En el problema de la inmigración casi de manera unánime se pone el foco en la situación del inmigrante, pero no se presta tanta atención a los efectos negativos que esa inmigración produce. En algunos casos, violencia de gravedad, como es fácil comprobar en los boletines de noticias prácticamente todos los días.
Bien es verdad que hay un tipo de víctima que ya ha sido asumida al menos parcialmente por todos, incluso también por la Iglesia; el propio Papa la ha reconocido y ha hablado de ella en el viaje apostólico a España. Me estoy refiriendo al propio inmigrante. ¿Y de quién es víctima el inmigrante?
De las mafias del tráfico de personas; de las mafias de la trata (normalmente mujeres); y de ciertos empresarios que se aprovechan de su inmenso poder de negociación.
Pero también de los falsos inmigrantes. En general, los subsaharianos son tipos que vienen huyendo de violencia y de pobreza extrema, pero eso no es así con los presaharianos (magrebíes): ni pasan hambre ni están en guerra. Sencillamente se aprovechan de legislaciones laxas que facilitan rápidamente el acceso a dinero fácil. El mejor ejemplo es el Mena. ¿Y qué sucede? Que al final acaban pagando justos por pecadores.
Pero además hay otras víctimas. En lugar muy destacado se encuentran las mujeres españolas (y también de otros orígenes). Las agresiones sexuales se han multiplicado desde la llegada masiva de inmigración. Los que vienen son sobre todo hombres, y en su mayor parte de países en los que culturalmente la mujer está situada un peldaño por debajo del hombre. Pasa con africanos, asiáticos, pero también entre los que provienen de países americanos cristianos.
Otros que sufren con dureza la inmigración son los jóvenes españoles (y otros con arraigo), especialmente los que viven en zonas de clase media-baja. Por un lado, sufren directamente violencia y tensiones en sus barrios (que se han convertido en territorios de pandilleros), donde se prodigan los robos y las palizas. Por otro lado, acaparan determinadas actividades laborales que realizan por precios y en condiciones que los nacionales no pueden aceptar. En tercer lugar, su presencia ante un mercado limitado de vivienda genera una escasez grave produciendo subidas de precios y efecto expulsión al español. En cuarto lugar, acaparan las ayudas y subvenciones, dejando al español fuera de la red pública (a la que ha contribuido con sus impuestos él y sus ancestros y parientes).
Pero además también es víctima el conjunto de la sociedad. Por un lado, porque tiene que soportar actividades ajenas a su cultura y tradición, con grandes eventos para celebraciones que se perciben invasoras (rezos públicos masivos de Ramadán, matanzas de corderos, etc). Pero, por otro lado, porque -tal como se revelado en varios informes en el norte de Europa, como Dinamarca y Países Bajos- su contribución es negativa, con lo que, aunque a corto plazo dé la impresión contraria, a medio plazo el Estado del Bienestar que tanto ha costado poner en marcha, terminará colapsando.
Por todo ello, sería deseable que en los procesos de escucha que ha puesto en marcha la Iglesia en los últimos tiempos se tenga también en cuenta -muy en cuenta- estas víctimas.