El obispo de Ávila prohíbe a unos peregrinos de Estados Unidos celebrar la Misa tradicional: “Esa Misa está prohibida en esta diócesis”

El obispo de Ávila prohíbe a unos peregrinos de Estados Unidos celebrar la Misa tradicional: “Esa Misa está prohibida en esta diócesis”

Un grupo de peregrinos procedentes de Estados Unidos no pudo celebrar la Misa tradicional en Ávila después de que, según ha denunciado públicamente el sacerdote João Silveira, el Obispado negara la autorización para hacerlo en una capilla previamente reservada.

El sacerdote, que acompañaba al grupo como capellán, explicó que los peregrinos suelen asistir a la Misa tradicional y que, por ese motivo, habían querido viajar acompañados por un sacerdote que pudiera celebrar según el rito antiguo. Sin embargo, al tener ya reservada la capilla, se les comunicó que para celebrar esa liturgia era necesaria una autorización expresa del obispo.

Silveira acudió entonces a la curia episcopal para solicitar el permiso. Según su relato, la respuesta no se la dio personalmente el obispo, sino el vicario general, que le transmitió de forma tajante: “Esa Misa está prohibida en esta diócesis”.

El sacerdote se pregunta por qué motivo puede prohibirse una Misa de la Iglesia y con qué autoridad se actúa de ese modo. “¿Prohibida por qué? ¿Y por qué autoridad? ¿Ha sido abrogado este rito?”, plantea en su denuncia pública.

Silveira subraya además la paradoja de que esto haya sucedido precisamente en Ávila. Recuerda que el rito que pretendía celebrar es el mismo utilizado en los conventos de las Carmelitas Descalzas, nacido de la reforma de santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. “El rito fue bueno para aquellos grandes santos, ¿pero ahora es malo para nosotros?”, se pregunta.

Tras la negativa, la Misa terminó celebrándose en una habitación de hotel. El sacerdote cita el canon 932 §1 del Código de Derecho Canónico, que establece que la celebración eucarística debe realizarse en un lugar sagrado, salvo que en un caso particular la necesidad exija otra cosa, y que en ese caso debe celebrarse en un lugar digno.

Para Silveira, la situación fue absurda: no existía necesidad alguna de celebrar en un hotel, porque el grupo estaba rodeado de iglesias y capillas con altares. Esa necesidad, sostiene, fue creada por la propia autoridad diocesana al impedir que la Misa se celebrara en un templo.

El sacerdote lamenta que se obligara a celebrar en un espacio profano cuando existía una capilla disponible. “¿Fue Nuestro Señor más alabado en una habitación de hotel que en una iglesia? ¿Fueron más edificadas las almas de los fieles viendo una mesa servir como altar?”, se pregunta.

Silveira califica este tipo de decisiones como “tiránicas” y “antipastorales”, especialmente cuando proceden de quienes insisten en que todos son bienvenidos en la Iglesia. “Pero no todos lo son. Eso está bastante claro”, afirma.

El sacerdote asegura que ha vivido episodios similares en otras ocasiones, aunque hasta ahora había guardado silencio. Esta vez, sin embargo, considera que era necesario denunciarlo públicamente porque, a su juicio, esta situación no puede convertirse en el estado normal de la Iglesia.

La pregunta de fondo es inevitable. ¿Alguien imagina una reacción similar si se hubiera tratado de un grupo de rito oriental que pidiera celebrar según su propia tradición litúrgica? ¿Alguien consideraría normal que se impidiera a un grupo del Camino Neocatecumenal celebrar conforme a su práctica habitual? Probablemente no. La reacción habría sido inmediata: se hablaría de falta de sensibilidad pastoral, de incomprensión, de rigidez y de desprecio hacia una realidad eclesial reconocida.

Sin embargo, cuando se trata de fieles vinculados a la Misa tradicional, demasiadas veces se acepta como normal lo que en cualquier otro caso sería presentado como un abuso. No se discute aquí una preferencia estética ni una nostalgia cultural. Se trata de un rito de la Iglesia, venerado durante siglos, alimento espiritual de innumerables santos y forma legítima de oración para muchos fieles católicos.

Por eso resulta difícil entender esta saña contra la liturgia tradicional. No se combate un capricho privado, sino una expresión viva de la fe católica. Si la Iglesia acoge la diversidad de ritos, carismas, movimientos y sensibilidades, no hay razón pastoral convincente para tratar a los fieles tradicionales como sospechosos permanentes. La autoridad existe para custodiar la comunión, no para humillar a quienes piden rezar como rezaron generaciones enteras de católicos.

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