Dónde va la Iglesia en Solsona es lo primero que uno puede preguntarse al leer con estupor en su página web la noticia de que el pasado domingo, 19 de abril, por la tarde, “la catedral de Solsona acogió, por primera vez, una celebración de institución de ministros extraordinarios de la comunión. Un total de cuarenta y cinco personas de diferentes parroquias de la diócesis recibieron este ministerio”.
Mucho han cambiado las cosas en esta pequeña diócesis rural de la Cataluña profunda, como algunos recordarán: en el otoño de 2021 el hasta entonces obispo, Xavier Novell, de 52 años de edad, abandonaba su puesto porque había dejado embarazada a una mujer. La televisión y la prensa catalana en general le persiguieron día y noche para captar imágenes y declaraciones en exclusiva.
No era, empero, la primera vez que el obispo era noticia de primera plana en los medios de comunicación catalanes; Monseñor, un personaje algo excéntrico, había participado en el papel de demonio en “los pastorcillos” de una ciudad de su diócesis y estaba radicalmente a favor de la independencia de Cataluña, sobre la que predicaba desde el púlpito. Sin embargo, junto a estos hechos, si uno observa sus once años de ministerio al frente de la diócesis de Solsona, se lleva una imagen bien distinta.
Por una parte, podríamos decir que el obispo Novell fue un conservador que predicó la sana doctrina y moral. En 2017, el ayuntamiento de la ciudad de Tárrega, una de las más grandes de su diócesis, le declaró persona non grata y hasta tuvo que salir escoltado por la policía tras haber sido considerado homófobo, al citar al papa Francisco en una hoja dominical vinculando la homosexualidad a la falta de figura paterna. Por otra parte, avisó en otra ocasión en la catedral que no confirmaría a las adolescentes que acudieran a confirmarse con escotes pronunciados o tirantes, al tiempo que estableció que solamente personas que asistían cada domingo a Misa pudieran ser voluntarios de Cáritas en las parroquias de su diócesis. Estos dos últimos aspectos le valieron que su propia feligresía se le lanzara a la yugular. Pero Novell era una persona que tomaba decisiones firmes y no se dejaba amedrentar. Una de ellas, tomada desde el inicio, afectaba al rumbo que iba a dar a su diócesis: lo apostó todo, como él mismo dijo, a la Nueva Evangelización, contratando a laicos para convertirlos en “trabajadores apostólicos” y organizando con los sacerdotes que quisieron colaborar con él cada año el curso Alpha en las parroquias. Además, en una diócesis con una población mayoritariamente anciana y dispersa en pequeños núcleos de población, concentró y agrupó las Misas de domingo en ciertos puntos, suprimiendo las celebraciones en los pueblos más pequeños. Medida impopular, discutible, si se quiere, pero las personas por aquellos lares están acostumbradas a desplazarse en coche hasta para ir a comprar el pan y, en segundo lugar, la diócesis no va precisamente sobrada de sacerdotes.
Tras el escándalo de la salida de Novell, Francisco Conesa fue nombrado en su lugar como nuevo obispo de Solsona. Conesa había nacido en Elche en 1961 y venía de ser obispo en la diócesis de Menorca. No era un “bisbe català”, como tanto se pide por aquí, pero podía aceptarse su catalanidad.
Y desde el primer momento, como no podía esperarse de otra manera, el nuevo obispo de Solsona pareció querer desmarcarse de su predecesor, no sólo en el mantenimiento de un perfil personal bajo, sino también en el rumbo que quería dar a la diócesis, algo que sólo cuatro años después de su nombramiento, desde fuera, comienza a verse claramente: como decíamos al principio, acaba de instituir en la catedral a bombo y platillo a 45 ministros extraordinarios de la comunión. Como si eso fuera una buena noticia…
Vamos a detenernos a considerar las implicaciones de tal institución en el contexto particular de la diócesis de Solsona. Según datos oficiales del propio obispado, se trata de una diócesis eminentemente rural, en la que el 75% de sus 169 parroquias no pasan de 300 habitantes y las más grandes no alcanzan los 20.000. Su población es de 140.000 habitantes. Solsona cuenta con 38 sacerdotes residentes en la diócesis, 1 fuera de la diócesis, 2 en países de misiones y cuatro sacerdotes extradiocesanos. En total, como se puede ver, el número de ministros extraordinarios de la comunión supera al de sacerdotes.
