El mártir que votó con su sangre: por qué un abogado mexicano de hace cien años describe la España de hoy

El mártir que votó con su sangre: por qué un abogado mexicano de hace cien años describe la España de hoy

El 1 de abril de 1927, en el Cuartel Colorado de Guadalajara, un abogado de treinta y ocho años fue colgado de los pulgares, azotado, acuchillado en las plantas de los pies y rematado a tiros. Le pedían un nombre: el del lugar donde se ocultaba su arzobispo. No lo dio. Anacleto González Flores murió sin delatar a nadie, dejando atrás a su esposa, a dos hijos pequeños y una frase que recorrió México como un reguero de pólvora: «Por la segunda vez tenemos la dicha de poder dar nuestra sangre por el mismo ideal. Yo muero, pero Dios no muere».

Casi un siglo después, esa muerte vuelve a las librerías españolas. Homo Legens acaba de publicar Beato Anacleto González Flores, un volumen que reúne dos voces separadas por generaciones y unidas por una misma convicción. La primera es la del padre Alfredo Sáenz, S. J., el teólogo argentino cuya serie de biografías de figuras de la cristiandad se ha convertido en obra de referencia del pensamiento católico en lengua española. La segunda es la del propio Anacleto: una selección de los artículos periodísticos que escribió y difundió en plena persecución, textos de combate que en su día alcanzaron tiradas clandestinas de cien mil ejemplares y que hoy se leen con un desasosiego difícil de explicar a quien no los ha abierto.

Un laico, no un clérigo

Conviene detenerse en lo que Anacleto no era. No era sacerdote ni obispo. No era un guerrillero de la Cristiada empuñando un fusil en la sierra de Jalisco. Era un abogado formado en la Escuela Libre de Derecho, un orador de raza, un pedagogo, un periodista. Un seglar.

Esa condición laical es la que vuelve incómoda su figura y, a la vez, la más necesaria. Anacleto entendió antes que muchos que la batalla por la fe en la vida pública no podía delegarse en el clero, ni resolverse desde la sacristía. Fundó la Unión Popular de Jalisco, una organización de resistencia civil que llegó a movilizar a decenas de miles de personas, y dirigió el semanario Gladium, su tribuna y su arma. Su método no fue la violencia: fue la palabra organizada, el boicot económico, la objeción de conciencia masiva, la formación intelectual del pueblo creyente. «El Maistro», le llamaban desde sus años de seminarista, cuando un sacerdote reconoció su talento y le abrió las puertas del estudio.

La persecución que lo cercó tenía nombre y firma. Las llamadas leyes Calles —por el presidente Plutarco Elías Calles— llevaron a su extremo el anticlericalismo de la Constitución mexicana de 1917: expulsión de sacerdotes extranjeros, cierre de templos, prohibición del culto público, criminalización de la enseñanza religiosa. El Estado mexicano no se limitó a separarse de la Iglesia; decidió combatirla, y a quienes la sostenían los trató como delincuentes. En ese marco, la pregunta de Anacleto dejó de ser teórica. ¿Qué hace un católico cuando la ley convierte su fe en un crimen? Él respondió con su vida.

El «plebiscito de los mártires»

El corazón intelectual del libro —y lo que justifica recuperar sus artículos y no solo contar su muerte— es un concepto que Anacleto acuñó con la lucidez del que escribe sabiéndose condenado: el plebiscito de los mártires.

La idea es de una sencillez demoledora. Un régimen puede falsificar unas elecciones, comprar votos, amañar recuentos, silenciar prensa. Hay un sufragio, sin embargo, que ningún poder ha logrado nunca adulterar: el del hombre que acepta morir antes que renunciar a lo que cree. La sangre del mártir es un voto que no admite fraude. Cuando millares de creyentes prefieren la cárcel, el exilio o el paredón a la apostasía, han emitido un veredicto que ninguna maquinaria estatal puede revocar.

Anacleto no escribió esto como metáfora consoladora. Lo escribió como diagnóstico político y como programa. Frente a un Estado que pretendía decidir desde arriba qué podía creerse y qué no, opuso la resistencia de la conciencia individual multiplicada por miles. Y lo hizo, además, sin odio a las personas: su combate apuntaba siempre a la apostasía como fenómeno cultural, no a los hombres concretos que la ejecutaban. Es una distinción que cuesta sostener bajo tortura, y que él sostuvo hasta el final.

Por qué ahora, y por qué en España

Aquí es donde el libro deja de ser un ejercicio de memoria histórica y se vuelve, incómodamente, actual.

España no fusila católicos. No cierra sus templos ni encarcela a sus obispos. Sería una falsificación grosera —y un insulto a los mártires reales— sugerir lo contrario. Pero la pregunta de fondo que Anacleto formuló no exige una persecución sangrienta para volverse pertinente. Basta con que el debate público se desplace hacia la convicción de que la fe es un asunto estrictamente privado, tolerable mientras no asome en la plaza, sospechosa en cuanto reclama un lugar en la conversación común. Basta con que un creyente intuya que su fe empieza a ser tratada como una rareza que conviene esconder.

Ahí, en ese terreno, los artículos de Anacleto golpean. Porque él no escribió sobre cómo morir con dignidad —aunque lo hiciera—, sino sobre cómo vivir la fe en público cuando el clima cultural la empuja al margen. Sobre la responsabilidad del laico de no esperar a que otros den la cara. Sobre la formación intelectual como condición de la valentía: no se defiende bien lo que no se conoce a fondo. Sobre la diferencia entre la pusilanimidad que se disfraza de prudencia y la prudencia verdadera, que sabe cuándo callar y cuándo hablar.

Leer hoy a Anacleto es comprobar que no necesitaba conocer nuestra época para describirla. Diagnosticó la apostasía de Occidente —su tibieza, su comodidad, su capacidad de adaptarse a cualquier presión con tal de no incomodar— con una precisión que, un siglo más tarde resulta casi insolente. No porque profetizara el futuro, sino porque entendió que las tentaciones de fondo no cambian: solo cambian sus instrumentos.

La firma de Sáenz

Que sea Alfredo Sáenz quien firme la biografía no es un detalle menor. El jesuita argentino, doctor en Teología por San Anselmo de Roma y autor de más de treinta libros, dedicó buena parte de su obra a recuperar figuras de la cristiandad que la cultura dominante había arrinconado. Su mirada no es la del hagiógrafo ingenuo ni la del historiador frío: combina el rigor documental con la pasión de quien cree que estas vidas tienen algo que enseñar al presente. En manos de Sáenz, Anacleto no es una estampa devocional, sino un pensador que merece ser discutido.

El volumen que ahora llega a España —378 páginas en la Bibliotheca Homo Legens— ofrece así dos lecturas en una. Quien busque la historia de un mártir encontrará una biografía sólida y conmovedora. Quien busque munición intelectual para el presente encontrará, en los artículos del propio Anacleto, una voz que escribe con prosa de combate y convicción de quien ya ha decidido lo que está dispuesto a perder.

Beatificado por Benedicto XVI en 2005 y proclamado patrono de los laicos mexicanos, Anacleto González Flores grita todavía, desde la última página, la consigna que lo llevó al Cuartel Colorado: ¡Viva Cristo Rey! No es un grito de nostalgia. Es, si se lee con honestidad, una pregunta dirigida a cada lector. La misma que él respondió sin titubear.

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