Es un crimen el administrar un sacramento sin seguir las debidas fórmulas y ritos establecidos. En el Antiguo Testamento vemos a Dios castigar con severidad inmediata cuando su ley era vulnerada. Dios no ha cambiado, Dios no cambia. Consiste en algo de extraordinaria gravedad cuando se comete una falencia o defecto al momento de administrar el sacramento que dicho problema termina por hacerlo inválido. Sí, esta es una realidad recurrente en los ambientes aparentemente católicos en la actualidad. En particular, vamos a hablar sobre un defecto supremamente pernicioso propagado por todas partes y que la jerarquía no ha ni reconocido su existencia como tal. Consiste en un cambio de las palabras obligatorias para realizar el Sacramento de la Penitencia. Vamos a decirlo aún más llanamente: Padre, se dice ABSUELVO.
La Iglesia enseña
Vamos al grano y sin más tardanza. Dice textualmente el Catecismo Romano, emanado del sacrosanto e infalible Concilio de Trento, lo siguiente: “Cuál es la forma del Sacramento de la Penitencia.” -e inmediatamente después responde el Catecismo de forma clara y directa- “Tampoco deben omitir los Pastores la explicación de la forma, pues este conocimiento moverá los ánimos de los fieles a recibir con suma devoción la gracia de este Sacramento. La forma es esta: ‘Yo te absuelvo’, la cual no solo se puede deducir de aquellas palabras: ‘Cuanto desatareis sobre la tierra, será desatado en el Cielo’, sino que la hemos recibido de la misma doctrina de Cristo Señor nuestro enseñada por los Apóstoles.”
Como si fuera poco, el mismo Concilio de Trento, en la Sesión XIV, Capítulo III, explica directamente la absoluta e inalterable necesidad de usar estas palabras textuales: “Enseña además de esto el santo Concilio, que la forma del sacramento de la Penitencia, en la que principalmente consiste su eficacia, se encierra en aquellas palabras del ministro: Ego te absolvo, etc.”. Todo esto que se ha listado hasta el momento es infalible, inamovible, para todos los tiempos y no se puede cuestionar bajo ninguna circunstancia.
La fórmula exacta, copiada y pegada del Catecismo de Juan Pablo II -para aquellos con un afán desmedido por la novedad- en su numeral 1449, donde cita el Ritual de la Penitencia, enuncia términos literales: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.” Habiendo leído esto, uno se puede formular una pregunta retórica que dice: ¿qué argumento puede existir para desmontar o contradecir esto?
Caso cerrado. Sí, efectivamente, caso cerrado. Seguir escribiendo después de esto solo es gastar tinta. Esto se encuentra tan fuera de debate como si se fuera a poner en discusión y voto si los seres humanos en serio necesitan respirar o si hay otra forma para vivir. No causa tristeza, sino indignación y enojo el conocer miles de casos donde parroquias enteras hayan cambiado la fórmula de absolución a ser cualquier invento sentimental que provenga de la improvisación personal del sacerdote de turno. Alegar la ignorancia o mala formación tampoco es una ruta de escape porque al tomar un catecismo básico, uno aprende cuál es la fórmula instituida enseñada por la tradición apostólica y transmitida fielmente hasta nuestros tiempos.
Hermanos, emplear un término diferente de ABSUELVO hace que el sacramento sea INVÁLIDO. Suena fuerte porque es una situación cruda que merece ser confrontada utilizando el único armamento capaz de desmontar el error: la verdad.
Un problema que revela una realidad
En la experiencia de este autor, hace más de 4 años hubo un incidente con un sacerdote de una parroquia conocida en este país que fue un bombazo de realidad. Terminado de haber listado cada pecado cometido y escuchado el consejo del sacerdote, procede a dar la absolución con las palabras “…yo te PERDONO…”. Hermanos, perdonar y absolver no son lo mismo. Le hago un reclamo en forma de pregunta sobre el uso de la palabra perdono. Lo peor fue su reacción ante mi reclamo; ya que este procedió a sacar la tarjeta cómoda y modernista de una falsa interpretación bíblica totalmente desligada de la doctrina de la Santa Madre Iglesia. Se dispuso a realizar una pequeña dinámica burlona de recitar el versículo donde este alegaba, basado en las palabras de Cristo cuando en el Evangelio dice perdonar, que esta era la palabra correcta para el presente sacramento. No está de más destacar que toda la defensa efectuada por el sacerdote fue con un tono tanto sarcástico como disgustado por escuchar el justificado reclamo de un feligrés que conoce su fe. Al salir de ese confesionario -ni siquiera se puede llamar ese lugar como tal, pero por temas de practicidad lo vamos a emplear–, me percaté de una fila de alrededor de ocho personas más esperando para entrar a confesarse. Me quedé frío porque, al vivir lo sucedido momentos antes, caí en cuenta de la realidad de que estas ocho personas no iban a recibir la absolución de sus pecados, sino que iban directo al abismo de un sacramento inválido por la soberbia revolucionaria del sicario de almas sentado allá adentro.
Sí, queridos hermanos, esto es un problema real. ¿Acaso han escuchado a un solo obispo diocesano tomar medidas a rajatabla para ordenar la enmienda inmediata de esto? Uno se quedará esperando una respuesta toda la vida. La obligación de uno es salvar su alma. Si uno se encuentra en esta amarga y cochina situación, lo que debe hacer consiste en tres pasos:
- Decirle textualmente al sacerdote la verdad del asunto. Exponerle el problema. Si esto fracasa, ir a su superior de forma escrita (para que haya constancia). Advertir sobre lo sucedido.
- Ir con un sacerdote tradicional que dé la absolución como es.
- En caso que no haya una enmienda del problema, hay que actuar y denunciar públicamente la plaga propagada en dicho lugar.