El nombramiento de este número masivo de laicos como ministros extraordinarios nos lleva también a mirar al legado de Novell, cuyo plan maestro de evangelización ha sido definitivamente desactivado. Parece que los cursos Alpha se siguen impartiendo, pero el entorno rural es tan distinto del urbano y tan duro en su apostasía o indiferencia religiosa, debida al nacionalismo independentista radical, que la huella de Alpha es muy tenue. Por tanto, podríamos decir que, en 15 años desde su llegada a Solsona, la fisonomía de la diócesis no se ha visto muy afectada, ni para bien ni para mal, por Alpha. Por otra parte, hace unos días recibió el diaconado un seminarista de la diócesis, que cuenta en este momento con un total de cuatro. No hace tantos años, el mismo Novell se planteaba el establecimiento en la diócesis de un seminario menor. Y ahora Conesa tiene que llevarse a la ecónoma al encuentro de los seminaristas españoles con el Santo Padre para que su delegación abulte un poco más (6 personas en total: el obispo, los cuatro seminaristas y la ecónoma).
De los 140.000 habitantes de la diócesis, casi 60.000 se concentran en tres ciudades: Berga, donde la extrema izquierda de la CUP es violentamente dominante, Tárrega y Mollerussa. Cada una de ellas tiene alrededor de 18.000 habitantes. Les siguen en número de habitantes Cervera y la misma ciudad de Solsona, con unos 9.000 habitantes cada una, y Suria y alguna ciudad más que ronda los cinco mil habitantes. Todos los demás pueblos tienen menos de 2000 habitantes. La mayoría, como indica la web de la diócesis, no llega a 300 habitantes, y estamos hablando de un entorno rural con núcleos de población muy dispersos los unos de los otros.
Ciñéndonos a los números, lo que tenemos es que a los 38 sacerdotes diocesanos se les acaba de sumar un regimiento que los supera: el de los laicos ministros extraordinarios de la comunión. ¿Cómo puede explicarse tal desproporción? Con estos números de población y considerando la baja práctica religiosa en la Cataluña profunda y rural se hace muy difícil pensar que estos ministros vayan a tener la función de ayudar a distribuir la comunión a los sacerdotes en misas multitudinarias, cuando es muy difícil que ninguna misa de domingo sobrepase los 250 asistentes, ni aún en las solemnidades, y en tan sólo tres ciudades.
¿Para qué, entonces, se han considerado necesarios tantos ministros extraordinarios de la comunión? ¿Podemos, por lógica, pensar, que se dedicarán a las “celebraciones en ausencia o espera de presbítero”?; es decir, a las paraliturgias: a esa celebración que parece una Misa en todo pero sin consagración, en la que los fieles pueden comulgar de manos del ministro extraordinario, un ministro que no puede confesar. Por tanto, insistimos en algo ya dicho en otras ocasiones: mientras que el precepto es oír misa, por una parte, y, por otra, no se puede comulgar sin estar en estado de gracia, ¿cómo es posible que los obispos empujen a los fieles a una situación en que comulguen sin la posibilidad de confesarse y no puedan cumplir el precepto de oír la Misa porque esa celebración no es una Misa?
