El efecto sobre los obispos enviados a dialogar con la FSSPX que temen en Roma

El efecto sobre los obispos enviados a dialogar con la FSSPX que temen en Roma

Cuando el miércoles de Pascua de 2024 falleció Mons. Vitus Huonder, obispo emérito de Coira, la noticia que sorprendió a parte del mundo católico no fue tanto su muerte —tenía 81 años y la salud quebrantada— como el lugar elegido para su sepultura: la cripta del seminario internacional San Pío X de Écône, en el cantón suizo del Valais. No el panteón de los obispos de Coira, donde reposan sus antecesores, sino el subsuelo del seminario fundado por Mons. Marcel Lefebvre. La decisión, comunicada por escrito a la diócesis ya en 2022 y reiterada oralmente a Mons. Joseph Bonnemain y al superior general de la Fraternidad, P. Davide Pagliarani, pocos días antes de su muerte, tenía una explicación que el propio Huonder formuló en términos sobrios: quería ser enterrado junto al obispo que tanto sufrió por la Iglesia.

El gesto póstumo cerraba un itinerario personal que, visto en perspectiva, dibuja un patrón que merece ser examinado. Porque Huonder no es un caso aislado. Existe un fenómeno recurrente, observado con cierta inquietud en los pasillos romanos y con discreta satisfacción en los círculos tradicionalistas, según el cual los prelados a quienes la Santa Sede ha encomendado en los últimos años entrar en contacto con la Fraternidad San Pío X tienden a regresar de esa misión sustancialmente cambiados. No siempre en el mismo grado ni con las mismas consecuencias, pero sí con una constante: una creciente cercanía a las tesis, la sensibilidad litúrgica y, en algunos casos, las posiciones doctrinales que la Fraternidad sostiene desde 1970.

El mandato de 2015 y la trayectoria de Huonder

El propio Huonder dejó documentada la génesis de su acercamiento. En la entrevista concedida al canal Certamen explicó que el 9 de enero de 2015 recibió, por carta del Cardenal Gerhard Müller, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el encargo de iniciar un diálogo con representantes de la Fraternidad. El objetivo, según la propia carta, era doble: por un lado, establecer una relación amistosa y humana; por otro, abordar las cuestiones doctrinales pendientes desde el Concilio Vaticano II, en particular las relativas a la liturgia, el ecumenismo, las relaciones Iglesia-Estado, el diálogo interreligioso y la libertad religiosa.

Cuatro años después de aquella carta, Huonder presentó su renuncia como obispo diocesano de Coira al cumplir la edad canónica. Y en lugar de retirarse a una residencia para sacerdotes ancianos de su diócesis, solicitó —y obtuvo con autorización explícita de la Comisión Ecclesia Dei— trasladarse al Instituto Sancta Maria de Wangs, una casa de la Fraternidad. Allí pasó sus últimos cinco años celebrando diariamente la Misa tradicional, estudiando la obra de Lefebvre y predicando con un tono cada vez más alejado de la prudencia diplomática habitual en los obispos eméritos.

Llegó a hablar en términos que merecen citarse: dijo que la abolición intencionada del rito tradicional después del Vaticano II fue «una injusticia, un abuso de poder», y calificó las disposiciones de Traditionis custodes como «una cacería de fieles». En su célebre apelación al Pontífice preguntó: «¿Por qué le quita el pan a los niños? ¿Qué le incita a dejar que se mueran de hambre?». Y concluyó su testimonio con una petición formal: «Pido justicia para la Fraternidad San Pío X. La Iglesia debería disculparse con esta Fraternidad, como lo ha hecho en otros casos».

El caso Schneider

El precedente más conocido del fenómeno es el de Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa María en Astaná. En 2015 fue designado por la Comisión Ecclesia Dei para integrar una visita apostólica a los seminarios de la Fraternidad, en particular el de La Reja, en Argentina. Schneider, ya entonces conocido por su sensibilidad litúrgica tradicional, regresó de aquellas visitas convertido en uno de los interlocutores más respetuosos y comprensivos de la Fraternidad dentro del episcopado en plena comunión.

