El papa León XIV recibió este miércoles a un grupo internacional de escritores reunidos en Roma con motivo del centenario de la Librería Editora Vaticana (LEV), la editorial oficial de la Santa Sede fundada en 1926 durante el pontificado de Pío XI.
Durante el encuentro, celebrado en el Aula Pablo VI, el Pontífice reflexionó sobre el papel de la literatura, la búsqueda de la verdad, la formación de la sensibilidad humana y la relación entre la creación artística y la fe. Ante autores procedentes de distintos países y tradiciones culturales, León XIV definió la escritura como un «acto de verdad» y de revelación, capaz de expresar quiénes somos, qué esperamos y hacia qué futuro nos dirigimos.
El Papa defendió además que la verdad no puede convertirse en un objeto de apropiación ideológica ni en una posición que deba imponerse por la fuerza, sino que ha de compartirse mediante el diálogo y la apertura al otro. Citando un documento reciente de la Santa Sede, afirmó que «la verdad no es un territorio que defender, sino un bien que compartir».
A lo largo de su intervención, León XIV se refirió principalmente a la búsqueda humana de la verdad que se desarrolla en la experiencia, la literatura y el encuentro con los demás. Sin embargo, señaló que esa búsqueda, cuando es auténtica, conduce a las preguntas fundamentales de la existencia y puede abrir el corazón a Dios.
El Pontífice destacó igualmente el valor humanizador de la literatura, recordando las palabras de Francisco sobre la capacidad de los grandes textos para ampliar la mirada del lector y favorecer la empatía. Según explicó, los escritores ayudan a descubrir perspectivas distintas de la propia y permiten comprender mejor la complejidad de la experiencia humana.
En la parte final de su discurso, León XIV vinculó explícitamente esta exploración de la condición humana con la fe cristiana. Inspirándose en reflexiones del cardenal Timothy Radcliffe, sostuvo que cuando el ser humano profundiza sinceramente en su propia humanidad no se aleja de Dios, sino que se acerca a Él, pues el Dios bíblico se revela precisamente en las historias concretas de los hombres y mujeres.
A continuación, el discurso completo de León XIV:
Buenos días a todos y bienvenidos.
Me alegra darles la bienvenida a ustedes, escritores y escritoras procedentes de muchas partes del mundo, reunidos en Roma para conmemorar el centenario de la fundación de la Librería Editora Vaticana, la editorial de la Santa Sede, creada en 1926.
Esta es una ocasión propicia para reflexionar sobre la importancia de los libros y de la escritura, una forma de expresión humana en la que ustedes, con la diversidad de sus estilos y lenguajes, son maestros y modelos.
Escribir, como bien saben, es un acto de verdad, de revelación, porque revela quiénes somos, qué creemos y esperamos, el mundo hacia el que nos dirigimos y el futuro con el que soñamos. En esta búsqueda de la verdad, percibimos que la verdad es discreta y se nos revela en nuestro diálogo interior con Dios y en nuestro diálogo abierto y respetuoso con el prójimo. Además, «la verdad no es un territorio que deba defenderse, sino un bien que debe compartirse» (Magnifica Humanitas, 25). Nunca somos dueños de la verdad; si acaso, es la verdad la que nos conquista. Por eso espero que sepan inspirar a otros para que se sientan atraídos por la verdad, porque ustedes mismos se sienten atraídos por ella.
Además, escribir es un acto de humanidad. Como observó el antiguo autor Terencio: «Soy hombre y nada humano considero ajeno a mí» (El atormentador de sí mismo, I, 1, 25). La literatura abarca todo el espectro de la experiencia humana, hasta el punto de que el papa Francisco destacó su valor formativo: «Leer un texto literario nos coloca en la situación de “ver a través de los ojos de los demás” (C. S. Lewis), adquiriendo una amplitud de perspectiva que ensancha nuestra humanidad. De este modo desarrollamos una empatía imaginativa que nos permite identificarnos con la manera en que otros perciben, experimentan y responden a la realidad. Sin esa empatía no puede haber solidaridad, participación, compasión ni misericordia» (Carta sobre el papel de la literatura en la formación, 34).
Cuando escriben historias y desarrollan personajes, se identifican con ellos; captan sus puntos de vista, sus emociones, sus sentimientos y sus actitudes. Este es el gran ejercicio de humanidad que permiten experimentar a sus lectores, porque, en cierto sentido, quienes leen viven muchas vidas además de la propia. Esto nos ayuda a descubrir perspectivas diferentes, a evitar considerar absolutas nuestras propias opiniones y a recomponer, como en un mosaico, el perfil de esa verdad que siempre nos trasciende.
Por último, escribir tiene que ver con Dios. Puede parecer una afirmación audaz, pero varios teólogos han reflexionado y escrito sobre la armonía entre el arte de escribir y la revelación del Dios bíblico. Es la propia estructura de la Revelación la que nos autoriza a afirmarlo. Como escribió el cardenal Radcliffe: «Para los cristianos, nada de lo humano es ajeno a Cristo. Todo intento de afrontar las preguntas fundamentales de nuestra vida —cómo amar, cómo ser justos, cómo ser libres, cómo afrontar el sufrimiento y la muerte— nos ayuda a comprender a Cristo, el más humano de todos» (T. Radcliffe, Alive in God. A Christian Imagination, Londres 2019, p. 15).
Cuando descendemos a las profundidades de nuestra humanidad, no estamos lejos de Dios; porque es allí, en medio de historias profundamente humanas, donde Dios se revela. El Dios de la Biblia se manifiesta en la liberación de la esclavitud, en el nacimiento de un hijo cuando toda esperanza parecía perdida y en el amor misericordioso y fiel. Habla a través de acontecimientos y encuentros, de rostros e historias. «Dios actúa en nuestras vidas a través de lo que hacemos y de lo que somos, y también a través de las muchas personas que encontramos» (Libres bajo la gracia, Ciudad del Vaticano 2026, 83).
Por eso les repito a ustedes, escritores y escritoras, lo que san Pablo VI dijo a todos los artistas: «Los necesitamos» (Homilía en la Misa con los artistas, 7 de mayo de 1964). Necesitamos su imaginación, su creatividad narrativa y la vivacidad de su pensamiento. Los necesitamos para crear espacios de libertad y autenticidad en los que la gracia divina pueda hacer resonar la promesa del consuelo y de la paz. Les agradezco cada vez que han sembrado semillas de reconciliación, de encuentro y de amistad.
Por este motivo, los animo en su trabajo e invoco gustosamente sobre ustedes y sobre sus seres queridos la bendición del Señor.
Muchas gracias.