Lo que se observa es que, de manera opuesta a la concentración de Misas que llevaba a cabo Novell, Conesa parece haber apostado por la dispersión. Si a 38 sacerdotes se le suman los nuevos 45 ministros extraordinarios de la comunión tenemos que 83 parroquias podrían ser atendidas los domingos. Esto significa la mitad de las parroquias de la diócesis. Aunque sólo asistan cuatro personas. Y aunque, mucho más grave, no asistan a una Misa, sino a un acto litúrgico protestantizado, celebrado por un laico investido por el obispo para dar la comunión al pueblo.
Recuerdo que no hace mucho en la diócesis de Urgell se instituyeron una quincena de laicos y acólitos para esas mismas funciones. El número, dentro de lo catastrófico, es más razonable, en dos diócesis muy similares (excepto por Andorra), y se les instituyó según el ministerio que iban a desarrollar, y no con esa vaguedad de “ministros extraordinarios de la comunión”, cuando van a tener unas funciones que no son las que usualmente desarrollan tales ministros, que ayudan a distribuir la comunión a los fieles en misas multitudinarias.
¿Querrá Conesa cobrar más de la Conferencia Episcopal Española con el aumento de los centros de culto activos? ¿Hay acaso una directriz de la CEE? Porque, sospechosamente, todas las diócesis rurales están haciendo esto mismo: dejar sus parroquias en manos de laicos. Ya lo denunciaba hace un par de años el P. Jorge González Guadalix en Infocatólica, en uno de sus memorables artículos, titulado “El negro futuro de la pastoral rural”.
La imagen que ilustra el texto es oficial de la diócesis, la foto de grupo tras la Misa de institución de los ministros. No entiendo cómo alguien puede pensar que esto muestra alguna vitalidad en esa Iglesia local y en qué sentido se trata de una buena noticia. Y aprovecho para desmentir la falacia, repetida ad nauseam en estos contextos, de que estos ministros extraordinarios de la comunión son el equivalente de la figura del catequista en las misiones ad gentes. Porque en las misiones ad gentes en países del tercer mundo, la distancia entre centros de culto puede ser enorme y la mayoría de fieles no disponen de medios de transporte. Aún así, pueden caminar muchos kilómetros para asistir a Misa. Lo mismo que hace el catequista, para distribuir la comunión allí donde las distancias hagan impracticable la asistencia a la misa dominical. El contraste con nuestro paisaje no podía ser más llamativo: sólo hace falta pasearse por cualquier carretera, por secundaria que sea, para ver los bellos campanarios alzarse en el centro de cada pueblecito. Cada pueblo, aunque resida en él una comunidad inferior a los 50 habitantes, tiene una iglesia católica. Otra cosa es que esos habitantes hayan dejado de ser católicos. Porque, además, esas mismas personas se desplazan en vehículos que permiten recorrer grandes distancias en tiempos muy cortos. No ha por tanto lugar la comparación entre los ministros extraordinarios llevando la comunión a los pueblecitos y los catequistas en los territorios de misión. Se trata, sencilla y diabólicamente, de una protestantización enmascarada de la Iglesia Católica.
Porque, fijémonos, además, que la confusión ya ha sido sembrada hace tiempo por la jerarquía entre los fieles, producida por la suplantación de la palabra Eucaristía por la de Misa, que ha caído en total desuso. Evidentemente, sin embargo, no es lo mismo. La Eucaristía es el Sacramento que se realiza dentro de la Misa, que es la actualización del sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en la cruz.
Estamos llegando al punto de tener que recordar a los obispos y sacerdotes que se puede oír Misa sin comulgar si uno no está en estado de gracia y que asistir a Misa en ciertos días es a lo que estamos obligados, y no a comulgar. No cuela, por tanto, que con la celebración de una paraliturgia por un laico uno esté cumpliendo el precepto.
Ya dijo no hace mucho tiempo el sacerdote Antonio María Domènech que el futuro de las parroquias rurales es el cierre. Con sus prácticas protestantizantes, los obispos no sólo están alargando la agonía, sino sembrando la confusión entre sus fieles a la hora de cumplir los preceptos de la Santa Madre Iglesia.