Lo que vino después es público. Schneider ha publicado, en colaboración con la editorial Angelico Press y en entrevistas con publicaciones como The Remnant, valoraciones cada vez más matizadas sobre las consagraciones episcopales de 1988, ha defendido sin ambages el derecho de los fieles a la liturgia tradicional, ha cuestionado abiertamente la formulación conciliar sobre la libertad religiosa y ha criticado Traditionis custodes en términos que, salvo por la pertenencia canónica, resultan difícilmente distinguibles de los argumentos de la Casa General de Menzingen.

Schneider sigue siendo un obispo en plena comunión con Roma; pero su agenda doctrinal coincide en lo esencial con la de aquellos a quienes fue enviado a examinar.

Otros casos

El fenómeno admite matices y no debe sobredimensionarse. No todos los prelados que han tratado con la Fraternidad han terminado en Écône o en Wangs. El propio Cardenal Müller, que firmó la carta de 2015, mantiene posiciones doctrinalmente cercanas a la sensibilidad tradicional pero conserva una distancia institucional clara respecto de la Fraternidad.

Mons. Guido Pozzo, antiguo secretario de Ecclesia Dei y protagonista de las negociaciones de la segunda mitad del pontificado de Benedicto XVI y los primeros años del de Francisco, defendió en repetidas ocasiones la posibilidad de una prelatura personal para la Fraternidad y reconoció públicamente su «obra positiva en la Iglesia», aunque sin llegar a los pronunciamientos de Huonder.

En el extremo opuesto, los visitadores apostólicos de la primera época, los años inmediatamente posteriores a 1988, no presentaron este patrón. La diferencia parece haber surgido a partir de los contactos sistemáticos iniciados bajo Benedicto XVI y, sobre todo, con las conversaciones doctrinales de 2009-2011 entre la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Fraternidad.

Una hipótesis explicativa

¿Qué tiene la Fraternidad que produce este efecto sobre algunos de sus interlocutores institucionales? La hipótesis más sencilla, formulada por el propio Huonder en su testimonio, es que el contacto directo con la institución y con los escritos de su fundador desmiente la imagen mediática que de ella se ha construido.

«Estos contactos me permitieron conocer la Fraternidad desde el interior y no según la imagen dada por los medios de comunicación», dijo.

La segunda parte de la explicación tiene que ver con el contenido doctrinal: quien se acerca con un mínimo de honestidad intelectual a la cuestión litúrgica, a la crítica del ecumenismo en la versión postconciliar o al análisis de la libertad religiosa tal como fue formulada en Dignitatis humanae, se encuentra con argumentos que no son fácilmente refutables desde la teología clásica que los propios obispos católicos han estudiado en el seminario.

A esto se añade un factor menos doctrinal y más existencial. Los obispos enviados al diálogo descubren, no sin sorpresa, una vida sacerdotal disciplinada, una liturgia cuidada, seminarios llenos y una práctica sacramental que contrasta con la realidad de muchas diócesis. El argumento de los frutos, que Lefebvre invocaba con frecuencia, opera con fuerza sobre quien lo verifica con sus propios ojos.

El miedo a un carisma

Hay quien ha sugerido, no sin algún fundamento, que la verdadera razón por la que el actual pontificado ha endurecido su política respecto de la liturgia tradicional y, por extensión, respecto de la Fraternidad, no es tanto doctrinal como prudencial: el temor a que un carisma que demuestra capacidad de atracción —vocaciones, familias, conversiones, fidelidad sacramental— termine resultando incómodo precisamente por su eficacia.

El patrón Huonder-Schneider, sumado a la deriva afín de no pocos sacerdotes diocesanos que se aproximan al rito tradicional, refuerza esa lectura.

La sepultura de Huonder en Écône es, en este sentido, un dato simbólico que excede la biografía personal del obispo emérito de Coira. Cierra un trayecto y abre una pregunta: si quienes son enviados a corregir terminan corregidos, si quienes vienen a persuadir acaban persuadidos, quizá el problema no esté en los enviados, sino en lo que descubren al llegar.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando