“Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin.”
— Apocalipsis 22,13
“Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él.”
— Salmo 118,24
“Yo soy el Primero y el Último, y el Viviente.”
— Apocalipsis 1,17-18
El simbolismo de las Sagradas Escrituras es insondable, porque Aquel que las inspiró es tan grande que ninguna definición puede contenerlo; por eso se revela en una multitud de imágenes.
Hay, en el corazón de los Evangelios —en tiempo pascual—, una imagen elocuente de un Día que no figura en ningún calendario. No porque no exista, sino porque lo desborda todo: es el octavo día. Este es, a la vez, primero y último, origen y consumación; este día no se deja encerrar en la sucesión ordinaria del tiempo. Es el día de la Resurrección, el Domingo, en el que todas las cosas comienzan de nuevo, se recapitulan.
Si se lee bien, el Evangelio mismo deja entrever este misterio cuando narra que Cristo se apareció nuevamente a sus discípulos “ocho días después” (Jn 20,26). No se trata de una indicación accidental, sino de una clave. Este octavo día coincide, con magnífico y superlativo significado, con el primero: el día en que el Señor resucitó. Así, el tiempo ya no avanza simplemente en línea recta, sino que se recapitula. Vuelve, pero no se repite; retorna, pero sacralizado.
En Cristo, el tiempo se vuelve litúrgico. Ya no es mera sucesión, sino círculo vivo: cada domingo es el primero, porque todo recomienza; y es el octavo, porque ese comienzo no pertenece ya al orden antiguo. Es un inicio que no nace del mundo, sino que desciende sobre él. No es el reinicio de lo mismo, sino la irrupción de lo definitivo.
Mons. Juan Straubinger, al comentar las apariciones del Resucitado, subraya que el primer día de la semana señala el comienzo de una realidad nueva. No se trata simplemente de que algo vuelva a ponerse en marcha, sino de que la historia es alcanzada por una Vida que no le pertenece. La Resurrección no restaura el mundo antiguo: lo inaugura de nuevo.
Por eso, la tradición cristiana —con profundidad particular en San Agustín— ha visto en este día el símbolo del descanso eterno. El sábado representaba el reposo tras la obra; el domingo, en cambio, es el reposo que no tendrá fin: el día sin ocaso.
Pero en lo más hondo y abisal de este misterio late una presencia; este primer y último día no es simplemente un tiempo: es Cristo mismo. Él es quien, resucitando, sacraliza el tiempo desde dentro. Él no solo inaugura un día nuevo: Él es el Día. Como proclama el Apocalipsis, Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. En Él, todo comienzo encuentra su fuente y todo término su cumplimiento.
De este modo, la historia deja de ser un fluir disperso para volverse cristocéntrica: no se dirige hacia Cristo como hacia un punto lejano, sino que acontece ya dentro de Él. Es cierto que hay un fin para la historia temporal: un término hacia el cual todo se encamina. Pero ese fin no es incierto ni está abierto a cualquier desenlace, porque la victoria ya ha sido de Cristo. En otras palabras, la historia no avanza hacia una resolución desconocida, sino hacia la manifestación plena de una victoria que ya ha tenido lugar.
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