Por Stephen P. White
Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de la Ascensión. (Dependiendo de dónde se encuentre; consulte el calendario litúrgico de su localidad). Vale la pena reflexionar: ¿Por qué ascendió Cristo? ¿Por qué, habiendo vencido a la muerte, no permaneció aquí? ¿No habría sido más sencillo para un Jesús resucitado y manifiestamente divino caminar por la tierra, durante los milenios que hiciera falta, convirtiendo a los pecadores mediante el hecho inconfundible de su presencia corporal glorificada?
En los Hechos de los Apóstoles, los discípulos le hacen a Jesús una pregunta que sugiere que ellos mismos estaban pensando en esa misma línea: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?». Es una pregunta razonable para hacérsela al Mesías recién resucitado, pero Jesús evita una respuesta directa: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o las ocasiones… Pero recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta el confín de la tierra».
Tanto la pregunta como la respuesta sugieren una solución a nuestra interrogante original.
Jesús no vino a ser un gobernante terrenal. Es decir, Él es el dueño del universo, pero no en un sentido mundano. No en el sentido que sus discípulos, quienes creían en su divinidad aunque lo conocieron en la carne, tendían a esperar. Su reino, como le dijo a Pilato, no es de este mundo. Como Jesús le dijo a la mujer samaritana junto al pozo: «Dios es Espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad».
¿Cómo podemos nosotros, criaturas corporales como somos, aprender a adorar en Espíritu y en verdad?
La respuesta corta: aprendemos a través de la fe. La fe es un don, por supuesto, pero más específicamente, es un don adecuado a los límites y a la condición de nuestra humanidad. Dios no es un tramposo caprichoso al que le guste poner las cosas más difíciles a sus criaturas haciéndose difícil de ver. Él es un Padre amoroso que nos da lo que es mejor para nosotros. Y la fe es un verdadero don para aquellos cuyo «bien mayor» requiere de la fe.
Lo cual equivale a decir que Jesús ascendió por nuestro propio bien.
En el Evangelio de Juan, durante la Última Cena, Jesús dice a sus discípulos: «Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré».
La Ascensión es un don precisamente porque nos exige una fe en las cosas que no se ven y nos abre a una dependencia del Espíritu Santo.
El Papa León el Magno, en el siglo quinto, reflexionó sobre este punto en un hermoso sermón sobre la Ascensión:
[C]onmemoramos y veneramos debidamente aquel día en que la naturaleza de nuestra humildad en Cristo fue elevada por encima de todo el ejército del cielo, sobre todos los órdenes de los ángeles, más allá de la altura de todas las potestades, para sentarse con Dios Padre. En cuyo providencial orden de acontecimientos estamos fundados y edificados, para que la gracia de Dios se hiciera más admirable, cuando, a pesar de la retirada de la vista de los hombres de aquello que con razón se sentía que infundía su reverencia, la fe no desfalleció, la esperanza no vaciló, el amor no se enfrió. Porque es la fuerza de las grandes mentes y la luz de las almas firmemente fieles, creer sin vacilar lo que no se ve con los ojos corporales, y fijar allí los afectos de uno adonde no puedes dirigir la mirada.
El Papa continuó:
¿Y de dónde brotaría esta piedad en nuestros corazones, o cómo se justificaría un hombre por la fe, si nuestra salvación descansara únicamente en aquellas cosas que se presentan ante nuestros ojos? Por eso nuestro Señor dijo a aquel que parecía dudar de la resurrección de Cristo, hasta que hubo comprobado con la vista y el tacto las huellas de su pasión en su propia carne: «porque me has visto, has creído: bienaventurados los que no han visto y han creído».
Jesús ascendió, en palabras del Papa León, para «que seamos capaces de esta bienaventuranza». Nuestra dependencia de la fe es, en sí misma, un don.
La presencia corporal del Señor Resucitado fue un beneficio para la fe de los Apóstoles; su ausencia es un beneficio aún mayor para nosotros. Conocemos la presencia de Jesús a través del Sacramento del altar y por el Espíritu Santo, que instruye y guía a la Iglesia. En palabras de León: «Y así, lo que hasta entonces era visible de nuestro Redentor se transformó en una presencia sacramental, y para que la fe fuera más excelente y más fuerte, la vista dio paso a la doctrina, cuya autoridad debía ser aceptada por corazones creyentes iluminados con rayos de lo alto».
Aquino se hace eco de este mismo punto cuando escribe: «La ascensión de Cristo al cielo, por la que retiró de nosotros su presencia corporal, nos fue más provechosa de lo que hubiera sido su presencia corporal».
Él ofrece tres razones para esto.
En primer lugar, para «aumentar nuestra fe, que se refiere a las cosas que no se ven. Porque “bienaventurados los que no ven y creen”». La fe es la garantía de lo que se espera y la prueba de las realidades que no se ven.
En segundo lugar, para infundir esperanza. Por la esperanza deseamos el cielo y la vida eterna como nuestra felicidad, como dice el Catecismo, «colocando nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras propias fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo».
En tercer lugar, para «dirigir el fervor de nuestra caridad hacia las cosas celestiales». Aquino cita a Agustín, quien pregunta: «¿Qué significa, pues, “si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros”, sino que no podéis recibir el Espíritu mientras continuéis conociendo a Cristo según la carne?».
Después de la Ascensión, las tres personas de la Trinidad están presentes en nosotros, pero espiritualmente.
La Ascensión, por tanto, es un don glorioso y adecuado para la fe —para esa piedad que eleva nuestros corazones— y nos permite adorar en Espíritu y en verdad.
Acerca del autor
Stephen P. White es director ejecutivo del Santuario Nacional San Juan Pablo II y miembro de Estudios Católicos en el Ethics and Public Policy Center.