El cardenal Gerhard Ludwig Müller ha advertido que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X no puede dictar al Papa las condiciones de su plena reintegración en la Iglesia católica y ha insistido en que una eventual regularización exige aceptar la enseñanza de la Iglesia en su conjunto, incluido el Concilio Vaticano II.
En una extensa entrevista concedida a kath.net, el ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se pronunció sobre las consagraciones episcopales que la FSSPX prevé celebrar el próximo 1 de julio en Écône, Suiza, sin mandato pontificio. Müller sostiene que nadie tiene derecho a reclamar la consagración episcopal para garantizar la supervivencia de una organización propia, ya que el episcopado pertenece a la Iglesia y no a grupos particulares.
Una advertencia ante las consagraciones de julio
Ante el anuncio de la FSSPX de nuevas consagraciones episcopales como respuesta a la avanzada edad de los dos obispos supervivientes consagrados por Marcel Lefebvre en 1988, para asegurar la continuidad de las ordenaciones sacerdotales y de su misión, el cardenal sostiene que una consagración episcopal sin autorización del Papa solo podría justificarse moralmente en una situación extrema de persecución, cuando resultara imposible todo contacto con Roma y con la Iglesia universal.
Müller recordó además que una ordenación puede ser válida desde el punto de vista sacramental y, al mismo tiempo, ilícita y moralmente injustificable si se realiza en abierta contradicción con el Romano Pontífice.
El problema no es la liturgia tradicional
Evitando reducir el conflicto a una cuestión litúrgica, el cardenal afirma que el problema no es el rito antiguo ni el nuevo, sino la acusación de la FSSPX de que la Iglesia posterior al Concilio habría abandonado la fe católica.
En esa línea, el purpurado critica también las restricciones indiscriminadas contra la liturgia tradicional. Según Müller, una supresión puramente disciplinaria del rito antiguo y la sospecha generalizada hacia sus fieles como si fueran necesariamente enemigos del Vaticano II resulta pastoralmente imprudente y dogmáticamente insostenible.
El ex prefecto defiende que el rito romano anterior a la reforma litúrgica posee una riqueza espiritual que debe ser reconocida, aunque al mismo tiempo rechaza la tesis de que la Misa reformada contenga errores doctrinales o contradiga la tradición católica.
Vaticano II, libertad religiosa y ecumenismo
Müller sitúa el núcleo doctrinal del conflicto en la recepción del Concilio Vaticano II, especialmente en materia de libertad religiosa y ecumenismo.
Según explica, la FSSPX interpreta la libertad religiosa como si equivaliera al liberalismo relativista del siglo XIX, mientras que el Concilio distingue entre el derecho natural de la persona a no ser coaccionada por el Estado en materia religiosa y la obligación moral de buscar y acoger la verdad revelada por Dios.
El cardenal considera además anacrónico defender hoy un modelo de Estado confesional que imponga socialmente la fe católica por medios políticos. En sociedades pluralistas, e incluso hostiles al cristianismo, Müller subraya que los católicos necesitan precisamente poder invocar la libertad religiosa y de conciencia para rechazar el aborto, la eutanasia o la redefinición del matrimonio.
Sobre el ecumenismo, el ex prefecto afirma que el Vaticano II no negó la unicidad de la Iglesia de Cristo, sino que buscó caminos para restablecer la unidad con los cristianos separados, sin abandonar la doctrina católica.
Una crítica también al progresismo
La posición de Müller no es una defensa del progresismo eclesial. En la entrevista insiste en que ni el progresismo que entrega la verdad revelada al espíritu del tiempo ni un tradicionalismo reducido a algunas ideas fijas pueden ser el camino de la Iglesia.
Este punto sostiene la reflexión publicada por el propio cardenal en febrero de 2026, donde ya defendía que la plena comunión con el Papa es un elemento constitutivo de la catolicidad, pero también advertía contra la deslegitimación del rito tradicional y contra los abusos litúrgicos cometidos tras el Concilio.
Para Müller, la defensa de la ortodoxia debe hacerse dentro de la Iglesia y no desde una posición que termine presentándose como instancia de control frente al Papa y los obispos.
La FSSPX no es una Iglesia particular
El cardenal descarta que la Fraternidad pueda recibir un estatuto semejante al de las Iglesias católicas orientales. A su juicio, la FSSPX no es una Iglesia particular, sino una asociación de sacerdotes y fieles que se concibe como baluarte frente a supuestos errores tolerados o promovidos desde Roma.
Müller admite que podría pensarse en una estructura canónica, como una prelatura personal, pero solo si la Fraternidad reconoce la doctrina católica en su totalidad, incluidas las enseñanzas del Vaticano II interpretadas auténticamente por los obispos en comunión con el Papa.
El precedente de Lefebvre
La entrevista recuerda el precedente de 1988, cuando monseñor Marcel Lefebvre consagró cuatro obispos sin mandato pontificio. Decisión que fue considerada por Roma como un acto cismático y provocó la excomunión de Lefebvre y de los obispos consagrados.
En 2009 Benedicto XVI levantó la excomunión a los obispos supervivientes como gesto de misericordia y con la esperanza de facilitar la reconciliación. Sin embargo, Müller recuerda que la medida no supuso una rehabilitación doctrinal ni la solución del problema de fondo.
La cuestión sigue siendo si la FSSPX está dispuesta a reconocer no solo en teoría, sino también en la práctica, la autoridad doctrinal y jurisdiccional del Papa.
Una herida para la Iglesia
Müller reconoce que una ruptura formal sería una herida dolorosa para la Iglesia, también porque la Fraternidad atrae a numerosos fieles y familias católicas. Sin embargo, advierte que la unidad no puede construirse a costa de relativizar la autoridad del Magisterio.
El cardenal llama a la FSSPX a no encerrarse en su propio círculo y a aprender de los errores de la historia de la Iglesia, citando los precedentes de donatistas, jansenistas y veterocatólicos.
La entrevista deja así un mensaje claro: Roma puede conceder espacios litúrgicos y soluciones canónicas prudentes, pero no puede aceptar que un grupo particular se erija en juez del Concilio, del Papa y de la continuidad doctrinal de la Iglesia.