Algunos comentaristas a los textos de esta servidor me acusan de ser una amargada y estar siempre juzgando a situaciones y personas que no conozco, pero “que tanto bien hacen a tantas almas”.
No voy a entretenerme en rebatir, pero sí en aclarar que no es nada personal contra nadie, sino que se trata de corregir las desviaciones y errores en el intento de evangelización de algunas personas que, más que formarse, quieren explicar sus propias experiencias y sentar cátedra a partir de ello, confundiendo a multitud de almas bienintencionadas que les escuchan. Y esto, entre las redes sociales y el numerosísimo sector neoconservador en la Iglesia, se ha ido de madre a los obispos, que deberían estar ahí vigilando (pues eso es lo que significa “obispo”, “episcopós”).
Cuando el error es público, la corrección también debe ser pública.
Un caso muy claro es de un influencer catalán, madurito, del Opus Dei, cuya fama en los últimos 4 ó 5 años años ha saltado de Instagram a llenar por toda España e Iberoamérica salas de parejas de todas las edades a las que predica tips sobre el noviazgo y el matrimonio. Hasta ahí, todo bien. Es necesario animar y ayudar a fortalecer a las parejas, animar a los novios a que se casen y tengan hijos; guiarles en la vivencia de un noviazgo sano en clave cristiana.
El problema empieza cuando se viene arriba y busca no se sabe si ser gracioso o dejar titulares que no se olviden, y lleva meses dando vueltas a una frase de aquellas lapidarias que repite en todas partes: que, en el matrimonio, el sexo es oración. Circulan por redes vídeos que producen sonrojo y vergüenza ajena en que alardea de proponerle a su esposa “vamos a rezar” cuando quiere tener relaciones íntimas con ella.
¿Dónde quedó el pudor, la intimidad y la sacralidad del sacramento del matrimonio? Como ya dijimos en otro texto hace unos meses, la invención de toda una teología del sexo por parte de los neoconservadores a partir, se supone, de las catequesis de san Juan Pablo II sobre teología del cuerpo, se está convirtiendo en una revolución sexual (trasnochada, con 60 años de retraso) dentro de la Iglesia Católica, con la connivencia habitual de la jerarquía. Que pueda hablarse así de las relaciones sexuales en el matrimonio implica una pérdida de la decencia, la vergüenza y el pudor que siempre había caracterizado a la Iglesia Católica.
Decir que mantener sexo dentro del matrimonio es hacer oración no es gracioso; es vulgar. Y no es una manera católica de hablar.
Alice von Hildebrand contextualiza cómo, desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha experimentado una crisis severa y múltiple: una crisis de fe, una crisis de autoridad, una crisis intelectual (hay una confusión generalizada) y una crisis moral. En el contexto de esta crisis se ha desarrollado la Teología del Cuerpo de la que beben todos los influencers neoconservadores, que la Dra. von Hildebrand se pregunta legítimamente si estamos ante un desarrollo de la doctrina o ante una “revolución”; porque ninguna revolución en la Iglesia Católica es legítima; no puede darse.
Tradicionalmente, la Iglesia escogió con mucho cuidado las palabras cuando se refería a los misterios de nuestra fe o a cosas que son íntimas y sagradas. En contraste, las observaciones referentes al sexo conyugal empleadas por el influencer Borrell, aunque bienintencionadas, rozan la blasfemia.
El Dr. Peter Kwasniewski divide su obra sobre el matrimonio, Treasuing the Good of Marriage in a throwaway society, en cuatro secciones: «Matrimonio y familia», «Vivir con castidad», «Virginidad y celibato» y «Anticoncepción y aborto». Kwasniewski expone el testimonio de las Escrituras y las mismas palabras de Nuestro Señor Jesucristo sobre el matrimonio, así como las claras enseñanzas de la Iglesia, comenzando con San Pablo.
En una afirmación que sorprenderá al mundo neoconservador, que parece hacer pivotar su vida de fe en torno al noviazgo, el matrimonio y el sexo, Kwasniewski, con la Iglesia de todos los tiempos, argumenta que en las Escrituras (especialmente, en San Pablo) y la tradición, el matrimonio no es el bien supremo. La vida consagrada es considerada superior al matrimonio y virginidad y el celibato son considerados parte de su análisis del matrimonio: el noble deseo de contraer matrimonio, tener hijos y contar con el apoyo del cónyuge nunca debe convertirse en un fin en sí mismo. En este sentido, el matrimonio mismo corre el peligro de convertirse en un ídolo si no se le considera y practica como camino hacia la vida eterna con Dios.
San Jerónimo y San Agustín, dos de los cuatro Padres de la Iglesia Latina, fueron contundentes al respecto de la sexualidad conyugal, basándose en testimonios de la Sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia.
