El cardenal José Cobo insiste en que la visita de León XIV a España “no viene a hacer política” ni “a quitarle votos a nadie”. Y seguramente tiene razón en lo esencial: la misión de un Papa no es intervenir en campañas electorales ni alinearse con partidos. El problema es otro. En la España actual resulta prácticamente imposible separar una visita papal del clima político que lo envuelve todo.
León XIV llegará a nuestro país del 6 al 12 de junio en medio de una situación explosiva: polarización permanente, desgaste institucional, enfrentamiento ideológico constante y un Gobierno cercado por escándalos. Pretender que todo eso no condicionará inevitablemente el viaje papal es pedir demasiado a la realidad.
La coincidencia temporal es especialmente incómoda. Apenas cuatro días antes de la llegada del Pontífice, José Luis Rodríguez Zapatero deberá declarar ante la Audiencia Nacional investigado por presuntos delitos de blanqueo, tráfico de influencias e integración en organización criminal en el caso Plus Ultra.
“Alzar la mirada”… ¿para no mirar?
En declaraciones a Europa Press, Cobo fue cuestionado sobre si la imputación de Zapatero podría empañar la visita del Papa, el arzobispo de Madrid respondió que “alzar la mirada” permite comprender que “la contingencia política” no es el centro de nuestra vida.
La frase suena bien. Tiene incluso cierta apariencia espiritual. El problema es que la “contingencia” de la que hablamos no es una simple disputa parlamentaria o una bronca de tertulia televisiva. Estamos hablando de que un expresidente del Gobierno deberá comparecer ante la Audiencia Nacional investigado por delitos gravísimos.
No parece especialmente edificante sugerir que elevar la mirada consiste en ignorar posibles casos de corrupción de enorme gravedad institucional. La doctrina social de la Iglesia jamás ha defendido que la vida pública quede al margen del juicio moral. Más bien al contrario.
La corrupción política destruye la confianza social, degrada las instituciones y termina golpeando especialmente a los más débiles. No es una distracción secundaria de la que los ciudadanos deban abstraerse.
La CEE y el lenguaje de la despolarización
Las palabras de Cobo reflejan bastante bien el tono que la Conferencia Episcopal Española lleva meses intentando imprimir a la visita: evitar conflictos, rebajar tensiones, normalizar las relaciones y presentar al Papa como una figura situada por encima de las tensiones políticas y sociales nacionales.
El problema es que la propia agenda del viaje hace imposible esa neutralidad completa. León XIV hablará en el Congreso de los Diputados —algo de lo que Cobo mismo se ha encargado—, se reunirá con Pedro Sánchez y aterrizará en medio de uno de los ambientes políticos más crispados en los último años.
Además, la insistencia episcopal en conceptos como “encuentro”, “diálogo” o “despolarización” coincide con una estrategia de clara distensión institucional con el Gobierno socialista, incluso después de años de leyes profundamente contrarias a la visión cristiana sobre la vida, la familia, la educación o la memoria histórica.
No es casualidad que Cobo subraye ahora el “diálogo fluido” con el Ejecutivo. La Conferencia Episcopal parece decidida a evitar cualquier choque con La Moncloa antes de la llegada del Papa.
La inmigración y el riesgo de instrumentalización
La cuestión migratoria se ha convertido hoy en uno de los grandes debates políticos de Europa. Y pensar que ese discurso puede mantenerse en una especie de limbo puramente moral, sin consecuencias políticas, resulta cada vez menos realista.
De hecho, el propio arzobispo reconoció el riesgo de instrumentalización política de los mensajes del Papa. Un riesgo evidente en un país donde cualquier palabra pronunciada desde una tribuna pública termina convertida inmediatamente en munición partidista.
Una visita que inevitablemente tendrá lectura política
Nadie espera que León XIV venga a España a respaldar siglas concretas. Ese nunca ha sido el papel de un Pontífice. Pero tampoco parece razonable fingir que una visita de estas dimensiones puede desarrollarse en una burbuja ajena a la realidad nacional.
El verdadero reto será precisamente evitar que el mensaje del Papa quede absorbido por la lógica política que hoy domina prácticamente toda la vida pública española.
Porque la política no desaparecerá por repetir que no existe. Y “alzar la mirada” no debería significar cerrar los ojos.