cuantos trabajan con generosidad en las labores de búsqueda y de asistencia.

Y ahora doy la bienvenida a todos vosotros, romanos y peregrinos: ¡os doy las gracias por haber venido con este calor!

Saludo a los fieles de la diócesis de Kumba, en Camerún, y a los de diversos otros países.

Saludo a los jóvenes religiosos camilos; a los grupos parroquiales de Priolo Gargallo, Avola, Regalbuto y Bari; a los scouts de Rovereto y a los jóvenes de Mestrino, de la diócesis de Padua, que han recibido la Primera Comunión y la Confirmación.

¡A todos os deseo un feliz domingo! Hasta mañana, con motivo de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo.

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