Con la solemnidad del Corpus Christi a las puertas, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, ha recordado algunas verdades fundamentales sobre la Eucaristía y las disposiciones necesarias para recibirla dignamente. En su carta pastoral difundida por la Archidiócesis de Valladolid, el arzobispo insiste en que la comunión sacramental exige coherencia de vida y una auténtica disposición interior para encontrarse con Cristo.
«La Eucaristía es sacrificio, banquete y presencia real», escribe Argüello al inicio de su reflexión, invitando a los fieles a redescubrir el significado profundo del sacramento que constituye el centro de la vida cristiana. Para el prelado, no basta con asistir a misa por costumbre ni acercarse a comulgar de manera rutinaria. «No podemos ir con prisas, con el ánimo de quien cumple una rutina», advierte.
Prepararse para recibir al Señor
El prelado anima a los fieles a examinar su conciencia y a preguntarse sinceramente por la disposición de su corazón antes de acercarse al altar.
«Examinar la conciencia es caer en la cuenta del estado de nuestro corazón, de su disposición para acoger al mismo Dios que, como Cuerpo entregado, se nos da como Pan de vida», explica el arzobispo. Esta preparación incluye también, cuando sea necesario, acudir al sacramento de la Penitencia.
«El Señor tiene misericordia, desea sentarnos a su mesa y ofrecerse Él mismo como alimento que cura y sana», afirma. Sin embargo, recuerda que cuando existe pecado grave, «la sanación, la curación eucarística, debe ser sellada en el Sacramento de la Penitencia».
Quiénes no pueden comulgar
El presidente de la Conferencia Episcopal señala que existen situaciones objetivas incompatibles con la recepción de la comunión sacramental mientras no haya una auténtica conversión de vida.
«Si nuestra situación o estado de vida es incompatible con la plena comunión con el Señor y su Iglesia (…) no podemos acercarnos a comulgar sin una decisión firme de cambiar de vida», escribe. Entre esas situaciones menciona expresamente relaciones pecaminosas, abusos contra otras personas y la defensa pública de posiciones contrarias a la moral cristiana.
Un recordarorio para los divorciados vueltos a casar
La carta dedica además un apartado específico a quienes, tras la ruptura de un matrimonio sacramental, han iniciado una nueva unión conyugal.
«Estas personas, que siguen formando parte de la Iglesia, han de saber que esta quiebra del Sacramento de la Alianza impide la comunión eucarística», señala el arzobispo. Por ello, añade con claridad que «comulgar la Comunión no es posible» mientras persista esa situación.
Lejos de plantearlo como una exclusión, Argüello considera que el sufrimiento provocado por esta situación puede convertirse en una llamada a buscar una solución conforme a la verdad de ambos sacramentos. «El dolor de no comulgar ha de avivar el deseo de buscar una solución que respete el significado de los dos sacramentos en juego: el Matrimonio y la Eucaristía», escribe.
«No podemos ir con prisas ni como quien cumple una rutina»
Más allá de las cuestiones relacionadas con la disciplina sacramental, la carta pastoral de Argüello constituye una profunda reflexión sobre el lugar central que ocupa la Eucaristía en la vida cristiana. El arzobispo invita a los fieles a redescubrir el asombro ante un sacramento que define como «sacrificio, banquete y presencia real» y que constituye el corazón de la vida de la Iglesia.
Por ello, insiste en la necesidad de prepararse adecuadamente para la celebración dominical. «No podemos ir con prisas, con el ánimo de quien cumple una rutina», advierte. A su juicio, la participación en la Santa Misa exige una preparación que comienza mucho antes de entrar en el templo, alimentando durante la semana el deseo de encontrarse con Cristo y meditando la Palabra de Dios.
Argüello anima también a vivir la liturgia con espíritu de adoración y recogimiento. «Qué importante es cuidar el momento de acercarnos a comulgar con espíritu de asombro y adoración», escribe, recordando que la Eucaristía no es un gesto social ni una costumbre religiosa, sino el encuentro real con Jesucristo presente bajo las especies del pan y del vino.
La Eucaristía, fuente de comunión y misión
La participación en la Santa Misa no termina con la bendición final. La Eucaristía está llamada a transformar la vida de los fieles y a proyectarse en la vida cotidiana. «Estamos llamados a encarnar la comunión en la comunidad cristiana», afirma Argüello, invitando a los católicos a prolongar durante la semana lo celebrado en el altar mediante la oración, la fraternidad, el perdón y el compromiso con el bien común.
Recuerda además, que el Corpus Christi es una oportunidad privilegiada para manifestar públicamente la fe en la presencia real de Cristo y para llevar al Señor a todos los ámbitos de la sociedad. «Hemos de disponernos para, como en el día del Corpus, ser custodias que sacan al Señor a la vida ordinaria», señala.
La carta concluye con una llamada a redescubrir la grandeza del misterio eucarístico y a vivirlo con renovada intensidad. «Somos permanentes aprendices de la Eucaristía y del Domingo», escribe Argüello, que expresa su deseo de que la próxima solemnidad del Corpus Christi impulse a los fieles a proclamar con convicción el misterio de la fe: «Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas».