«Debimos venir hace veinte años. Hoy les pedimos perdón». Con esas palabras, Mons. Jordi Bertomeu Farnós, oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y comisario apostólico para la liquidación del extinto Sodalicio de Vida Cristiana, se dirigió este sábado en la parroquia San Juan Bautista de Catacaos (Piura) a las familias de los comuneros presuntamente asesinados por oponerse al despojo de tierras vinculado a empresas del Sodalicio. Vaya por delante lo principal: pedir perdón está bien, y pedírselo a estas familias concretas, después de más de una década de despojos, criminalización y muertes, está particularmente bien.
Lo que ocurrió en Catacaos
La ceremonia, celebrada a las diez de la mañana, fue presidida por los cardenales Carlos Castillo, arzobispo de Lima, y Pedro Barreto, presidente de la CEAMA, con la concelebración de los arzobispos Luciano Maza, de Piura, Alfredo Vizcarra, de Trujillo, y del propio Bertomeu. La Misa tuvo formato de exequias por Guadalupe Zapata Sosa, asesinado de un disparo el 8 de diciembre de 2011 durante un desalojo violento, y Cristino Melchor Flores, fallecido en defensa de las tierras comunales. Asistieron representantes diplomáticos y de la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos.
La Comunidad Campesina San Juan Bautista, del pueblo originario Tallán, denuncia el despojo de unas diez mil hectáreas por empresas vinculadas al Sodalicio, con la presunta cobertura del entonces arzobispo de Piura, Mons. José Antonio Eguren, cuya renuncia aceptó Francisco en 2024. Según la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos peruana, el conflicto deja además siete heridos, treinta y nueve denunciados —algunos por terrorismo, en causas archivadas en 2022— y diez familias en riesgo de desalojo. En 2017 fue asesinado también el comunero Luis Pasache Zapata. Bertomeu reconoció en el acto que la ceremonia es «una compensación simbólica que llega muy tarde y es insuficiente».
Lo que está bien
Que dos cardenales, dos arzobispos y un comisario pontificio acudan por primera vez a este rincón olvidado de Piura no es poca cosa. Que el Vaticano admita públicamente que «debió venir hace veinte años», tampoco. Pedir perdón en sede pública, ante quienes han perdido a sus muertos sin justicia civil ni canónica, es un acto que vincula a quien lo pronuncia y a la institución que representa.
InfoVaticana ha documentado con detalle —y seguirá documentando— actuaciones del propio Bertomeu que, a juicio de este medio, debieron motivar hace tiempo su apartamiento del cargo: la excomunión a los periodistas Caccia y Blanco, revocada personalmente por Francisco; las intimidaciones con el FBI; la opacidad procesal al margen del Libro VII del CIC; la falta de transparencia patrimonial en la liquidación; o la descripción de Perú —en grabación a la que accedió este medio— como «una foresta, una selva, de apáñate como puedas». Nada de eso desaparece porque ayer se pronunciara una palabra justa.
Lo que está mal
El gesto se hizo en el templo, revestidos para celebrar, durante la acción litúrgica. Y eso es desordenar el signo. La Sagrada Liturgia, recuerda Sacrosanctum Concilium, es la acción de Cristo y de su Iglesia, no un escenario. La casulla no es atrezzo emocional: significa que quien la lleva no actúa en nombre propio, sino in persona Christi. Cuando un ministro revestido se arrodilla, lo hace ante el Santísimo. Cuando se postra, lo hace en el rito del Viernes Santo o en la ordenación. La rodilla doblada del sacerdote en función litúrgica tiene un destinatario preciso, y es Dios.
La Redemptionis Sacramentum prohíbe expresamente añadir o suprimir elementos en la celebración eucarística y advierte contra la conversión de la Liturgia en plataforma para mensajes ajenos al rito. Se agrava todo cuando, además, se trataba de unas exequias: un rito con contenido propio, sobre el que se han superpuesto gestos extra-litúrgicos cuyo destinatario no es Dios, sino los fieles presentes y las cámaras.
El eco francisquista mal entendido
No es difícil adivinar la inspiración. El papa Francisco besó los pies a los líderes de Sudán del Sur en abril de 2019; pero aquello no ocurrió durante la Misa, ni revestido para celebrar. Fue un gesto al margen de la acción litúrgica, en un retiro espiritual en Santa Marta. Discutible o conmovedor, pero no abuso litúrgico.
El problema de Bertomeu es precisamente ése: confundir el gesto pastoral con la teatralización litúrgica, la emoción inmediata con el significado sacramental. Hay en todo ello una comprensión superficial de la Liturgia, tratada no como un orden objetivo recibido por la Iglesia, sino como un soporte expresivo adaptable a la intención moral del momento.
Repetir el gesto sin entender el marco es la diferencia entre el icono y la caricatura: en Francisco fue una súplica fuera del altar; repetido por un comisario apostólico revestido en plena celebración eucarística se convierte en francisquismo de imitación, sentimental en las formas y pobre en sustancia doctrinal. Porque la cuestión no es sólo estética o disciplinar. Es teológica. Quien entiende qué es la Liturgia sabe que el sacerdote no dispone de ella como de un lenguaje privado para escenificar mensajes personales, por nobles que sean sus fines. La casulla no amplifica emociones: configura sacramentalmente una función. Y precisamente por eso resulta llamativo que alguien investido de responsabilidades doctrinales en Roma parezca ignorar algo tan elemental como la diferencia entre un acto penitencial personal y la acción pública de culto de la Iglesia.
Si Bertomeu y quienes le acompañan quieren arrodillarse ante las víctimas de Catacaos —y hacen bien en hacerlo—, que lo hagan con los polos clergyman, con las camisas de calle, con la ropa civil con la que durante años se reunieron, negociaron, callaron o miraron para otro lado los responsables eclesiásticos. Esas son las ropas con las que se ofendió a los campesinos de Piura, y esas son las ropas que deben doblarse a sus pies. No la casulla, que no tiene culpa alguna y que no significa lo que en ese momento se le pretende hacer significar. Que se arrodillen. Que les besen los pies, si hace falta. Pero fuera del altar.
Procesos, no fotografías
Pedir perdón está bien. Pedirlo en procesos canónicamente regulares, con transparencia, instrucción y sentencia, está mejor. El riesgo del besapiés con casulla, ante cámaras y observadores internacionales, es precisamente que sustituya al proceso.
Las familias de Catacaos no necesitan sólo una postal: necesitan que se sepa quién compró qué tierras, con qué dinero, a través de qué sociedades, con qué amparos episcopales. Necesitan la devolución material que ellas mismas reclaman. Las víctimas merecen perdón; el altar merece respeto. A Cristo no se le instrumentaliza, ni siquiera para causas buenas.