La portavoz del Partido Popular en el Congreso, Ester Muñoz, aseguró este martes en rueda de prensa que el aborto “no es un problema de los españoles” y que ninguna mujer tiene dificultades para acceder a él en España. Sin embargo, estas declaraciones —que confirman la aceptación del aborto dentro del principal partido de la oposición— no han merecido ni una sola mención en la COPE, emisora de la Conferencia Episcopal Española.
Muñoz insistió además en que “el Gobierno está mintiendo cuando dice que con esta reforma va a hacer que el derecho al aborto sea un derecho fundamental”, reduciendo el debate a una cuestión puramente jurídica.
El discurso forma parte de una línea consolidada en el Partido Popular, que desde hace años ha asumido tanto el aborto como la eutanasia dentro de su consenso político dominante. No hay oposición real, sino una aceptación de facto acompañada de matices legales.
Hasta aquí, el panorama político. Pero lo verdaderamente significativo no está solo en lo que se dice, sino en lo que se omite.
Hace unos días, Argüello señalaba que el Ejecutivo estaba asumiendo un papel que va más allá de la gestión política, fijando criterios sobre cuestiones esenciales como la vida, el matrimonio o la sexualidad desde “criterios de fe ideológica”, sin apoyarse en la razón ni en la experiencia común. Ahí sí, se apunta y declaran. Pero cuando lo dice el PP… es un silencio que habla por sí mismo.
En otros ámbitos, como la inmigración, la intervención de la jerarquía eclesiástica ha sido directa. En la última rueda de prensa de la CEE, García Magán adevertía que “la Iglesia no se mueve a nivel de eslogan, ni de este ni de ninguno”, afirmó, insistiendo en que su visión es “mucho más amplia y más rica”.
En este sentido —y al ser cuestionado directamente sobre Vox—, se desmarcó de planteamientos políticos concretos, incluidos aquellos que buscan establecer prioridades excluyentes en función de la nacionalidad.
La comparación es inevitable.
En cuestiones donde cabe legítima discusión prudencial, alzan la voz. En cuestiones donde la doctrina de la Iglesia es clara, constante e inequívoca —como el aborto—, se opta por el silencio dependiendo quien lo diga.
Ese es el verdadero doble rasero.
La tradición bíblica utiliza una expresión severa para referirse a quienes no cumplen su deber de advertir: “perros mudos”, incapaces de ladrar cuando el peligro es evidente. No se trata de una imagen retórica, sino de una advertencia sobre la responsabilidad de quienes deben hablar.
Porque en cuestiones fundamentales, el silencio no es prudencia.