Eloy Santiago, obispo de Tenerife: «No quiero oír la palabra remigración, porque es señal de que la humanidad ha fracasado»

Eloy Santiago, obispo de Tenerife: «No quiero oír la palabra remigración, porque es señal de que la humanidad ha fracasado»

La entrevista concedida por el obispo de Tenerife, monseñor Eloy Santiago, a los medios vaticanos tras la visita de León XIV a Canarias constituye uno de los posicionamientos episcopales más explícitos de los últimos meses sobre la cuestión migratoria.

A lo largo de la conversación, el prelado no sólo realiza una valoración positiva del viaje apostólico, sino que aprovecha para defender una determinada visión de la inmigración y para cargar contra algunas posiciones políticas que considera incompatibles con la dignidad humana.

El obispo comienza describiendo la visita papal como «un momento de gracia y de bendición» que, según afirma, fue vivido incluso por personas alejadas de la fe católica. «El Papa es visto como un referente internacional que está a favor de la paz y de la dignidad humana», sostiene.

Sin embargo, el núcleo de la entrevista se centra en la inmigración. Santiago elogia especialmente el llamamiento del Papa a la conversión de los traficantes de personas. «Espero que llegue al corazón de estas personas que son capaces de aprovecharse de la vulnerabilidad de los demás para sacar beneficio», afirma.

Y añade: «Cuántas vidas se pierden a causa de estos intereses económicos que lucran con el sufrimiento ajeno. Cuántas personas son tratadas como objetos y no como personas».

El obispo también se detiene en la realidad del centro de acogida de Las Raíces, en Tenerife, donde León XIV mantuvo un encuentro con migrantes. Lejos de considerar estas instalaciones una solución, expresa un deseo que llama la atención por su alcance: «Espero que desaparezca, que ya no sea necesario».

Según explica, la razón es que aspira a un modelo en el que los países estén abiertos a una acogida regular de los migrantes, evitando así la existencia de grandes centros de internamiento o acogida temporal.

«Estas islas se han convertido en una especie de jaula para ellos. No es normal», afirma. Y añade una reflexión que resume buena parte de su planteamiento: «Si uno mira sus rostros, el corazón humano no puede establecer diferencias y todos los discursos ideológicos se caen por sí solos».

La crítica política aparece de forma aún más explícita cuando se le pregunta por las ONG que rescatan inmigrantes en el Mediterráneo y por las voces que cuestionan su actuación: «Me cuesta aceptar la actitud de algunos políticos que muestran no tener sentimientos de compasión hacia las personas que sufren. No los entiendo en absoluto», responde.

Para el obispo, el problema migratorio exige una respuesta mundial y considera imprescindible «seguir hablando y seguir dando voz a los migrantes».

Cuando se le pregunta directamente por la remigración. La respuesta es inmediata y categórica: «No quiero oír esa palabra porque es señal de que la humanidad ha fracasado».

La frase concentra buena parte del debate que hoy existe en Europa sobre la inmigración. El problema es que el obispo no desarrolla qué entiende exactamente por remigración ni distingue entre situaciones muy diferentes entre sí.No aclara si se refiere a expulsiones de inmigrantes ilegales, a devoluciones acordadas por los Estados, a retornos voluntarios o a propuestas políticas más amplias. Simplemente rechaza el término en bloque.

Inmediatamente después sostiene que «el derecho a emigrar con seguridad debe estar garantizado» y añade que muchas migraciones son forzadas: «Hay que hacer todo lo posible para que las personas no se vean obligadas a huir, pero una vez que han partido no pueden volver atrás. Deben poder vivir dignamente», afirma.

Esta última afirmación es probablemente una de las más discutibles de toda la entrevista. Si se interpreta literalmente, parece sugerir que una vez iniciada la migración el retorno deja de ser una opción legal y legítima.

Sin embargo, la entrevista no explica cómo encaja esa idea con la existencia de legislaciones nacionales sobre inmigración, con los procedimientos de devolución previstos por los ordenamientos jurídicos o con el derecho de los Estados a controlar sus fronteras. De hecho, llama la atención que durante toda la conversación apenas aparezcan referencias al bien común de las sociedades receptoras, a los límites de capacidad de acogida, a la integración cultural o a las obligaciones que también corresponden a quienes emigran.

Nada de ello resta valor a los recordatorios sobre la dignidad de toda persona o sobre la obligación moral de combatir a las mafias que trafican con seres humanos. Sin embargo, la entrevista refleja una visión muy concreta del fenómeno migratorio, en la que determinadas posiciones políticas parecen quedar automáticamente identificadas con la falta de humanidad, mientras otras aparecen implícitamente revestidas de una superioridad moral que no siempre resulta evidente.

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