TRIBUNA. Santiago Leyra-Curiá y el césped que deja de ser verde a conveniencia

Por: Mariano Gaspar

TRIBUNA. Santiago Leyra-Curiá y el césped que deja de ser verde a conveniencia

Hay portales que nacen con vocación de manifiesto. El Césped es Verde, que toma su nombre de aquella profecía de Chesterton sobre el día en que haría falta desenvainar la espada para sostener que la hierba es verde y que dos y dos son cuatro, se presenta como un refugio para quienes no se resignan a que toda evidencia se disuelva en eslogan. Loable propósito. Resulta por ello tanto más curioso que una de sus primeras espadas se haya desenvainado no contra el relativismo ambiente, sino contra Vox, y que la empuñe Santiago Leyra-Curiá —profesor de la Universidad Villanueva, doctor en Derecho Eclesiástico, numerario del Opus Dei— con el argumento de que el partido de Abascal ha roto de manera insalvable con la Doctrina Social de la Iglesia. Uno esperaba a Chesterton y se encuentra con una nota episcopal glosada. El césped, parece, sólo es verde hasta que toca hablar de fronteras.

Conviene tomarse en serio el texto, porque está bien escrito y porque su autor sabe de lo que habla, que es precisamente lo que lo hace discutible. Leyra reúne tres cargos: que Vox ha fracturado la dignidad humana al adoptar un discurso antiinmigración incompatible con el mandato evangélico de acoger al extranjero; que su estructura piramidal, con sus purgas internas y su culto al líder, es ajena a la subsidiariedad y la libertad de conciencia que la Iglesia promueve; y que las palabras de Abascal contra los obispos españoles y contra el Papa lo sitúan fuera del catolicismo coherente. La conclusión es que el votante católico ha quedado de nuevo huérfano y que conviene fundar algo nuevo, una política «por elevación» que supere las caducas categorías de izquierda y derecha. Es un diagnóstico elegante. Tiene un solo defecto, y no es menor: confunde sistemáticamente el plano del dogma con el de la prudencia, y lo hace en una sola dirección.

Empecemos por lo de los insultos a los obispos, que es donde la confusión rinde mejor. No se ha visto a Abascal insultar a obispo alguno. Se ha visto una respuesta política —dura, si se quiere— a una intervención durísima, impropia y perfectamente discutible de la Conferencia Episcopal contra una posición legítima sobre inmigración. Y aquí la distinción no es un matiz de sacristía: una cosa es el respeto debido a los pastores y otra muy distinta aceptar que una nota episcopal sobre una cuestión opinable se transmute, por arte de encuadernación, en dogma político de obligada adhesión. La doctrina católica no exige defender la inmigración masiva, desordenada o promovida como ingeniería social. No lo exige el Evangelio, no lo exige el Catecismo, no lo exige la tradición política de la Iglesia. La Iglesia enseña la dignidad de todo ser humano, el deber de socorrer al necesitado y la obligación de tratar al extranjero con justicia y caridad; pero reconoce también el derecho de las comunidades políticas a ordenar sus fronteras, proteger su cohesión y exigir que la acogida no destruya las condiciones mismas que la hacen posible. Presentar la posición de Vox como una herejía moral no es teología: es manipulación con buena letra. Y si algunos obispos deciden entrar en la arena con brocha gorda, señalando a un partido concreto mientras callan ante otras barbaridades públicas, no pueden después pretender que se les responda con incienso, genuflexión y música de órgano. Quien interviene en política recibe respuesta política. Lo verdaderamente clerical no es contestar a un obispo; lo clerical es suponer que un obispo puede pontificar sobre cualquier asunto temporal sin que nadie le replique.

Lo del Papa exige una distinción todavía más básica, de esas que se aprenden antes de la primera comunión intelectual. No hay desprecio en constatar que, cuando el Romano Pontífice opina sobre inmigración, economía, fronteras o modelos de integración, no está definiendo doctrina de fe. Su juicio merece ser escuchado con respeto filial, faltaría más, pero no convierte automáticamente en católica una política pública ni en anticatólica la contraria. Esto es catecismo, no sedevacantismo de barra de bar: la infalibilidad opera en condiciones muy precisas, no cada vez que se emite una impresión sociológica sobre el Mediterráneo. En el terreno de lo opinable, el criterio papal vale lo que valgan sus argumentos, y si los argumentos flojean, flojean aunque los pronuncie quien los pronuncie. Lo escandaloso, teológicamente, no es decirlo: lo escandaloso es lo contrario, convertir cada comentario pontificio en artículo del Credo según convenga a la causa del día.

Y es aquí, justamente aquí, donde la pluma de un numerario del Opus Dei pidiendo a Vox más sumisión al Papa adquiere un aroma inconfundible. Porque si vamos a ponernos exquisitos con la obediencia a Roma, hagámoslo del todo. En junio de 2022, el motu proprio Ad charisma tuendum determinó que el prelado del Opus Dei dejara de ser obispo y trasladó la Obra del Dicasterio para los Obispos al del Clero, obligándola a reformar sus Estatutos. En agosto de 2023, un segundo motu proprio sobre los cánones 295 y 296 ahondó en la misma dirección, reordenando la figura jurídica entera de la prelatura. No fueron sugerencias pastorales: fueron decisiones del mismo Papa cuya autoridad se invoca ahora para amonestar a Abascal. Y la respuesta de la Obra ante esos golpes no fue precisamente el acatamiento entusiasta del soldado, sino el repliegue paciente del jurista: estudiar el alcance, preservar el carisma, dialogar con la Santa Sede, encajar pastoralmente, ganar tiempo. Todo muy comprensible. Todo muy humano. Pero entonces no llamemos a eso obediencia, llamémoslo por su nombre: discernimiento institucional. La misma sensibilidad romana que se exige a un partido sobre inmigración se vuelve, dentro de casa, una notable capacidad para matizar, demorar y contextualizar cada vez que es Roma quien corrige.

