Santa Rita, la mujer de lo imposible

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Santa Rita, la mujer de lo imposible

Cada 22 de mayo, cuando la primavera está madura y el aire huele a rosas calientes y a trigo dorado, la Iglesia nos pone delante una figura lejanamente cercana: la italiana umbra Rita de Casia (1381-1457), mujer de carne herida, de lágrimas silentes y de paciencia heroica. Por eso es una de las santas más queridas del pueblo cristiano.

Rita no es solo abogada de los casos imposibles: es la santa de la cocina donde una mujer llora en silencio y de la alcoba donde un matrimonio se enfría; es la confidente de las madres que sufren por sus hijos; de las viudas que se sienten solas; de tantas mujeres buenas que no tuvieron la vida soñada y, sin embargo, siguieron buscando a Dios. Porque Rita fue todo: niña, esposa, madre, viuda y monja. Y en cada uno de esos estados buscó lo mismo: a Dios.

La niña de las abejas

Siendo un bebé, mientras dormía en una cesta en el campo, unas abejas se posaron en su boquita dejando miel sobre sus labios sin hacerle daño. Como si Dios hubiese querido anunciar desde el principio que aquella boca no había nacido para la amargura, sino para destilar dulzura: la miel de la paz y la paciencia; la de las palabras que curan. No deja de ser significativo que Rita naciera en una familia conocida precisamente por reconciliar enemigos: sus padres eran llamados “los pacificadores de Jesucristo”.

Hay niños que nacen en hogares donde continuamente se grita, se critica o se hiere. Rita nació en una casa donde se intentaba apagar el odio. Tal vez por eso toda su vida consistirá en una larga tarea de reconciliación.

¡Qué falta hace hoy esa miel! Vivimos tiempos de palabras agrias, de redes sociales convertidas en trincheras, de familias donde apenas se habla sin herirse. Pero aun hay mujeres que sostienen el equilibrio de una casa con su dulzura silenciosa. Nadie las aplaude ni las canoniza, aunque se parecen mucho a Santa Rita…

La esposa que no tuvo un marido fácil

Rita soñaba con ser religiosa pero, obedeciendo a sus padres, se casó joven con Paolo Mancini, hombre difícil y violento. Y Rita conoció la decepción: supo lo que es amar a alguien complicado; vivió discusiones, humillaciones, miedos y noches largas. Sin embargo, no respondió con odio, no dejó que el mal del otro destruyera el alma propia.

Rita fue convirtiendo poco a poco a su marido, no con discursos interminables, sino con la perseverancia humilde de quien reza, espera y ama sin ingenuidad. Tras años de convivencia, Paolo cambió profundamente. No todas las historias terminan bien en la tierra. Pero Rita nos recuerda que nadie está definitivamente perdido mientras exista alguien que rece y ame de verdad.

También los esposos deberían mirarla, porque Rita no es solamente patrona de las mujeres sufrientes; es también espejo incómodo para muchos hombres. Frente a la brusquedad masculina, ella opone la fortaleza serena; la fidelidad paciente frente al egoísmo. Frente a la violencia, esa dignidad silenciosa que acaba desarmando.

La madre que quiso salvar el alma de sus hijos

Cuando asesinaron a su marido, la tragedia pareció devorarlo todo. Sus hijos quisieron vengarse: era la lógica de aquella Umbría medieval de bandos y sangres enfrentadas. Rita prefirió llorar hijos muertos antes que hijos asesinos: pidió a Dios que no permitiera a sus hijos mancharse con otro crimen. Poco después murieron ambos.

Al mundo moderno esto le escandalizará, pero una madre cristiana sabe que el alma de sus hijos vale más que el éxito, el orgullo o incluso la misma vida temporal. Hoy hay madres destrozadas porque ven a sus hijos consumidos por el odio, las drogas, la violencia, la superficialidad o el vacío moral. Santa Rita las comprende: ella quiso educar hijos buenos, pero le salieron heridos, agresivos, confundidos. Como a tantas madres de hoy. Sin embargo, no dejó de luchar por ellos.

La viuda que llamó a una puerta cerrada

Después de perder a su esposo y a sus hijos, Rita quiso entrar en el convento agustino de Casia. Pero las monjas no la aceptaban: era viuda, y con mucha historia a las espaldas. Temían las consecuencias de las antiguas enemistades familiares y desconfiaban de aquella mujer marcada por tanto sufrimiento.

¡Cuántas veces ocurre eso en la vida! Cuando alguien quiere ser mejor, cambiar, encuentra puertas cerradas. Pero Rita siguió llamando. Y una noche, San Agustín, San Nicolás de Tolentino y San Juan Bautista la condujeron milagrosamente al interior del monasterio, pese a las puertas cerradas.

Todo un símbolo: hay puertas que los hombres cierran y Dios abre. Parecían definitivamente cerradas por errores pasados, por prejuicios, por heridas, por rumores, por fracasos. Pero Dios, cuando quiere, introduce a un alma donde creía imposible entrar. Por eso Santa Rita es «abogada de los imposibles». No de la magia fácil o de los caprichos, sino de esas situaciones humanas donde ya nadie espera nada.

La monja atravesada por una espina

En el convento, Rita no buscó protagonismo. Vivió largos años ocultos en oración, penitencia y caridad. Un día pidió compartir más profundamente la Pasión de Cristo y recibió en la frente la herida de una espina de la corona del Señor, que llevó durante años. La niña cuya boca había recibido miel terminó llevando una espina. Así es la vida cristiana: la dulzura no excluye la cruz; quien ama de verdad siempre es herido, como Jesús.

Pero Rita, la de la miel, jamás fue amarga: comprendió que el sufrimiento ofrecido con amor no destruye el corazón, sino que lo agranda.

La santa de las rosas en invierno

Poco antes de morir pidió que le trajeran una rosa y unos higos del huerto de su antigua casa. Era enero. Parecía absurdo. Pero encontraron una rosa florecida en medio del invierno.

Toda Rita está ahí: ¡una rosa en invierno! Como muchos cristianos, que saben florecer cuando todo alrededor se hiela. Mujeres abandonadas que continúan sonriendo; viudas que sostienen a sus familias; madres agotadas que siguen rezando y esperando; esposos fieles en medio de la enfermedad o la ruina; hijos que cuidan con ternura a sus padres ancianos; monjas escondidas que sostienen el mundo desde el silencio. ¡Rosas en invierno!

Una santa para nuestro tiempo

Quizá Santa Rita sigue teniendo tanta fuerza popular porque no pertenece únicamente al pasado, sino también al dolor contemporáneo.

Ella enseña a las mujeres que no necesitan endurecerse para ser fuertes. Enseña a los esposos que el amor verdadero exige conversión. Enseña a los hijos que la violencia jamás arregla nada. Enseña a los viudos y viudas que la vida no termina con una tumba. Enseña a los consagrados que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en amar extraordinariamente lo ordinario.

Nos enseña a todos que nunca hay que desesperar. Nunca.

Porque Dios tiene la costumbre desconcertante de hacer brotar rosas en enero.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando