A pocos días del inicio del tradicional peregrinaje de Pentecostés hacia Chartres, el presidente de Notre-Dame de Chrétienté, Philippe Darantière, ha ofrecido una reflexión sobre las razones que explican el crecimiento constante de una de las mayores peregrinaciones católicas de Europa. En una tribuna publicada en La Croix, Darantière sitúa en el centro del debate cuestiones poco habituales en ciertos ambientes eclesiales contemporáneos: el sentido del sacrificio, lo sagrado, la trascendencia y el culto debido a Dios.
Lejos de recurrir a análisis sociológicos o a discursos sobre nuevos modelos pastorales, el dirigente francés sostiene que el atractivo de la liturgia tradicional responde ante todo a una necesidad espiritual profunda. Este año se esperan cerca de 20.000 peregrinos en las rutas de Chartres, con una media de edad de apenas 22 años. Además, según recuerda Darantière, alrededor del 30% de los participantes descubren por primera vez la liturgia tradicional.
Más allá de la estética
Uno de los argumentos más frecuentes para explicar el interés creciente por la misa tradicional suele centrarse en la dimensión estética: el latín, el canto gregoriano, el incienso o la belleza ceremonial. Darantière reconoce esos elementos, pero considera insuficiente reducir el fenómeno a una simple sensibilidad cultural.
“Si la liturgia tradicional no fuera más que un conservatorio cultural, sería un museo; sin embargo, está manifiestamente viva. Hace pasar de lo cultural a lo cultual”, afirma.
El atractivo de esta liturgia no reside únicamente en su belleza externa, sino en la experiencia de trascendencia que ofrece. Según explica, en una época marcada por la inmediatez y la necesidad constante de explicaciones, muchos jóvenes descubren en la liturgia antigua un espacio donde el hombre deja de ocupar el centro.
“No venimos primero por nosotros”
Darantière describe como una de las paradojas de la misa tradicional el hecho de que, desde fuera, pueda parecer una liturgia “que se desarrolla sin nosotros”, y aun así ejerza una fuerte atracción espiritual.
“El sacerdote está orientado hacia Cristo. No anima ni comenta constantemente. Los gestos son los mismos que se realizan desde hace siglos”, explica.
Frente a modelos litúrgicos más centrados en la participación visible o en la adaptación al lenguaje contemporáneo, el presidente de Notre-Dame de Chrétienté insiste en que la misa recuerda una verdad esencial frecuentemente olvidada: el culto está dirigido ante todo a Dios.
“No se viene a misa primero por uno mismo. Se viene porque tenemos con Dios una deuda imposible de saldar”, sostiene.
Para Darantière, precisamente ese descentramiento del hombre es lo que termina elevándolo espiritualmente. “El hombre se borra ante el rito. Y lejos de humillarlo, ese borrarse lo eleva”, afirma.
El atractivo permanente de lo sagrado
Durante décadas, numerosos análisis anunciaron la desaparición progresiva de esa dimensión en las sociedades modernas. Sin embargo, el éxito de iniciativas como Chartres parece apuntar en otra dirección.
“Lo sagrado sigue atrayendo. No a pesar de la modernidad, sino quizá a causa de ella”, señala Darantière.
En una sociedad saturada de pantallas, ruido y explicaciones constantes, la liturgia tradicional ofrece signos concretos que abren al misterio: el silencio, las genuflexiones, el canto gregoriano o el uso del latín.
Según el organizador, muchos jóvenes no buscan necesariamente novedades permanentes, sino realidades que los precedan y los trasciendan. Ahí aparece otro de los conceptos clave de su reflexión: la permanencia.
Una liturgia que no busca agradar al mundo
Darantière recuerda que el canon romano se remonta a los primeros siglos de la Iglesia y que el gregoriano atraviesa más de un milenio de historia cristiana. Esa continuidad, lejos de alejar a los jóvenes, parece ejercer sobre muchos de ellos un poderoso atractivo.
“Quien descubre esta misa comprende instintivamente que entra en algo que lo supera, que existía antes que él y que continuará después de él”, escribe.
La frase que resume toda su reflexión es probablemente la más citada de la tribuna:
“La liturgia no busca agradar a la época. Y por eso la época vuelve a ella”.
El crecimiento sostenido del peregrinaje de Chartres plantea preguntas incómodas para ciertos discursos eclesiales dominantes en Francia. ¿Por qué una liturgia presentada tantas veces como anclada en el pasado continúa atrayendo a miles de jóvenes? ¿Por qué genera conversiones, vocaciones y familias profundamente arraigadas en la fe?
“Un catecismo vivido”
Finalmente, Darantière define la liturgia tradicional como “un catecismo vivido”. La misa no sería simplemente un recuerdo simbólico de la Pasión de Cristo, sino la actualización sacramental del sacrificio redentor.
“La misa, tesoro de la fe, no es el recuerdo de la Pasión del Señor, sino su renovación incruenta sobre el altar”, afirma.
Y concluye con una reflexión que resume el núcleo de toda su argumentación: “La liturgia antigua enseña no solo quién es Dios, sino quién es el hombre frente a Dios”.
El éxito creciente del peregrinaje de Chartres vuelve así a poner sobre la mesa una cuestión que muchos en la Iglesia preferían considerar marginal. Mientras numerosas iniciativas pastorales atraviesan dificultades para movilizar a los fieles, miles de jóvenes recorren cada año los caminos de Francia atraídos precisamente por aquello que durante décadas algunos consideraron superado: el sentido de lo sagrado, la continuidad de la tradición y la centralidad de Dios en la liturgia.