Al hilo del estado de necesidad que se alega para la ordenación de nuevos obispos, Don Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, ha sostenido que en muchas parroquias —no en todas, pero sí en una proporción significativa— no se dan hoy las condiciones necesarias para la salvación de las almas.
La afirmación no es un comentario pastoral aislado. Tiene una función precisa dentro del razonamiento que la Fraternidad viene articulando desde hace décadas: constituye el presupuesto sobre el que se edifica la invocación del estado de necesidad, figura que en la tradición canónica permite actuar al margen de las normas ordinarias cuando la salvación de las almas —suprema lex— se encuentra objetivamente en riesgo.
Y el corolario práctico de esa invocación es conocido: la consagración de obispos sin mandato pontificio, como las de 1988, en cuanto medio considerado necesario para asegurar la continuidad de la actividad sacramental y pastoral de la Fraternidad. Sin esa premisa —sin la afirmación de que en gran parte de la Iglesia faltan las condiciones para la salvación—, el edificio entero del estado de necesidad se viene abajo. Por eso la tesis de Pagliarani, lejos de ser una opinión incidental, es la pieza que sostiene todo lo demás.
Las dos reacciones habituales
Comprendido esto, las reacciones suelen agruparse en dos posiciones bien diferenciadas.
Para una parte de los católicos, la afirmación resulta inaceptable. La leen como un juicio temerario, injusto con el clero diocesano y construido ad hoc para legitimar una actuación canónicamente irregular. Sostienen que la Iglesia sigue administrando los sacramentos, predicando el Evangelio y formando a los fieles, y que hablar de un déficit en lo necesario para la salvación es una exageración polémica destinada a justificar lo que de otro modo no admite justificación.
Otros, en cambio, no se escandalizan. No porque desprecien el trabajo de tantos sacerdotes fieles, sino porque consideran que la afirmación, lejos de ser un exabrupto, describe una situación real y verificable. Reconocen que existen parroquias donde la vida cristiana se transmite con integridad, pero sostienen que en muchas otras la predicación se ha diluido, los sacramentos se administran sin la formación correspondiente y los fieles viven en una ignorancia religiosa antes impensable. Si eso es así, la invocación del estado de necesidad no sería un pretexto, sino la constatación de un hecho.
El método: salir del juicio abstracto
Entre la indignación de unos y la conformidad de otros, el debate corre el riesgo de quedar atrapado en etiquetas: «cismáticos exagerados» frente a «modernistas acomodaticios». Ese es precisamente el callejón sin salida que conviene evitar, porque la cuestión es demasiado grave —afecta a la legitimidad o ilegitimidad de actos episcopales realizados sin mandato pontificio— para resolverse con descalificaciones.
La afirmación tampoco se verifica en abstracto. No basta con discutir si «la Iglesia» en general atraviesa una crisis. La premisa de Pagliarani es factual: o se dan las condiciones para la salvación en una proporción suficiente de parroquias, o no se dan. Y eso solo puede comprobarse descendiendo al ámbito inmediato de cada uno: ¿se dan esas condiciones en la parroquia concreta a la que yo acudo? ¿En las parroquias que conozco? ¿En los colegios católicos donde estudian los hijos de mis amigos? ¿En las catequesis de mi entorno? ¿En las universidades que se presentan como católicas?
La respuesta no puede apoyarse en simpatías, ni en filiaciones, ni en lealtades institucionales. Solo en hechos verificables.
Las preguntas que hay que responder
Para que la verificación sea seria, conviene descender a preguntas precisas, que a modo de ejemplo superficial se pueden agrupar en cuatro bloques.
1. Sobre el pecado y la gracia. ¿Se enseña con claridad qué es el pecado? ¿Se distingue entre pecado mortal y venial, y se explican sus consecuencias reales para el alma? ¿Se transmite de manera inequívoca la necesidad de vivir en estado de gracia? ¿O todo ello ha quedado difuminado bajo un lenguaje genérico sobre el amor y la misericordia que evita nombrar las cosas?
2. Sobre los sacramentos. ¿Se explica y se fomenta la confesión frecuente como medio ordinario de reconciliación, o el sacramento ha quedado relegado a un plano marginal? ¿Se habla todavía de contrición, propósito de enmienda y acusación íntegra de los pecados graves? ¿Existe conciencia real de que no se debe comulgar en pecado mortal, o la comunión se ha convertido en un gesto automático, desvinculado del examen de conciencia y de la confesión previa?
3. Sobre la moral. ¿Conoce el fiel la enseñanza de la Iglesia sobre cuestiones concretas como la anticoncepción, o esta materia se ignora o se presenta como opción personal sin mayor relevancia? ¿Se predican con claridad las exigencias del matrimonio cristiano, la apertura a la vida, la gravedad de los pecados contra la castidad? ¿Sabe el fiel medio que omitir deliberadamente la Misa dominical constituye materia grave, o lo percibe como una recomendación opcional?
4. Sobre la Misa y la formación. ¿Se percibe el sentido profundo de la Misa —sacrificio, presencia real, centro de la vida cristiana—, o se ha reducido a una experiencia comunitaria sin exigencias objetivas? ¿Los jóvenes que pasan por parroquias, catequesis y colegios católicos adquieren una conciencia clara de lo que significa vivir en gracia, o salen con una vaga sensibilidad religiosa que no orienta su conducta?
Estas preguntas no son accesorias ni propias de una sensibilidad particular. Constituyen el criterio mismo de evaluación, porque sin conocimiento de los mandamientos, sin conciencia efectiva de la gravedad del pecado y sin recurso ordinario a la gracia sacramental, la vida cristiana se vacía de contenido real.
Las dos conclusiones posibles, y lo que está en juego
El resultado no admite ambigüedad, y depende de cómo cada uno —con honestidad— responda a esas preguntas en su ámbito real de observación.
Si la respuesta a la mayoría es afirmativa —si se constata que en las parroquias, catequesis y colegios que uno conoce estas realidades se enseñan, se comprenden y se viven—, entonces no puede hablarse de un estado de necesidad. Los medios ordinarios están presentes y operativos. Y, en consecuencia, la premisa que sostiene la invocación del estado de necesidad por parte de la Fraternidad se debilita: las consagraciones episcopales sin mandato pontificio carecerían del presupuesto fáctico que las justifica.
Si la respuesta es negativa —si esas verdades no se predican o se diluyen, si la confesión ha desaparecido de la vida habitual, si se comulga sin conciencia del estado de gracia, si los fieles desconocen las exigencias morales básicas y el sentido profundo de la Misa—, entonces el problema deja de ser periférico. Ya no se trata de deficiencias menores ni de matices pastorales discutibles, sino de una carencia en los elementos necesarios para la salvación. Y, en ese escenario, la invocación del estado de necesidad por parte de la Fraternidad —y las consecuencias canónicas que de ella se derivan— deja de ser un mero artificio defensivo para convertirse en una respuesta proporcionada, aunque siga siendo discutible en sus formas concretas, a una situación objetiva.
La consecuencia que no puede eludirse
Por eso el debate no debería detenerse en el escándalo ni en la conformidad. La pregunta de fondo no es si Pagliarani tiene derecho a decir lo que ha dicho, ni si su afirmación incomoda. La pregunta es si lo que dice es verdad, porque de la respuesta a esa pregunta depende la legitimidad o ilegitimidad del andamiaje canónico —incluida la consagración de obispos sin mandato pontificio— que la Fraternidad ha construido sobre ella.
Y esa verdad solo puede comprobarse mirando, sin coartadas y sin lealtades previas, lo que efectivamente ocurre en las parroquias, las catequesis y los colegios que cada uno tiene delante.