El arzobispo de Santiago de Chile, cardenal Fernando Chomali, ha dirigido una extensa carta pastoral a las familias de su archidiócesis en la que analiza algunos de los principales desafíos que afronta actualmente la institución familiar. Bajo el título La familia, camino de esperanza, el prelado aborda cuestiones como el descenso de la natalidad, el aumento de los divorcios, la fragilidad de los vínculos familiares, la precariedad económica y la pérdida de sentido que afecta a numerosos jóvenes.
En el documento, Chomali advierte de que Chile atraviesa un «invierno demográfico» y sostiene que la crisis familiar no puede explicarse únicamente por factores económicos, sino también por cambios culturales y antropológicos más profundos. Al mismo tiempo, propone diversas iniciativas pastorales y sociales orientadas a fortalecer el matrimonio, favorecer la natalidad, reconstruir redes de apoyo y acompañar a quienes atraviesan situaciones familiares complejas.
A continuación, reproducimos íntegramente la carta del cardenal Fernando Chomali.
Carta a las familias de la Arquidiócesis de Santiago: «La familia, camino de esperanza»
Queridas familias de la Arquidiócesis de Santiago:
Con afecto y gratitud por sus vidas y sus familias, me dirijo a ustedes para compartir una mirada sobre una realidad que nos duele y, al mismo tiempo, nos interpela a recuperar la esperanza. Vivimos un tiempo en que las relaciones familiares enfrentan exigencias crecientes, haciendo que la vida se torne más desafiante; los vínculos, más frágiles; el cuidado, más solitario; el futuro, más incierto.
Sin embargo, no podemos perder de vista que la familia es un don. Detrás de esta afirmación hay una convicción profunda: la familia es don de Dios, porque nace de su voluntad. Por eso, cuando el amor conyugal se comprende como sacramento, deja de ser un simple “sentimiento” y se transforma en camino y vocación, cuyo modelo de entrega es Jesucristo. Desde esa convicción me atrevo a llamarlos a no tener miedo y a seguir trabajando por el cuidado y la promoción de la familia.
Les pido, entonces, que no sólo lean esta carta, sino que la reflexionen y la compartan. Es fruto de un largo camino de discernimiento de muchas personas de buena voluntad y, hoy más que nunca, necesitamos iluminar la sociedad con el Evangelio de Jesucristo. Como dice el Papa León en su encíclica Magnifica Humanitas, la Iglesia “no puede considerarse ajena a las fuerzas que modelan la sociedad. Al contrario, la Iglesia participa activamente en los procesos mediante los cuales la sociedad crece y se organiza, y ofrece su contribución a la creación de una sociedad más justa y fraterna.” (MH 19)
Algunas preocupaciones actuales
Entre las inquietudes que hoy nos urgen, quiero destacar que estamos atravesando un “invierno demográfico”. En 2025, Chile registró una tasa de natalidad inferior a 0.97%.
A ello se suma la disolución de los vínculos: Chile lidera las tasas de divorcio en Latinoamérica, con cifras que indican que cerca de 59 de cada 100 matrimonios terminan en disolución. Crecen también los hogares unipersonales, que ya alcanzan aproximadamente el 22% de la población.
Por otra parte, para muchas personas los hijos se perciben como una carga. Es una sensación generalizada que surge porque la estabilidad es precaria y el salario no alcanza, cuando faltan políticas eficaces de protección y conciliación, y cuando el cuidado recae sobre pocos hombros.
Pero no estamos sólo ante datos, detrás de cada cifra hay historias de proyectos truncados o postergados, de decisiones difíciles y de preguntas que se transforman en angustia.
La tentación de nuestro tiempo es interpretarlo todo desde el miedo. Miedo a no tener vivienda o a no poder sostener los estudios de los hijos. Miedo al fracaso y al conflicto. Miedo a la soledad y al envejecimiento. Cuando el corazón vive gobernado por el temor, cualquier proyecto de vida se convierte en una amenaza. Por ello, tantos jóvenes que han soñado con casarse y formar una familia se sienten hoy inseguros e incapaces de lograrlo. Les da miedo. La frustración es grande para ellos y, para nosotros los mayores, supone también un fracaso compartido.
