Aritmética para obispos preocupados por la polarización

Aritmética para obispos preocupados por la polarización

Decidió ayer don José Ignacio Munilla, en su programa de Radio María, dedicar un buen rato a una de esas alarmas que en los últimos tiempos circulan por la jerarquía eclesiástica con la diligencia con que en otros tiempos circularon las indulgencias: la alarma frente a la polarización. Munilla, hay que decirlo en su descargo, no inventa nada. Cita a Argüello, que cita a León XIV, que cita —con razonable parsimonia— el espíritu del tiempo. El obispo, en esto, no es más que el último eslabón de una cadena devocional, y por eso conviene no detenerse en él. Detengámonos, por tanto, en lo que repite. Que es lo que merece el esfuerzo.

El argumento, despojado de las refinadas distinciones que Argüello introduce con esmero, viene a ser este: vivimos polarizados; la polarización es un mal moderno (no aclaran si es un sucedáneo del pecado original o un coletazo de la modernidad líquida); y, en consecuencia, el cristiano debe ponerse a salvo del fenómeno guardando matices, evitando «encasillarse» y resistiendo la tentación, propia de las redes, de pertenecer a un bando. Hasta aquí, todo el mundo asintiendo y nadie objetando, no fuera a ser que objetar lo convirtiera a uno, vaya por Dios, en otro polarizado.

El problema es que, debajo del envoltorio piadoso, lo que se nos vende es una falacia que cualquier estudiante de bachillerato —de los que aún se enseñaba lógica— reconocería al primer intento. Se llama, para los aficionados al latín, argumentum ad temperantiam; para el resto, falacia del término medio. Consiste en suponer que, dadas dos posiciones contrarias, la verdad reposa con razonable comodidad a medio camino entre ambas. Aristóteles, a quien la Iglesia leyó con provecho durante mil quinientos años, situó la virtud en el medio entre dos vicios; pero hablaba de virtudes morales, no de hechos. La diferencia no es menor.

Ilustrémoslo con el ejemplo más romo. Si un caballero sostiene en una sobremesa que dos y dos son ocho, y otro se atreve a corregirle —tras tomar aire, porque ya se sabe que estas cosas hoy se pagan caras— diciendo que dos y dos son cuatro, ¿hemos de concluir, en aras de un consenso luminoso, que dos y dos son seis? La aritmética, salvo en algunas facultades de Educación, no se presta a estos compromisos. Lo mismo cabe decir de la astronomía: la distancia de la Tierra al Sol no se decide a medio camino entre lo que dice la NASA y lo que dice un terraplanista. Y lo mismo, en fin, vale para los asuntos morales en los que se da la circunstancia, sospechosa en estos tiempos, de que existe una verdad. Si una corriente legislativa propone que se interrumpa la vida del nasciturus hasta el octavo mes, y otro afirma que no debe interrumpirse jamás, ¿se nos pide que el segundo, a fin de mostrarse «no polarizador», retroceda hasta la semana catorce? ¿Y por qué no la veintidós? ¿O la trigésima, que tiene un cierto encanto numérico? El quid del asunto, claro, no es la cifra. Es que la cifra se decide por la verdad, no por el promedio.

Hay un detalle, además, que conviene poner sobre la mesa con la mayor cortesía posible: la queja contra la polarización rara vez se reparte con justicia. Va, casi siempre, en una sola dirección. Cuando una sociedad pasa, en cinco años, de no contemplar la autodeterminación de género en menores a contemplarla a partir de los doce, eso —oh sorpresa— no se denomina polarización; se denomina progreso. La polarización, mágicamente, comienza cuando alguien pronuncia la palabra «no». El que innova radicalmente nunca polariza. Polariza el que se planta. La operación es vieja y eficaz: rebautizar la pasividad como virtud y la objeción como histeria, y vender el conjunto con un envoltorio en el que figuren —siempre quedan bien— las palabras «diálogo», «matiz» y «encuentro».

Lo cómico, llegados aquí, es que el reproche venga de la Iglesia católica. La Iglesia, mientras lo fue, era polarizante por definición. Su mensaje no consistía en ofrecer un punto medio entre Cristo y Belial, ni en buscar un consenso razonable entre los mandamientos y sus contrarios. La distinción entre el bien y el mal, el pecado y la gracia, la vida eterna y la condenación —esas «polaridades» que el propio Argüello recuerda en su discurso, y que Munilla aplaude en directo— son, hasta donde uno alcanza a ver, polarísimas. Si polarizar es señalar, sin disimulo, diferencias que existen, el catecismo entero polariza desde la primera página. Que ese mismo catecismo nos pida ahora suavizar la cosa porque alguien se ha sentido ofendido en redes, en fin, tiene su gracia.

Sucede, sospecho, que se ha confundido la polarización afectiva —ese fenómeno por el cual uno odia al adversario antes de oírlo, y se reconoce en el grupo antes que en sus argumentos— con la polarización a secas, que no es más que el hecho, perfectamente sano, de que en algunas cuestiones existan respuestas correctas e incorrectas, y de que afirmar una implique negar la otra. Lo primero merece preocupación; lo segundo se llama, en román paladino, distinguir. Y distinguir, se nos olvida, es lo contrario de la indiferencia.

Que un obispo —o varios— recomienden moderar el tono y no convertir la cena familiar en un juicio de Núremberg, me parece de aplauso. Que de ahí deslicen, con aire muy serio, que toda firmeza es sectaria, y que lo razonable es ceder en cualquier disputa hasta encontrar al adversario en algún punto intermedio del trayecto, ya no tanto. Eso no es prudencia. Es, en el fondo, otra manera de polarizarse: la del que se ha instalado, muy cómodamente, en un sitio al que él llama «centro» y que casualmente coincide con el único lugar donde nadie le va a discutir nada.

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