La escena tiene todo lo que el Vaticano contemporáneo parece incapaz de evitar: solemnidad de fondo, estética televisiva, multitud en la Plaza de San Pedro, papamóvil avanzando entre los fieles y, de pronto, ABBA sonando como si la audiencia general necesitara una banda sonora de discoteca. El vídeo difundido en redes, recogido con ironía por Raymond Arroyo, muestra el desconcierto: Dancing Queen acompañando un encuentro papal en el corazón visible de la catolicidad.
La audiencia no fue un acto menor ni un concierto improvisado en un patio cualquiera. La página oficial de la Santa Sede sitúa la audiencia general de León XIV el miércoles 6 de mayo de 2026 en la Plaza de San Pedro, y la catequesis de ese día estuvo dedicada a Lumen gentium y a la Iglesia “peregrina en la historia hacia la patria celestial”. El contraste no podía ser más perfecto: mientras el texto pontificio hablaba de orientar la mirada hacia el Reino de Dios, alguien decidió que el ambiente adecuado pasaba por uno de los himnos pop más reconocibles de los años setenta.
No conviene exagerar: una audiencia general no es una Misa. No estamos hablando de música introducida en la liturgia eucarística. Pero tampoco conviene fingir que el lugar no importa. La Plaza de San Pedro no es un auditorio municipal, ni un parque temático religioso, ni un plató donde todo queda neutralizado por el rótulo “acogida”. Allí cada gesto comunica. También la música. Y cuando se elige Dancing Queen, el mensaje involuntario termina siendo más fuerte que la intención de quien pulsó el botón.
La canción de ABBA tiene, además, una historia curiosamente apropiada para la ironía. El propio sitio oficial del grupo recuerda que el tema fue interpretado públicamente antes de su lanzamiento en una gala televisada en honor de la boda del rey Carlos XVI Gustavo de Suecia y Silvia Sommerlath, en junio de 1976; el sencillo se publicó después, el 16 de agosto de ese año, y acabó convertido en un número uno mundial. Es decir: nació también con una escenografía real, ceremonial y ligeramente excesiva. Medio siglo después, la “reina del baile” reaparece, no ante la monarquía sueca, sino ante la monarquía espiritual más antigua de Occidente.
La letra, leída desde San Pedro, se vuelve casi una sátira ya escrita. Habla de música alta, de una escena que atrae miradas, de juventud exhibida y de alguien que busca el lugar donde suena la canción correcta. Puesta bajo la columnata de Bernini, esa escena deja de ser una fantasía de discoteca y se convierte en una parábola involuntaria del Vaticano actual: una institución bimilenaria intentando parecer espontánea, ligera, juvenil, accesible, como si el problema de la evangelización fuese una falta de ritmo y no una falta de claridad.
Hay un punto especialmente irónico. En su catequesis, León XIV recordó que la Iglesia no debe anunciarse a sí misma, sino remitir a Cristo. También habló de la fragilidad de las instituciones eclesiales y de su necesidad de conversión y reforma. La frase, aplicada al episodio musical, funciona como diagnóstico: cuando el aparato eclesiástico se preocupa demasiado por producir ambiente, termina convirtiéndose en protagonista. La Iglesia deja de señalar al Rey y se mira en el espejo de la escena.
La elección de Dancing Queen no es una herejía. Es algo más difícil de discutir porque parece trivial. Y precisamente por eso resulta reveladora. Las grandes crisis doctrinales se detectan en documentos, nombramientos o silencios. Las crisis de tono se detectan en estas pequeñas decisiones que nadie firma, nadie explica y todos dan por normales. La pregunta no es si ABBA puede sonar alguna vez en un contexto católico. La pregunta es por qué alguien pensó que era una buena idea hacerlo sonar en una audiencia general en la Plaza de San Pedro.
El Vaticano suele justificar estas decisiones bajo el lenguaje de la cercanía. El problema es que la cercanía mal entendida degrada lo que toca. No acerca lo sagrado al pueblo; rebaja lo sagrado al código del entretenimiento. Y cuando todo se vuelve espectáculo, la multitud ya no distingue si está ante una catequesis, una recepción institucional o un evento de relaciones públicas con fondo musical.
La ironía final es que Dancing Queen habla de una figura que captura la escena y a la que todos miran. En San Pedro, esa figura no debería ser la institución, ni la coreografía, ni la música, ni la sonrisa televisiva del momento. La Iglesia, según la propia catequesis de ese día, es peregrina, no protagonista de una pista de baile. Su tarea no es conseguir que la plaza “entre en ambiente”, sino recordar hacia dónde camina. Y si para hacerlo necesita que ABBA marque el ritmo, quizá el problema ya no está en la canción, sino en la idea que algunos tienen de la misión.