Hablando sobre el ayuno necesario para la recepción de la Comunión, San Jerónimo considera como otra forma de ayuno que las parejas casadas se abstuvieran de las relaciones conyugales durante un período de tiempo determinado antes de recibir la Eucaristía, y cita a San Pablo, quien él considera que parece sugerirlo cuando escribe a los corintios: «No os privéis el uno al otro, salvo quizá de mutuo acuerdo, por un tiempo, para dedicaros a la oración» (1 Cor 7, 5). La conclusión que se podía extraer de esto – reflexiona Jerónimo – era que, si lo hacían por el bien de la oración, debían hacerlo aún más para estar unidos a Cristo en la Eucaristía. Pero lo que el Apóstol apenas insinuaba, Jerónimo lo expresó de forma explícita.
El apóstol Pablo está diciendo que cuando nos unimos a nuestras esposas no podemos orar. Si mediante el acto conyugal se obstaculiza lo menor, es decir, la oración, ¿cuánto más se obstaculiza lo mayor, es decir, recibir el Cuerpo de Cristo? Por tanto, la primera refutación a la “tesis” de Borrell, inapelable, es la de San Pablo, porque es Palabra de Dios: la oración y el sexo conyugal no son lo mismo.
Ya antes de San Jerónimo otras figuras patrísticas habían escrito extensamente defendiendo la superioridad de la virginidad sobre el matrimonio; en particular Gregorio de Nisa y Ambrosio. San Jerónimo afirma repetir sus argumentos en su tratado contra Joviniano y admite haber resumido, en esencia, los razonamientos de Ambrosio, añadiendo su propia interpretación de 1 Cor 7:5: «Os pregunto: ¿de qué sirve aquello que obstaculiza la oración, que no me permite recibir el Cuerpo de Cristo? Cuando cumplo con el deber de esposo, no puedo cumplir con el de la persona continente». El Apóstol ordena lo mismo en otro lugar: que oremos siempre (1 Tes 5, 17). «Si hemos de orar siempre, el deber del matrimonio nunca se cumplirá. Porque cada vez que pago la deuda a mi esposa, no puedo orar. La razón por la que dije esto es clara, pues estaba interpretando aquella frase del Apóstol: No os privéis el uno al otro, salvo quizá por un tiempo de mutuo acuerdo, para que os dediquéis a la oración (1 Cor 7, 5).
San Pablo enseña en 1 Cor 7 que el matrimonio es un don sagrado y un reflejo del amor de Cristo por la Iglesia. Considera la castidad como un orden interior del corazón que libera el amor del egoísmo. Para quienes no tienen el don de la continencia, el matrimonio es el estado natural y bendecido para evitar caer en la fornicación.
San Pedro anima a la abstinencia: para que no se obstaculicen nuestras oraciones (1 P 3, 7). ¿Qué es mayor, orar o recibir el Cuerpo de Cristo? Ciertamente, recibir el Cuerpo de Cristo.
“Que cada uno se examine a sí mismo y así se acerque al Cuerpo de Cristo – dice San Jerónimo en el tratado Contra Joviniano-; no es que retrasar la comunión un día o dos haga más santo al cristiano, de modo que lo que hoy no merecía lo sea digno mañana o pasado mañana; sino que, como me aflige el dolor de no haberme comunicado con el Cuerpo de Cristo, pueda negarme el abrazo de mi esposa, para que prefiera el amor de Cristo al amor de mi cónyuge. «Es duro, insufrible», diréis. «¿Qué laico puede soportar esto?» Que lo soporte quien pueda soportarlo; que quien no pueda, se las arregle por sí mismo. Nuestra preocupación no es declarar LO QUE CADA HOMBRE ES CAPAZ O ESTÁ DISPUESTO A HACER, sino lo que mandan las Escrituras”.
San Beda el Venerable tomaría prestadas más tarde las palabras de Jerónimo «quotiescumque uxori debitum reddo, orare non possum» en su comentario sobre 1 Pedro 3, 7, para luego resumir el resto del argumento de la carta de Jerónimo su discípulo romano Pamaquio: «Si, según las palabras de otro apóstol, hay que orar sin cesar, nunca, pues, debo servir a mi esposa, para que en ningún momento me impida la oración en la que siempre se me ordena insistir» (cf. PL 93, 55).
José Miguel Arráiz realiza una inapelable exposición sistemática sobre San Agustín y la sexualidad conyugal, mostrando cómo el Santo de Hipona trató también sobre la concupiscencia en el matrimonio, que para él era “aquella desobediencia de la carne” por la que la voluntad humana “ha perdido hasta el imperio que le es propio sobre sus propios miembros: aquel apetito carnal que obliga al hombre a buscar sensaciones, por el placer que proporcionan, tanto cuando el espíritu consiente a ello como cuando se opone”.
