Un papa pide en España fe viva y no museo. Hace más de un siglo, un escritor maldito lo dijo con palabras que aún arden

Un papa pide en España fe viva y no museo. Hace más de un siglo, un escritor maldito lo dijo con palabras que aún arden

Durante su viaje a España, en la misa del Corpus en la plaza de Cibeles, el papa León XIV pidió a los fieles redescubrir la riqueza espiritual de las tradiciones religiosas españolas como una escuela de fe viva, y no como un museo del pasado que se visita. En Tenerife, al despedirse, centró su última homilía en el Sagrado Corazón de Jesús. Quien tenga oídos para oír habrá reconocido, bajo el tono sereno del pontífice, una advertencia antigua: la fe que se contempla con respeto de turista ha dejado de ser fe.

Esa advertencia tiene más de un siglo. Y la formuló, con una violencia que hoy nadie se atreve a imitar, un escritor al que sus propios correligionarios despreciaron sin descanso.

En 1908, Léon Bloy publicó La que llora, un libro consagrado a la aparición de Nuestra Señora de La Salette, ocurrida el 19 de septiembre de 1846 ante dos pastorcillos analfabetos, Melania y Maximino, en un pueblo de los Alpes franceses. La Virgen se mostró a los niños llorando amargamente por los pecados de los hombres, coronada de rosas y también de espinas, y pronunció treinta y tres profecías de castigos para una humanidad que no quería convertirse. La Iglesia aprobó la devoción en 1851. Pero el mensaje, demasiado áspero, quedó pronto arrumbado en el olvido, opacado por la luz más amable de Lourdes.

Bloy (1846-1917), el gran escritor maldito de su época, hizo de aquella aparición incómoda el eje de su obra. Le impresionaba que la Virgen se hubiera aparecido en el mismo año de su nacimiento, y que hubiera elegido como mensajeros a dos niños paupérrimos, como él mismo. En La que llora volcó toda su santa ira contra un catolicismo que, a su juicio, estaba edulcorando el Evangelio hasta volverlo digerible.

El diagnóstico de Bloy es de una actualidad que sobrecoge. Arremetía contra los católicos que demandan a la Virgen palabras dulces y no soportan que su boca profiera amenazas; contra los que quieren una Reina del cielo «coronada de rosas, pero no de espinas»; contra los que exigen que la hiel y el vinagre del Calvario sean edulcorados para poder tragarlos. Una sentimentalidad devota, escribía, que preferiría incluso olvidar la Segunda Venida con tal de ahorrarse las tribulaciones que la preceden.

Su sentencia más célebre resume el libro entero: «Hoy es el tiempo de los demonios tibios y pálidos, el tiempo de los cristianos sin fe, de los cristianos afables». La tibieza, no la incredulidad declarada, es para Bloy la verdadera enfermedad de la fe. El cristiano afable, el que no incomoda a nadie porque ya no cree del todo en nada, es el demonio de los últimos tiempos.

El prólogo de esta edición lo firma Juan Manuel de Prada, y es mucho más que una presentación de cortesía: es la llave que abre el libro al lector de hoy. Prada sitúa a Bloy en su época, reconstruye su peregrinaje a La Salette y su defensa apasionada de Melania, y desactiva de antemano la tentación de leer este libro como una curiosidad de anticuario. Porque la pregunta decisiva la formula él mismo, sin rodeos, en mitad del prólogo.

Tras recorrer la diatriba de Bloy contra la «sentimentalidad devota», Prada se detiene y pregunta: «¿No está Bloy, en realidad, anticipando las delicuescencias de cierto catolicismo contemporáneo?». La cuestión queda flotando sobre todo el volumen. Y más adelante remacha, hablando de las acusaciones de Bloy contra un clero corrompido por el «execrable tintineo de monedas»: «Resulta imposible leer estas acres acusaciones de Bloy y no pensar en ciertas conductas y ciertas estruendosas campañas publicitarias promovidas por nuestras jerarquías eclesiásticas».

Es Prada, además, quien tiende el hilo que une a Bloy con el presente a través de Leonardo Castellani —«seguramente el más fiel discípulo de Bloy»— y su clasificación de los siete grados del fariseísmo religioso, que culmina en el falso creyente que persigue a los verdaderos «con saña ciega, con fanatismo implacable». Y es Prada quien cierra el prólogo con una de esas frases suyas que se quedan grabadas: «Quienes pretenden disfrutar de las rosas sin sufrir el pinchazo de las espinas son… demonios tibios y pálidos».

Aquí es donde el viaje de León XIV ilumina la lectura. Cuando el papa pide una fe viva y no un museo, cuando vuelve a poner en el centro el Sagrado Corazón —que en La Salette aparecía coronado de espinas—, está nombrando, en clave magisterial y serena, la misma tibieza que Bloy denunció a gritos. El pontífice lo dice como pastor; Bloy lo dijo como profeta herido. Pero el mal señalado es el mismo: la fe convertida en patrimonio que se admira de lejos, en tradición que se hereda sin que comprometa, en devoción que pide rosas y rehúye las espinas.

Por eso este libro de 1908 no es una reliquia literaria. Es un espejo. La que llora incomoda hoy exactamente por lo mismo que incomodó entonces: porque recuerda que la Virgen de La Salette no lloraba por sentimentalismo, sino por los pecados de los hombres; y que una fe que ya no es capaz de llorar tampoco es capaz de salvar.

Léon Bloy, La que llora. Nuestra Señora de La Salette, con prólogo de Juan Manuel de Prada, va por su cuarta edición en Bibliotheca Homo Legens (homolegens.com/libro/la-que-llora/; 270 páginas; PVP 16,90 €).

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