La segunda sesión del Consistorio extraordinario, celebrada este viernes en el Aula Pablo VI, giró en torno al quinto capítulo de la encíclica Magnifica humanitas. Entre los temas tratados, varios grupos plantearon ir más allá de la doctrina de la guerra justa para hablar de un «derecho a la legítima defensa proporcionada».
El Aula Pablo VI acogió en la tarde del 26 de junio la segunda sesión del Consistorio extraordinario, una jornada que comenzó —no por casualidad— con una oración por la «dolorosa situación de Venezuela» y por las numerosas víctimas del reciente terremoto. Bajo el título «La cultura del poder y la civilización del amor», el encuentro se dedicó a la reflexión sobre el capítulo quinto de la encíclica Magnifica humanitas de León XIV.
La sesión fue moderada por el cardenal Pablo Virgilio Siongco David, quien cedió la palabra al cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, encargado de la relatio introductoria. León XIV asistió a la apertura de los trabajos y regresó más tarde para la reunión plenaria, cerrando él mismo la jornada con la oración final hacia las siete y media de la tarde.
La advertencia contra la «normalización de la guerra»
Once grupos —ocho del primer bloque y tres del segundo— presentaron sus conclusiones ante la asamblea. Según el comunicado difundido por la Oficina de Prensa de la Santa Sede, todos coincidieron en denunciar «la fuerza deshumanizadora de la cultura del poder», su alcance universal y la tentación de plegarse a la lógica de los poderosos. Se señaló, en particular, la normalización de la guerra y de la polarización, que rebajan el umbral de tolerancia de la sociedad ante la violencia y favorecen soluciones peligrosamente simplistas a los conflictos.
Frente a ese diagnóstico, los padres conciliares insistieron en la responsabilidad de edificar la paz y una «civilización del amor», ofreciendo un testimonio creíble que —subrayaron— debe comenzar dentro de la propia Iglesia: un lenguaje de escucha, perdón, reconciliación, justicia restaurativa y gestos concretos.
Unidad de la Iglesia y diálogo con el islam
La unidad dentro de la Iglesia se presentó como condición de su credibilidad, junto con el diálogo con otras confesiones y religiones, «en particular el islam». Varios grupos recordaron el trabajo de la Iglesia en Tierra Santa y en Europa del Este como ejemplos de situaciones que, en ocasiones, «solo pueden resolverse mediante la intervención de Dios».
No faltaron referencias al papel de la autoridad política —a la que se pidió liberar de su «vínculo tóxico» con el poder económico—, a la familia, a la educación y a la necesidad de una evangelización audaz. Diversas intervenciones reivindicaron asimismo el peso de la diplomacia de la Santa Sede y de los nuncios para que la voz de la Iglesia siga escuchándose.
¿El ocaso de la doctrina de la guerra justa?
El punto sin duda más delicado de la jornada llegó cuando numerosos participantes plantearon la necesidad de superar la lógica de la guerra justa —dado que «el Evangelio no puede imponerse por la fuerza»— para hablar en su lugar de un derecho a la legítima defensa proporcionada.
La cuestión no es menor: la doctrina de la guerra justa, con raíces en San Agustín y Santo Tomás de Aquino, forma parte del patrimonio moral clásico de la Iglesia. Su replanteamiento en el seno del Colegio cardenalicio marca, cuando menos, un giro de notable calado teológico.
En este marco se expresó una profunda gratitud a León XIV por la encíclica, por su condena de los conflictos armados y por sus reiterados llamamientos a la paz. La reflexión alcanzó también al munus petrinum como garantía de la independencia de la Iglesia frente al poder político, y a la conveniencia de gestos simbólicos que sirvan de signo visible de paz.
Una llamada a la responsabilidad
En las intervenciones personales que cerraron la sesión, algunos cardenales agradecieron el espacio de diálogo del Consistorio y reafirmaron la importancia de colaborar con líderes de otras religiones. Otros se detuvieron en la reacción suscitada por el reconocimiento que la encíclica hace del «retraso» de la Iglesia en condenar la esclavitud, unas palabras que —dijeron— «han abierto corazones».
Los purpurados subrayaron, en fin, que la propia Magnifica humanitas constituye una llamada al Colegio cardenalicio para asumir la responsabilidad de construir la paz, incluso mediante iniciativas simbólicas como la Jornada Mundial de Oración por la Paz convocada por San Juan Pablo II en Asís en 1986. Hacia las 19:30, el Papa regresó al aula para presidir la oración de clausura.