¡SURSUM CORDA, HISPANIA!

León XIV, en España durante la novena del Corazón de Jesús

¡SURSUM CORDA, HISPANIA!

Por: Mons. Alberto José González Chaves

¿Coincidencia o “Diosidencia”?

El de León XIV a España será, ciertamente, un viaje apostólico cuidadosamente organizado, con itinerarios fijados al minuto, encuentros institucionales, celebraciones multitudinarias y discursos llamados a ocupar durante días las portadas de periódicos y noticiarios. Habrá análisis políticos, interpretaciones de cada gesto, comentarios sobre cada palabra, y se intentará medir el éxito de la visita por el número de asistentes o por la repercusión mediática alcanzada. Sin embargo, quienes contemplan la realidad únicamente desde la superficie suelen perderse lo más importante, porque la historia de la Iglesia no se escribe donde apuntan los focos: lo más importante discurre bajo tierra, como esos venas ocultas, silentes y fecundas que durante milenios atraviesan la montaña sin que nadie advierta su trabajo paciente.

Por eso hay que reparar en un dato que posee toda la apariencia de una de esas delicadezas con las que la Providencia acostumbra a firmar sus obras: el Papa llegará a España cuando la Iglesia esté rezando la novena del Sagrado Corazón de Jesús. Y cuando abandone nuestra patria para regresar a Roma, la última bendición que imparta sobre suelo español coincidirá precisamente con la solemnidad litúrgica del Corazón de Cristo.

León XIV no aterriza en un país cuya relación con el Corazón de Jesús sea una nota marginal de su pasado religioso: llega a una tierra donde esa devoción penetró durante siglos en lo más profundo de la vida colectiva; a una nación cuya geografía está sembrada de monumentos al Corazón de Cristo; de parroquias, colegios, instituciones, ayuntamientos y hogares consagrados a Cristo Rey; a un pueblo que durante generaciones aprendió a contemplar la historia, más que desde la política, desde la misteriosa soberanía de aquel Corazón abierto por la lanza y encendido en llamas de amor por los hombres.

El Sucesor de Pedro recorrerá España mientras en miles de iglesias, conventos y hogares, se rezará la novena. Mientras los discursos ocupen los titulares y las cámaras sigan los movimientos del Pontífice, una anciana rezará en silencio ante la imagen del Sagrado Corazón, heredada de sus padres y entronizada en su sala; una comunidad contemplativa ofrecerá sus sacrificios al Corazón de su Esposo por los frutos del viaje; un sacerdote recitará las letanías del Corazón de Jesús ante el sagrario de una parroquia perdida; unos padres la enseñarán a sus hijos; un enfermo unirá sus dolores a las intenciones del Papa, mirando al Divino Corazón, su consuelo y fortaleza. Todo eso no aparecerá en los telediarios crónicas, pero ahí se estará decidiendo lo más importante, porque los grandes cambios nacen en el corazón de los hombres antes de manifestarse en la superficie de la historia. Nadie podrá medir cuántas conversiones silenciosas, cuántas confesiones, reconciliaciones familiares, vocaciones sacerdotales y religiosas, pueden nacer de esta visita. La gracia posee una fecundidad que escapa a las estadísticas y a los análisis sociológicos.

Hoy España padece una amnesia desencantadora: una parte no pequeña de nuestra sociedad contempla su propia tradición cristiana como quien mira un viejo álbum familiar: reconoce los rostros, pero ya no recuerda del todo sus nombres. Las catedrales continúan alzándose en nuestras ciudades; las fiestas religiosas siguen marcando el calendario; los nombres de nuestros santos permanecen grabados en calles y plazas. Pero no muchos saben ya leer el significado profundo de ese legado. Hoy la necesidad más urgente de nuestra patria no es económica ni política: lo que España necesita por encima de todo es volver a escuchar los latidos de su propia alma en su vieja historia de amor con el Corazón de Jesús. Y cuando el Papa llegue a España, muchos estarán hablando de él al Corazón de Cristo.

La Voz escuchada en Valladolid

Hace casi tres siglos, cuando España, una de las grandes naciones de la Cristiandad, comenzaba ya a experimentar algunos de los síntomas de su largo declive histórico, sucedió, con sordina, un hecho destinado a ejercer una influencia inmensa en el alma religiosa de nuestro pueblo. No ocurrió en una corte ni en un parlamento; no estuvo rodeado de poder ni de prestigio, ni lo recogieron las gacetas de la época, ni alteró el curso visible de la política europea. Ocurrió en silencio, como suelen ocurrir las cosas de Dios.

En Valladolid, el jovencísimo jesuita Bernardo de Hoyos ardía en deseos de propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús que comenzaba a extenderse en la Iglesia gracias al impulso de santa Margarita María de Alacoque y de san Claudio de la Colombière. Aquel muchacho recibió lo que él entendió del Corazón de Cristo una promesa, la Gran Promesa: «Reinaré en España y con más veneración que en otras muchas partes». Desde entonces esa promesa acompaña la historia de nuestra nación como una melodía de fondo. Si a veces ha parecido apagarse entre guerras, persecuciones y apostasías, nunca ha desaparecido.