Arráiz considera que seguramente pocos se habrían enfrentado a San Agustín si se hubiese contentado con poner como ejemplos de la concupiscencia los fenómenos de la fornicación o del adulterio. Pero él está hablando de la concupiscencia dentro del matrimonio mismo, en el ejercicio de las relaciones conyugales. Una de las idease que repite a menudo es que, incluso en el uso lícito del matrimonio, un mal está presente, un mal que los cónyuges castos emplean bien.
Se ha acusado a Agustín de maniqueo a raíz de ciertas afirmaciones que son corregidas por Santo Tomás de Aquino, quien enseña claramente que la concupiscencia permanece en nosotros como un defecto (´poena´) que acompaña nuestro estado caído, y no como una falta moral (´culpa´). Por ello, la virtud de la castidad conyugal redime el desorden de la concupiscencia que en nuestro estado caído acompaña al bien del matrimonio.
En palabras de José Miguel Arráiz, “lo que la castidad conyugal significa para Agustín se desprende de sus comentarios en torno al relato – del libro del Génesis – que nos narra el comportamiento de Adán y Eva antes y después de la caída. Antes, estaban desnudos y, sin embargo, no sintieron vergüenza (Gen 2, 25). En aquel estado de naturaleza íntegra, Adán y Eva no experimentaron nada desordenado – ningún elemento de egoísmo – en la atracción conyugal entre ellos. “Si ningún pecado hubiera precedido – dice San Agustín – el hombre habría sido engendrado por los órganos de generación, no menos obedientes que los demás miembros a una voluntad tranquila y ordenada”. San Agustín subraya la reacción de nuestros primeros padres cuando, después de pecar, descubrieron que el deseo sexual parecía haberse desgajado de la conyugalidad: la vergüenza les hizo cubrir sus miembros: pese a que fuesen marido y mujer y se encontrasen solos, fue en su relación mutua en que la vergüenza se hizo presente. Había aparecido un elemento nuevo que amenazaba la pureza que habían experimentado en su relación original. Como efecto de la concupiscencia, el hombre y la mujer se quedan demasiado absorbidos por los aspectos físicos de la sexualidad y por su atracción exterior, resultando entonces más difícil alcanzar, “ver” y comprender el sentido interior, la verdadera sustancia y auténtico valor de las diferencias y de la complementariedad sexuales.
En la reacción de Adán y Eva se descubre la “pudicita conjugalis”: una cierta modestia o reserva entre marido y mujer nacida de su vigilancia ante aquello que no honra el misterio de su recíproca sexualidad y no actúa conforme a las leyes que su razón descubre en ella; una tendencia que es tentación de usar, y no respetar, al otro. Adán y Eva dan un primer ejemplo de la castidad conyugal, tomando precauciones para preservar su mutuo amor del egoísmo de aquel instinto “que no obedece con prontitud a la voluntad ni siquiera de los cónyuges castos”.
En una columna publicada en un portal católico en el año 2022, el fallecido sacerdote Pedro Trevijano se hacía eco del mismo tema de la sexualidad conyugal en San Agustín de una manera que evidenciaba los cambios en la Iglesia que rompían con su bimilenaria tradición al respecto de este tema en las últimas décadas: el P. Trevijano remarcaba que San Agustín, “con respecto al acto conyugal, tiene una concepción severa (…); da al sexo una tonalidad pesimista, pues sólo encuentra sentido en la finalidad procreadora (…). Hoy en día se considera perfectamente lícito el acto sexual bien hecho, incluso por placer, siempre, naturalmente, que no haya abuso (…). Tampoco llega a descubrir que el significado intrínseco del acto sexual es encarnar el amor conyugal, permaneciendo por tanto con una concepción pobre y excesivamente biológica de este acto, lo que originará una moral sexual demasiado rígida y negativa”.
Por lo tanto, nada más y nada menos que la Palabra de Dios refuta la “tesis” de Borrell. También lo hacen, entre otros, San Jerónimo y San Agustín, dos de los cuatro padres de la Iglesia latina, afirman exactamente lo opuesto a lo que argumenta el influencer Borrell. También afirma lo opuesto al influencer el Dr. Peter Kwasniewski, coetáneo suyo. ¿Cómo es posible? En primer lugar, se debe a que los dos Padres transmiten lo que han leído en la Revelación y la Tradición, mientras que el influencer inventa, quiere ser chistoso y habla sólo a partir de su propia experiencia. En segundo lugar, porque está claro que la Iglesia ha cambiado el enfoque de las relaciones conyugales desde mediados del siglo XX, como muestran las palabras del P. Trevijano y ya comentamos en la serie de textos sobre la moral sexual y la Teología del Cuerpo.
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