El problema doctrinal del cardenal Fernández

El problema doctrinal del cardenal Fernández

Un extenso análisis publicado por El Wanderer ha rescatado un artículo académico del cardenal Víctor Manuel Fernández que, pese a haber sido escrito hace más de treinta años, plantea hoy interrogantes difíciles de ignorar. La razón es evidente: quien entonces firmaba aquel estudio como joven profesor de teología es hoy el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el organismo llamado a custodiar la integridad de la fe católica.

Una afirmación que va más allá de una esperanza cristiana

El artículo, publicado en1995 bajo el título Romanos 9-11. Gracia y predestinación, culmina con una frase que constituye el eje de toda la polémica:

«Confío firmemente en que todos se salvarán; confianza que no se basa en un deseo, ni en mi compasión por los hombres, sino en lo que sé de Dios y de sus planes concretos gracias a su Revelación».

No se trata simplemente de expresar el deseo de que nadie se condene. Esa esperanza ha estado presente en numerosos autores católicos. El problema aparece cuando esa esperanza se presenta como una certeza apoyada en la Revelación y en un supuesto conocimiento de los designios concretos de Dios. Ahí es donde la discusión deja de ser una opinión teológica más para entrar en un terreno mucho más delicado.

Releer a san Agustín… para corregirlo

Desde las primeras páginas del artículo, el entonces profesor argentino sostiene que una correcta interpretación de los capítulos 9 al 11 de la Carta a los Romanos permite «relativizar» buena parte de la doctrina elaborada por los Padres de la Iglesia y los grandes teólogos medievales sobre la predestinación.

El principal destinatario de esa revisión es san Agustín. Su doctrina aparece presentada como el origen de formulaciones «cuestionables» que habrían condicionado durante siglos la reflexión sobre la gracia y la predestinación.

Sin embargo, cuesta aceptar esa conclusión. San Agustín no fue corregido por la Iglesia; al contrario, su doctrina sobre la primacía absoluta de la gracia quedó asumida por la tradición posterior, inspiró decisivamente el II Concilio de Orange y fue integrada por santo Tomás de Aquino en la gran síntesis escolástica.

Una lectura discutible de santo Tomás

La crítica alcanza también al modo en que Fernández utiliza la obra del Doctor Angélico.

El ahora prefecto de la Doctrina de la Fe, cita con frecuencia los textos en los que santo Tomás exalta la misericordia divina, pero apenas concede espacio a aquellos en los que afirma la realidad de la predestinación, la reprobación y la posibilidad de la condenación eterna.

No es una cuestión menor. Para santo Tomás, la misericordia jamás elimina la justicia; la perfecciona. Tampoco convierte la salvación universal en una conclusión necesaria.

De ahí que resulte llamativo que el artículo termine expresando una certeza sobre el destino final de todos los hombres cuando el propio Aquinate insiste en que el misterio de la predestinación pertenece a los insondables designios de Dios.

Lo que enseña el Magisterio

La Iglesia nunca ha enseñado que todos los hombres se salvarán.

Ha enseñado que Dios quiere la salvación de todos y ofrece a todos los hombres la gracia necesaria para alcanzarla. Pero también ha enseñado —desde las palabras de Cristo hasta el Catecismo vigente— la posibilidad real de la condenación eterna para quien rechaza libremente esa gracia.

El Concilio de Trento advirtió expresamente contra cualquier pretensión de penetrar el misterio de la predestinación más allá de lo revelado. El Catecismo recuerda que Dios no predestina a nadie al infierno, pero afirma igualmente la existencia del infierno y la responsabilidad del hombre en el uso de su libertad.

Incluso Benedicto XVI, en Spe Salvi, distinguió cuidadosamente entre esperar la salvación de todos y afirmar que esa salvación constituye una certeza. La diferencia es esencial y precisamente ahí radica una de las principales objeciones que suscita el texto de Fernández.

El problema no es el artículo de 1995

Como observa El Wanderer, el verdadero problema no es que un joven profesor publicara hace treinta años un artículo discutible. Eso ocurre con relativa frecuencia en el ámbito académico.

La cuestión es que ese profesor es hoy el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y, hasta donde se conoce públicamente, nunca ha rectificado las tesis que defendía entonces ni ha explicado si continúan reflejando su pensamiento.

Por eso la discusión ya no pertenece únicamente a los especialistas en teología. Afecta a la autoridad doctrinal del organismo encargado de confirmar a la Iglesia en la fe recibida.

Una cuestión que interpela directamente a León XIV

En su primera encíclica, León XIV agradecía a quienes ayudan a señalar «lo que no funciona en la Iglesia». Entre esas cuestiones figura también la responsabilidad de garantizar que quienes ejercen los más altos cargos doctrinales lo hagan en plena continuidad con el Magisterio.

Nadie espera del Santo Padre decisiones precipitadas ni ajustes espectaculares. Tampoco parece corresponder a su estilo de gobierno. Pero sí resulta legítimo esperar que arroje claridad sobre cuestiones que afectan directamente a la fe de millones de católicos.

La Iglesia necesita certezas doctrinales, no nuevas ambigüedades. Y cuando esas ambigüedades parecen proceder precisamente del prefecto llamado a custodiar la doctrina, el silencio deja de ser una solución.

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe debe ser un servicio a la verdad revelada y no un laboratorio de hipótesis teológicas abiertas a interpretaciones incompatibles con la tradición constante de la Iglesia.

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