León XIV interviene en la cumbre climática de Viena y reclama un nuevo modelo económico global

León XIV interviene en la cumbre climática de Viena y reclama un nuevo modelo económico global

El papa León XIV participó este martes mediante videomensaje en la décima edición del Austrian World Summit, la cumbre internacional sobre sostenibilidad y cambio climático celebrada en Viena. En su intervención, el Pontífice defendió la necesidad de impulsar una «transición justa» hacia modelos económicos orientados al bien común, reclamó un mayor apoyo financiero a los países más pobres y pidió reforzar la cooperación internacional para afrontar los desafíos medioambientales.

El mensaje fue dirigido a los participantes reunidos en el Palacio Hofburg de la capital austríaca, donde el Papa vinculó la crisis climática con problemas económicos y sociales más amplios, una idea que ya había desarrollado en su encíclica Magnifica Humanitas.

Uno de los aspectos más destacados de la intervención fue su llamamiento a los países más desarrollados para que aumenten el apoyo financiero a las naciones más pobres y vulnerables.

León XIV reclamó además una «transición justa» hacia modelos económicos orientados al bien común y propuso avanzar hacia un marco financiero internacional que permita a los países menos desarrollados afrontar tanto los desafíos económicos como las consecuencias de los desastres naturales.

El Papa subrayó también la contribución que las religiones pueden ofrecer en el cuidado de la creación y recordó que para los creyentes el mundo es un don de Dios que debe ser protegido.

Asimismo, insistió en que las respuestas a la crisis ecológica deben situar siempre en el centro la dignidad humana y las necesidades de las personas más vulnerables.

Mensaje completo de León XIV:

Me complace saludar a todos ustedes que participan en la Décima Cumbre Mundial Austríaca (Austrian World Summit). La sostenibilidad, la ecología integral y el cuidado de la creación han sido motivo de preocupación durante muchas décadas. La Iglesia siempre ha sido consciente de que la cuestión ecológica tiene una dimensión moral. De hecho, la crisis ambiental «no es una cuestión aislada, sino más bien el aspecto ecológico de la crisis socioeconómica contemporánea» (Magnifica Humanitas, 43).

En sus esfuerzos por responder a la crisis actual, quisiera animarlos a mantener presente este contexto más amplio y proponerles tres temas, basados en las virtudes cristianas de la fe, la esperanza y la caridad, que confío puedan ayudar al trabajo de esta cumbre.

Permítanme comenzar con la fe. Aunque para algunos la fe pueda parecer que tiene poco que aportar a las cuestiones del cambio climático y la protección del medio ambiente, la dimensión religiosa es, en realidad, esencial para abordar adecuadamente estos problemas. Quienes creen que nuestro mundo fue creado por Dios y que es intrínsecamente bueno están llamados a asumir una responsabilidad aún mayor en el cuidado de la creación, ya que así lo exige su fe. «Vivir nuestra vocación de ser protectores de la obra de Dios es esencial para una vida virtuosa; no es un aspecto opcional ni secundario de nuestra experiencia cristiana» (Papa Francisco, Laudato si’, 217).

Además, creyentes de muchas tradiciones entienden la «creación» como un don divino. Del mismo modo, diversas religiones sostienen que la vida es sagrada y, por tanto, debe ser respetada. Podemos decir, entonces, que la fe religiosa refuerza el deseo común de proteger la vida y cuidar la naturaleza.

Esta perspectiva subraya los profundos fundamentos éticos a los que llamé la atención en mi reciente carta encíclica Magnifica Humanitas: la igual dignidad de todos los seres humanos y el valor de los derechos humanos fundamentales, ambos garantizados adecuadamente mediante la correcta aplicación de los principios del bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social (cf. Magnifica Humanitas, 51-81). Estos principios deben «considerarse conjuntamente, para que resulte evidente cómo se relacionan y se complementan mutuamente» (ibíd., 46).

Estas cuestiones personales y sociales fundamentales están íntimamente relacionadas con la crisis climática, que, como he señalado, constituye una manifestación —y una manifestación crítica— de la crisis socioeconómica más amplia. De hecho, mientras no se afronten estas cuestiones, ninguna solución técnica destinada a proteger el medio ambiente tendrá posibilidades reales de alcanzar el resultado deseado.

Desde esta perspectiva, debemos prestar una atención particular a los más pobres y a quienes son más vulnerables a la degradación ambiental. Quisiera animarlos a mantenerlos siempre en primer plano al evaluar, planificar e implementar posibles proyectos.

Esto me lleva al segundo tema: la esperanza. Debido a la naturaleza global de los desafíos que enfrentamos, es evidente que muchas personas viven con preocupación. Existe, en efecto, una conciencia cada vez mayor de que la paz está amenazada por la falta de respeto a la creación, el saqueo de los recursos naturales y el progresivo deterioro de la calidad de vida provocado por el cambio climático. Estos desafíos requieren cooperación internacional, junto con un multilateralismo cohesionado y orientado al futuro, para encontrar soluciones eficaces.

Sin embargo, con frecuencia, en las deliberaciones y negociaciones sobre estas cuestiones surgen diversos temores: miedo a cambiar de rumbo, miedo a perder poder y miedo a resultados inciertos. Solo superando estos temores podremos trabajar juntos para encontrar las soluciones adecuadas.

Creo que es precisamente aquí donde los líderes y las comunidades religiosas pueden ofrecer una contribución especial al apoyo de iniciativas sociales y ambientales ambiciosas, porque la Biblia está llena de ejemplos de cómo los miedos humanos pueden ser vencidos por la esperanza, que en última instancia es un don de Dios.

Desde esta perspectiva, pese a los escépticos o a los cínicos, la esperanza puede ser una poderosa fuerza impulsora. En este sentido, no solo es deseable, sino también verdaderamente posible, que los avances logrados en la COP30 den paso a una transición justa hacia sociedades en las que el bien común prevalezca sobre el beneficio económico y donde los modelos económicos estén arraigados en la solidaridad y la dignidad humana.

Sin embargo, esto exige que los países más ricos cumplan sus obligaciones de apoyar financieramente a los países más pobres. También necesitamos el desarrollo de un nuevo marco financiero internacional centrado en la persona, que garantice que todos los países —especialmente los más pobres y aquellos más vulnerables a las catástrofes climáticas— puedan alcanzar plenamente su potencial, respetando siempre la dignidad de sus ciudadanos (cf. Mensaje a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, COP30, 7 de noviembre de 2025).

Por último, llego al tema de la caridad. Quisiera subrayar la importancia de cultivar una auténtica cultura del cuidado de nuestro entorno, que incluya lo que el Papa Francisco llamó «amor cívico y político» (cf. Laudato si’, 228-232).

Este amor es la clave del desarrollo auténtico, porque «para hacer la sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social —en el ámbito político, económico y cultural— convirtiéndolo en la norma constante y suprema de toda actividad. (…) En este marco, junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos impulsa a diseñar estrategias más amplias para detener la degradación ambiental y promover una “cultura del cuidado” que impregne toda la sociedad» (Laudato si’, 231).

Espero que sus deliberaciones promuevan esta cultura del cuidado y contribuyan así a la civilización del amor.

Queridos amigos, con estas reflexiones centradas en la fe, la esperanza y la caridad, rezo para que esta cumbre sea fructífera en la promoción del tan necesario diálogo para encontrar soluciones eficaces que protejan el maravilloso don de la creación. E invoco de buen grado sobre todos ustedes los dones de sabiduría y paz que vienen de Dios.

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