Con todo, nuestra fe nos interpela a ir más allá del diagnóstico. Nos llama a discernir qué está pasando en el interior de las personas y en la cultura, y también a colaborar con las autoridades, incentivándolas a promover políticas públicas inspiradas en una antropología cristiana que favorezca el vínculo matrimonial y la natalidad. Nos mueve el convencimiento que es una hermosa vocación y fuente de mucha esperanza.
La familia, camino de esperanza para revertir la crisis
¡Hay esperanza! La familia es el corazón de la vida social, pues cada familia es reflejo del amor de Dios. Junto a la realidad doliente que acabamos de describir, hay miles de familias que, como ustedes, sostienen con su esfuerzo cotidiano –en la casa, en el trabajo, en la educación de los hijos y en el cuidado de los mayores– una obra que no se mide con datos estadísticos. Ustedes dan testimonio del amor de Dios. En ustedes, en sus alegrías y en sus luchas cotidianas, la Iglesia descubre un camino privilegiado para encontrar a Jesús, que nos ama y quiere siempre nuestro bien. Dice el Papa León XIV en su reciente encíclica: “En esa misma experiencia seguimos siendo capaces de intuir una fraternidad mayor que nosotros mismos y de percibir la injusticia como un escándalo. La cultura y el arte auténticos preservan esa chispa, resistiendo la normalización del mal.” Encíclica Magnifica Humanitas (MH 122)
La Iglesia se propone analizar y profundizar en los desafíos que envuelven la vida familiar, no para reducir la crisis a un único factor, sino para reflexionar sobre ella en toda su complejidad. Se evidencia una trama compleja en la que se entrecruzan condiciones materiales, heridas afectivas, aislamiento social y pérdida de sentido, junto a un materialismo e individualismo que han permeado a la sociedad entera.
Propongo detenernos en cuatro factores:
1. La fragilidad de los vínculos
La fragilidad puede asociarse a lo que se ha llamado “cultura del descarte”. En ella, el amor se entiende como un acuerdo temporal que debe “funcionar” para ser valioso. Si aparecen el cansancio, el dolor, el desacuerdo o la herida, se busca un reemplazo en lugar de la reparación y la reconciliación. El matrimonio sacramental –y el amor verdadero– en cambio, se sostienen por la gracia: los esposos, unidos a Jesucristo, pueden cultivar la fidelidad, el perdón y la donación mutua. Es una verdadera escuela de amor, en la que cada día se opta por amar al otro. Recomiendo vivamente acercarse y encantarse con la visión cristiana de la familia, fuente inagotable de felicidad y alegría.
2. La pérdida de redes
Esta dimensión va de la mano con la fragilidad de los vínculos. En otros tiempos, la crianza y el cuidado se vivían con el apoyo de abuelos, tíos, primos y vecinos. Hoy, en cambio, muchas familias están solas. Se ha reducido el acompañamiento cotidiano y, con ello, aparece el aislamiento: la maternidad y la paternidad se experimentan como una responsabilidad estrictamente individual. Y cuando faltan redes, también faltan oportunidades de aprendizaje: se corrige tarde, se pide ayuda tarde, se quiebra el diálogo y los problemas se agudizan.
3. La precariedad material
Cuando el costo de la vida supera el salario o el empleo es inestable, cuando la vivienda es un sueño inalcanzable, el proyecto familiar se vuelve frágil. Para hacer familia se requieren mínimos indispensables: estabilidad, dedicación de tiempo, descanso y una calidad de vida digna. Si falta todo eso, no es extraño que el futuro parezca inviable. La precariedad no sólo frena la decisión de tener hijos; también agota la paciencia, endurece el diálogo y vuelve el hogar un lugar de tensión permanente.
4. La pérdida de sentido
La causa más profunda de esta crisis supera con creces lo económico: es existencial. Muchos jóvenes no desean tener hijos por un vacío interior, por la ausencia de horizontes compartidos, por la impresión de que el compromiso definitivo no ofrece futuro. Si la vida se entiende sólo como consumo de experiencias, el “para qué” de la entrega se desvanece. Sin sentido, todo se vuelve provisional y ningún esfuerzo o sacrificio parece valer la pena, menos aún, la construcción paciente de una familia.
