«Cristo es el único mediador»: León XIV dedica la audiencia general a la Virgen María

«Cristo es el único mediador»: León XIV dedica la audiencia general a la Virgen María

El Papa León XIV dedicó la catequesis de la audiencia general de este miércoles a la Virgen María como modelo de la Iglesia, retomando la enseñanza del Concilio Vaticano II contenida en la constitución dogmática Lumen gentium. En su reflexión, el Pontífice subrayó expresamente que Jesucristo es el “único mediador de la salvación” y recordó que la misión de María nunca oscurece ni sustituye la mediación única de Cristo.

La catequesis tuvo lugar en la Plaza de San Pedro ante miles de peregrinos y formó parte del ciclo de enseñanzas que el Papa está dedicando a los documentos del Concilio Vaticano II. En esta ocasión, León XIV centró su meditación en el capítulo VIII de Lumen gentium, dedicado a la Virgen María.

María, modelo y madre de la Iglesia

El Papa recordó que el Concilio presenta a María como “miembro excelso y totalmente singular de la Iglesia”, así como “modelo perfectísimo” de fe y caridad.

Según explicó León XIV, la Virgen representa aquello que la Iglesia está llamada a ser: una comunidad dócil a la acción del Espíritu Santo y plenamente abierta al plan de Dios.

El Pontífice definió además a María como “mujer icono del Misterio”, una expresión con la que quiso destacar tanto la dimensión concreta e histórica de la Madre de Dios como su plena cooperación con el designio divino de salvación.

En este contexto, el Papa insistió en la dimensión maternal de María respecto a toda la Iglesia, afirmando que los fieles pueden dirigirse a ella “con confianza filial, en la certeza de ser escuchados, custodiados y amados”.

La mediación de María subordinada a Cristo

Uno de los puntos centrales de la catequesis fue la explicación del lugar que ocupa la Virgen María en la obra de la Redención. Citando directamente Lumen gentium, León XIV recordó que “único mediador de la salvación es Jesucristo”.

Siguiendo las directrices de la nota doctrinal «Mater populis fidelis«, el Papa añadió que la misión de María “en ningún modo oscurece o disminuye esta única mediación de Cristo, sino que muestra su eficacia”, retomando literalmente la enseñanza conciliar sobre la mediación mariana.

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León XIV explicó además que la Virgen “cooperó de modo totalmente especial a la obra del Salvador” mediante “la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad”, motivo por el cual la Iglesia la reconoce como “madre en el orden de la gracia”.

María y el misterio de la Iglesia

Durante la catequesis, León XIV explicó también que en la Virgen María “se refleja el misterio de la Iglesia”, ya que en ella el pueblo de Dios encuentra representados “su origen, su modelo y su patria”.

El Papa afirmó que la Iglesia contempla en María el modelo de la fe, de la caridad maternal y de la alianza esponsal con Dios a la que todo cristiano está llamado.

Al concluir su reflexión, León XIV invitó a los fieles a preguntarse si viven “con fe humilde y activa” su pertenencia a la Iglesia y los animó a mirar a María como “modelo, miembro excelso y madre de la Iglesia”.

Recuerdo de Fátima y de san Juan Pablo II

La audiencia coincidió además con la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Fátima y con el 45 aniversario del atentado contra san Juan Pablo II.

En el saludo dirigido a los peregrinos de lengua portuguesa, el Papa recordó el mensaje de paz confiado por la Virgen a los pastorcitos de Fátima y pidió encomendar al Inmaculado Corazón de María “el clamor de paz y concordia” que se eleva desde las regiones del mundo afectadas por la guerra.

Asimismo, en el saludo a los peregrinos de lengua inglesa, León XIV evocó el atentado sufrido por san Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981 y explicó que por ese motivo había querido dedicar la catequesis de este miércoles a la Virgen María.

 

Dejamos el texto completo con la catequesis de León XIV:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

El Concilio Vaticano II quiso dedicar el último capítulo de la Constitución dogmática sobre la Iglesia a la Virgen María (cfr Lumen gentium, 52-69). Ella «proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad» (n. 53). Estas palabras nos invitan a comprender cómo en María, que bajo la acción del Espíritu Santo ha acogido y generado al Hijo de Dios hecho carne, se puedan reconocer tanto el modelo, como el miembro excelente y la madre de toda la comunidad eclesial.

Al dejarse moldear por la obra de la Gracia, venida a cumplirse en Ella, y al acoger el don del Altísimo con su fe y su amor virginal, María es el modelo perfecto de lo que toda la Iglesia está llamada a ser: criatura de la Palabra del Señor y madre de los hijos de Dios, generados en la docilidad a la acción del Espíritu Santo. En cuanto que, además, es la creyente por antonomasia, donde se nos ofrece la forma perfecta de la apertura incondicional al misterio divino en la comunión del pueblo santo de Dios, María es miembro excelente de la comunidad eclesial. En cuanto que, finalmente, genera hijos en el Hijo, amados en el eterno Amado venido entre nosotros, María es madre de toda la Iglesia, que a Ella puede dirigirse con filial confianza, en la certeza de ser escuchada, custodiada y amada.

Se podría expresar el conjunto de estas características de la Virgen María hablando de Ella como de la mujer icono del Misterio. Con el término mujer se evidencia la concreción histórica de esta joven hija de Israel, a quien se le ha dado la extraordinaria experiencia de convertirse en madre del Mesías. Con la expresión icono se subraya que en Ella se cumple el doble movimiento de descenso y ascenso: en Ella resplandecen tanto la elección gratuita por parte de Dios, como el libre consentimiento de la fe en Él. María es por tanto la mujer icono del Misterio, es decir del diseño divino de salvación, en una época oculto y revelado en plenitud en Jesucristo.

El Concilio nos ha dejado una clara enseñanza sobre el lugar reservado a la Virgen María en la obra de la Redención (cfr Lumen gentium, 60-62). Ha recordado que el único Mediador de salvación es Jesucristo (cfr 1 Tm 2,5-6) y que su Madre Santísima «no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder» (LG, 60). Al mismo tiempo, «la Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, […] cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia» (ibid., 61).

En la Virgen María se refleja también el misterio de la Iglesia: en Ella el pueblo de Dios encuentra representado su origen, su modelo y su patria. En la Madre del Señor la Iglesia contempla el propio misterio, no solo porque se reencuentra el modelo de la fe virginal, de la caridad materna y de la alianza esponsal, a la que está llamada, sino también y sobre todo porque reconoce en ella el propio arquetipo, la figura ideal de lo que está llamada a ser.

Como se puede ver, las reflexiones sobre la Virgen María recogidas en la Lumen gentium, nos enseñan a amar a la Iglesia y a servir en ella al cumplimiento del Reino de Dios que está por venir y que se realizará plenamente en la gloria.

Dejémonos pues interpelar por tal modelo sublime que es María, Virgen y Madre, y pidámosle a Ella que nos ayude con su intercesión a responder a cuanto se nos pide a través de su ejemplo: ¿vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia? ¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha donado para corresponder a su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro excelente y madre de la Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo fiel de su Hijo?

Hermanas y hermanos, el Espíritu Santo, que descendió sobre María e invocado por nosotros con humildad y confianza, nos done vivir plenamente estas realidades maravillosas. Y, después de haber profundizado en la Constitución Lumen gentium, pidamos a la Virgen que nos conceda este don: crezca en todos nosotros el amor por la Santa Madre Iglesia. ¡Así sea!

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