La frase que León XIV nunca escribió: «No existe guerra justa» y los titulares de COPE

La frase que León XIV nunca escribió: «No existe guerra justa» y los titulares de COPE

La radio de la Conferencia Episcopal Española presentó uno de los pasajes de la encíclica Magnifica Humanitas, asegurando que el Papa León XIV «desmonta» el concepto de guerra justa; acompañando esa afirmación con una cita entrecomillada: «No existe guerra justa».

La cuestión puede parecer menor, pero resulta especialmente relevante cuando se trata de un documento magisterial llamado a orientar el debate teológico y moral de los próximos años. Una cosa es interpretar el sentido de un texto; otra muy distinta es atribuir al Papa unas palabras que nunca escribió.

Lo que dice realmente la encíclica

La referencia aparece en el número 192 de Magnifica Humanitas, dentro de un capítulo dedicado a la creciente normalización de la guerra en la cultura contemporánea.

Tras denunciar el rearme de numerosos países, la pérdida de la memoria histórica de las tragedias del siglo XX y el papel de las redes sociales y los algoritmos en la polarización de las sociedades, León XIV escribe:

«Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto».

La formulación es significativa.

El Papa no escribe que «no existe guerra justa». Tampoco afirma que toda forma de defensa armada sea inmoral. Lo que sostiene es que la teoría de la guerra justa ha sido utilizada con demasiada frecuencia para legitimar conflictos y que la humanidad dispone hoy de instrumentos más adecuados para afrontar las crisis internacionales, como la diplomacia, el diálogo o el perdón.

La frase, además, aparece dentro de una reflexión más amplia sobre la propaganda, la desinformación y la construcción cultural de la guerra como instrumento ordinario de la política.

El Catecismo sigue ahí

El problema de algunas lecturas apresuradas —incluida la difundida por COPE en redes sociales— es que presentan el texto de León XIV como si cancelara de un plumazo toda la tradición moral católica sobre la legítima defensa. Pero el Catecismo sigue ahí.

La doctrina de la guerra justa no nació para justificar guerras, sino para limitarlas. Desde san Agustín hasta santo Tomás de Aquino, la reflexión cristiana intentó establecer criterios morales capaces de impedir que el recurso a la fuerza quedara abandonado a la pura ley del más fuerte.

Esa tradición sigue recogida en el Catecismo de la Iglesia Católica.

El número 2265 recuerda que quienes tienen responsabilidad sobre la vida de otros poseen no solo el derecho, sino también el deber de protegerlos. Y el número 2309 establece las condiciones que deben concurrir para que una defensa armada pueda considerarse moralmente legítima: que exista un daño grave, duradero y cierto; que hayan fracasado los medios pacíficos; que existan posibilidades fundadas de éxito; y que el uso de la fuerza no provoque males mayores que los que pretende evitar.

La Iglesia nunca ha enseñado un pacifismo absoluto que obligue a los inocentes a dejarse exterminar. Ha enseñado que la guerra es siempre un mal gravísimo y que únicamente puede contemplarse la defensa armada bajo condiciones extraordinariamente restrictivas.

Por eso resulta difícil sostener que León XIV haya querido abolir de forma expresa toda esta tradición cuando el propio texto conserva explícitamente la referencia al derecho de legítima defensa.

o que dicen Czerny y Staglianò

Las primeras interpretaciones vaticanas de este pasaje han llegado de la mano del cardenal Michael Czerny, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, y de monseñor Antonio Staglianò, presidente de la Academia Pontificia de Teología.

Ambos consideran que León XIV está impulsando una revisión profunda de la manera en que la Iglesia aborda hoy la cuestión de la guerra. Sin embargo, ninguno de los dos sostiene que toda defensa armada sea ilegítima.

Czerny reconoció expresamente que quien es agredido conserva el derecho a defenderse. De hecho, propuso una distinción significativa: «No hablaría de guerra justa. Hablaría de defensa justa».

Por su parte, Staglianò interpreta que las condiciones tecnológicas actuales han erosionado los criterios clásicos de proporcionalidad sobre los que descansaba la teoría tradicional. Según su análisis, la capacidad destructiva de los conflictos modernos hace cada vez más difícil aplicar los límites que históricamente pretendían contener la guerra.

Sin embargo, también él insiste en que la legítima defensa sigue siendo reconocida por la encíclica, aunque entendida «en el sentido más estricto».

Las declaraciones de ambos muestran que incluso dentro del Vaticano el debate se está planteando en términos mucho más matizados de lo que sugieren algunos titulares.

Un debate más complejo de lo que parece

La cuestión de fondo no es si la Iglesia bendice la guerra. No lo hace. Tampoco si León XIV desea reforzar una cultura de paz. Evidentemente sí.

La verdadera discusión es otra: cómo proteger a los inocentes cuando existe una agresión grave e injusta y han fracasado todos los medios pacíficos.

Esa pregunta no es teórica. Afecta a situaciones reales donde comunidades enteras sufren ataques, persecuciones o campañas sistemáticas de violencia. Y es precisamente ahí donde la doctrina clásica de la legítima defensa ha desempeñado históricamente un papel central dentro de la moral católica.

Lo que plantea Magnifica Humanitas es que la teoría de la guerra justa ha sido utilizada con demasiada frecuencia para legitimar conflictos que terminan alejándose de los límites morales que originalmente pretendía imponer. Pero eso no equivale necesariamente a negar toda posibilidad de defensa armada.

Entre la interpretación y la cita

Puede sostenerse que León XIV está llevando más lejos que sus predecesores la crítica a la teoría clásica de la guerra justa. Puede defenderse también que la encíclica abre una nueva etapa en la reflexión católica sobre la guerra y la paz.

Pero convertir esa reflexión compleja en un entrecomillado que nunca aparece en el texto no ayuda a comprender el documento. Más bien simplifica hasta deformar una cuestión doctrinal seria.

Interpretar ese desarrollo doctrinal es legítimo. Convertirlo en una cita textual que nunca aparece en la encíclica es otra cosa. El rigor en las citas debería ser una exigencia básica, especialmente para un medio de comunicación perteneciente a la propia Conferencia Episcopal Española.

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