Una hoja de ruta para recuperar el amor
En este escenario, la pregunta pastoral es inevitable: ¿qué podemos hacer como Iglesia? ¿Qué pueden hacer las familias? ¿Qué debe hacer la sociedad? La respuesta cristiana no se queda en el discurso y antes de, es importante considerar:
1. Renovar la preparación matrimonial: del trámite al acompañamiento
No se trata de aumentar formalidades, sino de cambiar el estilo: pasar de un enfoque meramente burocrático a un acompañamiento real. Las parejas necesitan espacios donde puedan aprender a comunicarse y a comprender el matrimonio como sacramento, vocación y entrega, cuyo modelo es la entrega de Cristo en la cruz. Necesitan ejercitar modos sanos de resolver los conflictos y aprender que la promesa del “para siempre”, además del esfuerzo y la voluntad, requiere una gracia que los esposos cultivan unidos al Señor.
Preparar no es sólo informar: es enseñar a construir la casa sobre roca, sobre cimientos firmes y duraderos, dando testimonio de que las crisis son también fuentes de oportunidad y de nuevo crecimiento. Cuando el amor se vuelve insípido, los esposos deben unirse a Jesús para que el agua sea transformada en vino y continúe la fiesta del amor. Quien llega al matrimonio sin herramientas suele descubrir la primera crisis como una sorpresa y, sin saber enfrentarla, se desilusiona fácilmente y termina alejándose o abandonando. En cambio, cuando se prepara con amor y seriedad, las dificultades dejan de ser un abismo insalvable y se convierten en momentos de aprendizaje. Recordemos las palabras de Jesús –“sin mí nada pueden hacer”–: ahí se nos revela el estrecho vínculo que existe entre el matrimonio y el Señor.
2. Promover la corresponsabilidad
La familia tal como dice el Papa León en Magnifica Humanitas “es un bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad” (MH 165). Por ello requiere el ejercicio compartido de la paternidad y la maternidad. Cuando el cuidado queda sólo en manos de uno de los cónyuges (habitualmente la mujer), el desgaste y la frustración se acumulan, y el hogar se quiebra más fácilmente. La corresponsabilidad es un acto de justicia y de dignidad: es amor hecho tiempo, presencia y ternura.
Por eso, necesitamos formar varones capaces de acompañar; varones que no se ausenten emocionalmente, que participen en la crianza y se involucren en lo cotidiano. La paternidad responsable no debe reducirse a lo material: también es estar, escuchar, sostener, pedir perdón cuando corresponde y aprender a cuidar.
3. Reconstruir redes y fomentar la solidaridad intergeneracional
Al perderse la familia extensa, la Iglesia, como familia y pueblo de Dios, está llamada a ocupar ese lugar y a ser escuela de apoyo: una “familia ampliada” entre hijos del mismo Padre. Una familia que se aproxima a los jóvenes conecta a familias con adultos mayores y crea puentes reales.
Por su parte, la parroquia está llamada a ser más que un lugar de celebraciones: su vocación es ser un espacio de acompañamiento, donde alguien cuide, escuche, oriente o ayude en momentos de necesidad, inspirado por Cristo, el Maestro. Pueden crearse encuentros para madres y padres, redes de apoyo a la crianza y talleres donde la experiencia de los matrimonios más maduros sostenga a los recién iniciados.
4. Acoger con misericordia a quienes atraviesan situaciones complejas
Pensamos en las familias monoparentales, en las personas separadas o divorciadas que buscan recomenzar y, en general, en todos aquellos que se sienten fuera del modelo de familia tradicional. Allí la misericordia consistirá en mostrar la paternidad de Dios que nunca abandona. El encuentro verdadero con Cristo sana las heridas, hace posible la conversión y permite caminar en la verdad. Por eso, la acogida debe ir unida al acompañamiento en un camino de reintegración y esperanza.
5. Crear las condiciones para vivir la vocación familiar
La Iglesia no puede limitarse a consolar; debe también iluminar, fortalecer y formar, porque es parte de su misión predicar el Evangelio a tiempo y a destiempo y dar razón de nuestra esperanza. Y la familia es una buena noticia, una gran noticia para todos.
Si la familia es un bien social, la sociedad debe protegerla con políticas concretas: vivienda, trabajo digno, conciliación, apoyo a la crianza y medidas que reduzcan la precariedad que hoy frena tantos proyectos. También debemos hacernos cargo de aquellas políticas y subsidios que, lejos de promover la familia, terminan debilitándola. Aquí hay una responsabilidad común: autoridades, empresas, instituciones y comunidades están llamadas a mirar a la familia como fundamento del futuro. Como decía san Juan Pablo II, en la familia se juega el destino de la humanidad; el mejor servicio que podemos prestar es anunciar su belleza y, sobre todo, su fecundidad para el país.
En este punto, cobra especial relevancia las palabras del Papa sobre Inteligencia Artificial y cómo pueden afectar a la familia, las nuevas tecnologías que implican cambios en el sistema laboral, educativo y social: “La familia es, sin embargo, un bien social frágil, que se ve afectado de forma inmediata por las transformaciones económicas y tecnológicas que están cambiando el mundo laboral, y que requiere apoyo cultural, jurídico y económico (…) Sostener a las familias y a los jóvenes en esta transición requiere medidas que hagan posible la estabilidad”. (MG 166, 167)
Invitación final
Al comienzo de esta carta los invité a no tener miedo. Eso no significa negar las dificultades, sino confiar en que el amor es más fuerte y es capaz de atravesar las tormentas. La Iglesia no promete un camino sin dolor: promete un camino con sentido. Un matrimonio no se rompe sólo por un conflicto, se rompe cuando se pierde la esperanza. Por eso, el amor conyugal, aun cuando esté herido, puede reconstruirse. La gracia no elimina el esfuerzo humano, pero lo sostiene y lo perfecciona. Lo dice san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).
Para concluir, quisiera proponerles –con mucho respeto– algunas acciones concretas:
- Fortalezcan la comunicación como principal herramienta para la vida en común. No esperen a que el dolor se acumule. Conversen sobre todos los temas, muy especialmente con los jóvenes, sobre sus expectativas y temores. El diálogo anticipado es medicina. Esa comunicación será fecunda en la medida en que esté sostenida por la oración asidua, la misa dominical y la vida comunitaria.
- Busquen acompañamiento. Nadie está llamado a solucionar todo en soledad. Un curso de preparación, un equipo de pastoral, un grupo de familias o una escucha fraterna pueden cambiar el rumbo.
- Protejan el vínculo con hechos. La fidelidad no es solo una idea: es tiempo de calidad, cuidado, pedir perdón y aprender a perdonar. Como católicos estamos llamados a dar testimonio y a ser ejemplos vivos para nuestros hermanos. Ello exige mayor profundidad espiritual, que comienza por reconocer en el matrimonio un llamado de Dios, y no un hecho meramente sociológico o psicológico.
- Construyan redes. Si no hay familia extensa a la cual acudir, créenla. Participen en sus parroquias, inviten a las personas mayores de su entorno, conecten con vecinos, abran su casa a la comunidad cuando sea posible. Una red no surge por casualidad, se construye con paciencia.
- Recuperen el sentido de la vida como don. Pregúntense por el “para qué” de lo que emprendan. Tener hijos no es sólo un acto biológico: es abrir futuro y entregar esperanza. Es, además, un mandato del mismo Dios, que pide ser fecundos y multiplicarnos.
- Enfrenten la precariedad con dignidad. No se trata de negar la realidad económica, sino de buscar soluciones, redes de apoyo, alianzas comunitarias, asesorías y acompañamiento en tiempos difíciles.
- Déjense acompañar en sus heridas. A aquellas familias que contrajeron matrimonio por la Iglesia y que, después de haberlo intentado, por distintas razones no lograron continuar, los animo a dejarse acompañar por la Iglesia y sus pastores, a fin de sanar las heridas y buscar caminos de reparación espiritual en verdad y justicia.
Encomendándolos a la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, renuevo mi cercanía pastoral y el compromiso de la Iglesia de Santiago para acompañarlos con misericordia, verdad y esperanza.
Con gratitud y esperanza, los bendigo.
Card. Fernando Chomali G.
Arzobispo de Santiago de Chile
Junio 2026