La devoción al Corazón de Jesús se difundió entonces con una rapidez sorprendente: penetró en las órdenes religiosas, en los seminarios, en las universidades, en los colegios, en los cuarteles y en los hogares; surgieron congregaciones, asociaciones y obras apostólicas; las familias comenzaron a entronizar solemnemente la imagen del Corazón de Jesús en sus casas; los pueblos levantaron monumentos; los templos multiplicaron altares y capillas dedicados a aquella advocación. España fue aprendiendo a contemplar el Evangelio desde el costado abierto de Cristo, y quizá sea ésta una de las claves más hermosas de su tradición. Porque el Corazón de Jesús enseñó a generaciones que el cristianismo no es una moral ni una ideología, sino una historia de amor; que la omnipotencia divina se manifiesta bajo la apariencia desconcertante de la misericordia; que la grandeza de Dios consiste, tanto como en su majestad infinita, en su capacidad de conmoverse ante la miseria humana.

Todavía hoy, cuando uno atraviesa ciertos pueblos de España, encuentra imágenes desvaídas por el tiempo, viejas placas de cerámica, monumentos olvidados o fachadas donde puede leerse: «Reinaré en España». Son vestigios de una historia mucho más profunda de lo que algunos imaginan: España, más que de constituciones, leyes o acontecimientos políticos, ha vivido de su esperanza en la Gran Promesa del Corazón de su Rey.

De un rey de rodillas en el Cerro de los Ángeles a una España que no se arrodilla

Aquella corriente espiritual nacida en el silencio de una celda jesuítica encontró su expresión más solemne una luminosa mañana de primavera de 1919. España vivía tiempos complejos: como tantas veces a lo largo de su historia, coexistían en ella energías extraordinarias y profundas tensiones; el siglo XX asomaba cargado de amenazas. En ese contexto, el 30 de mayo de 1919, una inmensa multitud se congregó en el Cerro de los Ángeles. Aquel lugar, situado en el corazón geográfico de la Península, era idóneo para visualizar un propósito de los españoles: colocar a Cristo en el centro de la vida nacional, levantando un gran monumento al Sagrado Corazón. Y allí llegó Alfonso XIII.

La fotografía sigue conmoviendo hoy: un rey joven, una multitud inmensa, los obispos de España, el gobierno en pleno, todos, bajo la imagen majestuosa de Cristo con los brazos abiertos, mostrando franco también su Corazón. El monarca pronunció entonces una fórmula de consagración que todavía hoy conserva una fuerza impresionante, reconociendo públicamente que las personas y las naciones sólo encuentran su verdadera grandeza cuando asumen sobre ellas el reinado del Amor. A nuestra época, autosuficiente y exaltadora del individuo, la escena le resulta provocadora: un rey arrodillado, una nación consagrada, un pueblo que reconoce no ser dueño absoluto de su destino. Mas ahí reside precisamente la actualidad de aquel gesto. Porque durante el siglo transcurrido desde entonces han cambiado casi todas las cosas: han desaparecido regímenes políticos; han caído ideologías que parecían invencibles; han surgido nuevas formas de poder, nuevas corrientes culturales, nuevas maneras de entender la vida. Pero la pregunta fundamental sigue siendo la misma: ¿Sobre qué fundamento quiere construir España su futuro? ¿Sobre el puro interés? ¿Sobre la fuerza de las mayorías cambiantes? ¿Sobre la economía? ¿Sobre la técnica? ¿O sobre una visión del hombre que reconoce su origen y su destino en Dios?

Por eso el Cerro de los Ángeles es mucho más que un monumento: es una pregunta de piedra levantada sobre el corazón de España. ¿Nos la recordará la visita de León XIV, precisamente durante la novena del Sagrado Corazón?

España atraviesa una evidente crisis de confianza en sí misma: la crispación política es asfixiante; el debate público parece incapaz de elevarse por encima de la consigna partidista; la verdad se ahoga en relatos interesados; la familia se debilita; la natalidad se desploma; el individualismo avanza; el vacío espiritual crece bajo el señuelo del bienestar.

Pero sería un error pensar que el problema principal de España es político o económico: esos son síntomas; la enfermedad es más profunda. España padece, como gran parte de Occidente, una crisis de alma. Hemos aprendido a organizar muchas cosas y hemos olvidado para qué existen. Disponemos de medios de comunicación instantánea y, sin embargo, nunca ha resultado tan difícil el encuentro verdadero entre las personas. Multiplicamos los instrumentos para vivir cómodamente y no sabemos responder la pregunta decisiva: ¿para qué vivo? Benedicto XVI habló de una sociedad que se acostumbra a vivir etsi Deus non daretur, como si Dios no existiera. Y cuando una nación vive así, pierde su autoconciencia, porque el hombre sólo se entiende plenamente cuando descubre de dónde viene y hacia dónde camina.

Su Corazón no olvida a España

La Providencia ha querido otra cosa que Pedro llegue a España durante los días del Corazón, y que su última imagen en nuestra patria sea la de un Pontífice levantando la mano para bendecir una nación consagrada hace más de un siglo al Corazón de Cristo. Porque los pueblos, igual que los hombres, pueden alejarse, distraerse, cansarse e incluso olvidar. Pero el Corazón de Jesús no sabe olvidar. Y acaso la gracia más profunda de esta visita consista precisamente en recordarnos que, por encima de nuestras divisiones y heridas, sigue latiendo sobre España el Corazón que prometió reinar en ella con especial veneración. Por eso, mientras León XIV se dispone a recorrer nuestros caminos, tal vez la mejor preparación para recibirlo sea escuchar de nuevo la antigua invitación de la liturgia, la misma que resonó en la Misa de todos los siglos, en la lengua única de la Iglesia: Sursum corda! ¡Arriba los corazones! Porque España no necesita tanto aprender cosas nuevas como volver a levantar la mirada para ver que el Corazón que un día la amó la sigue amando y esperando pacientemente, como el padre del hijo pródigo.

Mañana veremos a León recorrer nuestras ciudades, encontrarse con los fieles, pronunciar discursos y ejercer el ministerio de confirmarnos la fe que Cristo confió a Pedro. Pero la imagen más hermosa de todo el viaje será la del Vicario de Cristo llevando en sus manos, adorante, la Hostia consagrada en la que late verdaderamente el Corazón eucarístico de Jesús. Así señalará al mundo que el centro de la Iglesia no es el Papa. Ni los obispos, las instituciones, sínodos o programas pastorales. El centro es Cristo. Siempre Cristo. Sólo Cristo.

La última bendición que León XIV impartirá sobre España tendrá lugar precisamente en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Todos los discursos, encuentros y celebraciones quedarán resumidos en una realidad: el Corazón de Cristo sigue llamando, esperando, amando a España. Pero cuando el Padre Hoyos escuchó aquella promesa —«Reinaré en España y con más veneración que en otras muchas partes»— no estaba oyendo únicamente una referencia a la España peninsular. España era entonces mucho más que un territorio: era una civilización, una comunidad espiritual de pueblos, una inmensa familia de naciones unidas por una misma fe, una misma lengua y una misma visión cristiana del hombre. Aquella Gran Promesa abrazaba también a la América española, a los pueblos nacidos de la evangelización hispánica, a las innumerables naciones hermanas que conservan todavía, junto a sus propios rasgos nacionales, una profunda herencia espiritual común. Todo el mapa de la Hispanidad, desde California hasta Tierra del Fuego, desde las Antillas hasta Filipinas, ese inmenso mundo hispánico extendido a ambos lados del Atlántico ha estado marcado por la devoción al Corazón de Jesús. Las imágenes del Corazón divino que presiden hogares mexicanos, colombianos, ecuatorianos, peruanos, argentinos, españoles, hablan un mismo lenguaje. Los monumentos al Corazón de Cristo levantados en ciudades y montañas de toda la geografía hispánica son como hitos visibles de una misma memoria espiritual. Por eso la bendición de León XIV no recaerá solamente sobre una nación: alcanzará también a esa gran familia dispersa que llamamos Hispanidad. A todos esos pueblos que conservan una raíz común nacida de la Cruz de Cristo y del Evangelio anunciado por España.

Pedro llegará durante la novena. Acompañará al Señor Sacramentado en la solemnidad del Corpus Christi. Y se despedirá de España el día del Corazón de Jesús, el Corazón traspasado que reina desde la Cruz y sigue buscando un lugar en el corazón de los hombres. Y todo ello bajo la mirada maternal de María. Si el Padre Hoyos escuchó la promesa del reinado del Corazón de Cristo sobre España, los pastorcitos de Fátima escucharon otra promesa destinada a sostener la esperanza de la Iglesia en tiempos todavía más oscuros: «Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará». No son dos mensajes distintos: son dos latidos del mismo designio divino. Porque el triunfo del Corazón de María no consiste sino en conducir a los hombres al reinado de Jesucristo, que no es metáfora piadosa ni nostalgia histórica: es la aspiración permanente de la Iglesia a que Cristo reine realmente en las almas, en las familias, en la educación, en la cultura, en las instituciones, en las leyes y en la vida de los pueblos. Que reine sobre los individuos y sobre las naciones; en lo íntimo de las conciencias y en las estructuras visibles de la sociedad. Que reine en la tierra para conducirnos a Su Reino eterno.

Una nación de santos, fundadores, mártires y misioneros; que escucha el eco de la Gran Promesa hecha al Padre Hoyos y mira a la Virgen de Guadalupe, del Pilar, de Covadonga, de Montserrat, bien puede llenarse de esperanza: el Inmaculado Corazón de María triunfará y con Su triunfo maternal llegará para individuos, familias, instituciones y naciones, para toda la Hispanidad, el reinado personal y social de ese Amor que abrasa el Pecho de Cristo y al que confesamos, llorando y sonriendo: «Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío».

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