Eso no es obediencia católica. Es papismo de conveniencia. Papa máximo cuando sirve para reconvenir a Vox; Papa relativo cuando mete la mano en los Estatutos, en el gobierno interno, en la condición episcopal del prelado o en las rutinas de poder de la propia institución. Una obediencia tan selectiva no es una virtud teologal: es una táctica. Y conviene recordarla precisamente cuando se erige en vara de medir la de los demás.

Otro tanto sucede con las purgas, ese capítulo en el que el artículo sube el tono épico. Que se denuncie con escándalo la disciplina interna de un partido tiene, viniendo de donde viene, un punto de humor involuntario. Si de algo entiende la historia de las instituciones cerradas, disciplinadas y de fuerte cultura interna, es del arte de administrar la memoria de quienes se van, de quienes molestan o de quienes dejan de encajar en el relato oficial.

Podríamos hablar, por ejemplo, de Miguel Fisac, que no fue un enemigo vulgar ni un advenedizo, sino una de las figuras centrales de los primeros tiempos de la Obra —arquitecto eminente, amigo íntimo de Escrivá durante veinte años, uno de los que cargaron al fundador a la espalda al cruzar los ríos en la huida por los Pirineos durante la Guerra Civil—. Aquel grupo que pasó la cordillera eran ocho. Fisac lo contó él mismo: ocho hombres, con nombre y apellidos. Pero como él y Manuel Saiz de los Terreros dejaron después la institución, los biógrafos oficiales los suprimieron del relato, y desde entonces la historia canónica dice que fueron seis. No es una metáfora ni una sospecha: es una resta. De ocho a seis, sin estridencias, por el sencillo procedimiento de dejar de nombrar a quien se marcha. Una operación elegantísima, en la que no se fusila a nadie: se le borra con buena caligrafía.

De modo que sí, hablemos de purgas, de las de Vox y de sus supuestas injusticias, porque ningún partido está libre de miserias humanas. Pero hagámoslo sin el tono de pureza institucional de quien procede de una tradición que conoce muy bien la tachadura devota y el silencio envolvente. Hay purgas con comunicado y purgas con dirección espiritual. No todas hacen ruido. Algunas, sencillamente, huelen a cera.

Queda el cargo del «monotema», que es el más revelador, no por lo que dice, sino por el lugar desde el que se dice. Para quien vive protegido por renta, barrio, colegio seleccionado y entorno social homogéneo, la inmigración masiva puede parecer una obsesión plebeya de gente crispada, un asunto bueno para la columna pastoral y el desayuno de conciencia sin coste personal. Es facilísimo ser generoso con el barrio ajeno. Pero para millones de españoles esto no es una abstracción doctrinal: es el colegio de sus hijos, el centro de salud saturado, el barrio que cambia en cinco años, la presión sobre los salarios, la vivienda imposible, la sensación creciente de que ciertas élites han decidido ensayar la diversidad en los barrios obreros mientras ellas la contemplan desde detrás de la verja, la alarma y la misa de doce.

Llamar «monotema» a esa preocupación es bastante obsceno. Monotema no es hablar de inmigración; monotema es negarse a mirar sus consecuencias porque a uno no le rozan, repetir «acoger, proteger, promover e integrar» como una fórmula mágica sin explicar nunca quién paga, quién convive, quién cede y qué ocurre cuando la integración no llega. Cuando alguien instalado en la comodidad reprocha al obrero su obsesión con el pan, uno no puede sino sonreír ante la pureza del diagnóstico: desde según qué alturas, todo problema real parece una manía plebeya.

Nada de esto niega la dignidad del inmigrante; al contrario, la toma en serio, porque tomarse en serio la política consiste precisamente en gobernar consecuencias y no en lanzar principios al aire con la esperanza de que caigan ordenados sobre la realidad. Quien se niega a hablar de consecuencias no es más cristiano: es más irresponsable, acaso con óptimas intenciones, que es como suelen empedrarse los desastres mejor educados de la historia.

De ahí que la conclusión del artículo —la huérfana invitación a fundar una política «por elevación» que trascienda izquierda y derecha— suene menos a programa que a coartada. Es una aspiración respetable y vieja como el desencanto, y tiene el encanto de no comprometer a nada: desde la altura, todo conflicto real parece una riña de bárbaros que aún no han comprendido la síntesis. Pero la política no se hace por elevación, se hace por gravedad, allí donde las decisiones pesan y alguien paga la factura. Y resulta llamativo que quien reclama esa altura para los demás no la haya aplicado, con el mismo rigor, a la obediencia debida en su propia casa.

Ser católico no obliga a ser ingenuo. Ni respetar a los obispos concede bula para ascender una opinión prudencial a la categoría de dogma. Ni querer al Papa exige fingir que cada frase suya sobre fronteras tiene el peso de una definición conciliar —y menos lo exige de quien, llegado el caso, sabe leer los motu proprio que le incumben con notable sentido del matiz. El césped, en efecto, es verde. Pero quizá habría que recordarle al autor que defender lo evidente incluye también lo evidente que incomoda en casa propia: que la obediencia, cuando es de verdad, no elige sus días; y que la espada que se desenvaina para corregir al vecino conviene, antes, haberla probado en el propio jardín.

 

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