Mazuelos: «A algunos habría que meterles cinco días en un cayuco sin comer antes de hablar de migración»

Mazuelos: «A algunos habría que meterles cinco días en un cayuco sin comer antes de hablar de migración»

El obispo de Canarias, José Mazuelos, pronunció ayer en la sede de la CEE una frase destinada a circular: «A muchos habría que meterles cinco días en un cayuco, mañana y tarde, sin comer, para ver qué hacemos cuando llegan». Lo dijo durante el briefing informativo previo al viaje de León XIV al archipiélago, flanqueado por el obispo de Tenerife, Eloy de Santiago, y por la responsable de Cáritas Canarias, Caya Suárez Ortega.

El contexto es el habitual. Santiago describió Canarias como «frontera sur de Europa» y recordó el caso de El Hierro, donde una isla de nueve mil habitantes recibió el año pasado a más de veinticinco mil migrantes por el muelle de La Restinga. Mazuelos habló de ruta atlántica «mortífera», reclamó luchar contra las mafias, pidió «fórmulas para que los migrantes vengan de otra forma a trabajar» y admitió el «difícil equilibrio entre acogida y bien común», con una premisa: «El cayuco ya ha llegado, y las personas que llegan han de ser tratadas con la dignidad que no han tenido». Suárez, por Cáritas, defendió el proceso de regularización recién iniciado y sostuvo que sin migrantes no funcionarían en Canarias ni la hostelería ni el cuidado de los mayores. Se espera que en el encuentro con León XIV haya testimonios de migrantes.

Hasta aquí lo que se dijo. Ahora el juego.

Aceptemos el guante, monseñor. Aceptémoslo entero. Cinco días en un cayuco sin comer para opinar sobre migración. De acuerdo. Pero entonces establezcamos el principio con todas sus consecuencias, porque un principio que solo se aplica en una dirección no es un principio: es una coartada.

Si para opinar sobre los que llegan hay que haber pasado cinco días sin comer en el Atlántico, para opinar sobre los que ya están aquí, sobre los que pagan impuestos, sobre los que alquilan piso, sobre los que crían hijos y cotizan y llegan a fin de mes haciendo cábalas, habrá que haber hecho algunas cosas antes. Muy pocas. Cosas menores, ordinarias, sin épica. A saber.

Habrá que haber cogido el Cercanías a las siete y media de la mañana un martes de febrero, apretado contra una puerta, con el abrigo mojado, para llegar a un trabajo en el que no se elige ni el horario ni el jefe ni el sueldo. Habrá que haber esperado al autobús veinticinco minutos bajo la lluvia porque el anterior pasó lleno. Habrá que haber mirado el saldo de la cuenta el día veintidós y haber hecho cuentas de si llega o no llega.

Habrá que haber pagado una hipoteca. Un alquiler en Madrid o en Barcelona o en cualquier capital de provincia donde el sueldo medio no cubre ni una habitación decente. Habrá que haber visto subir el recibo de la luz sin haber cambiado de contrato. Habrá que haber renunciado a tener un segundo hijo, o un tercero, no por egoísmo sino por aritmética.

Habrá que haber acompañado a una hija de catorce años al metro a las once de la noche porque vuelve de clase de inglés y el trayecto hasta casa atraviesa un barrio donde ya no reconoces a nadie. Habrá que haber aprendido a mirar de reojo. Habrá que haber escuchado a tu mujer decir «hoy mejor cojo un taxi» y haber hecho el cálculo mental de si se puede o no se puede.

Habrá que haber ido a un ambulatorio y haber esperado cuatro horas. Habrá que haber llevado a un padre mayor a urgencias y haber dormido en una silla. Habrá que haber buscado colegio concertado y no haber encontrado plaza. Habrá que haber pagado un seguro privado porque el sistema que financias con tus impuestos no te atiende.

Habrá que haber trabajado sin coche oficial, sin chófer, sin residencia cedida, sin sueldo garantizado hasta la muerte, sin la certeza de que alguien te hará la comida, te planchará la sotana y te llevará al aeropuerto cuando viajes a Roma. Habrá que haber mirado a los ojos a un encargado que te dice que la empresa «reestructura» y te quedan dos meses.

Porque todo eso, monseñor, también es una travesía. No es mortífera como la atlántica. Nadie se ahoga. Pero es la vida real de los españoles a los que se les explica desde el púlpito, desde el palacio episcopal o desde la sala de prensa de la CEE que tienen que acoger, integrar, regularizar, comprender, acompañar y callar. Es la vida de los que pagan la fiesta sin estar invitados a la mesa.

El clero español habla de migración como se habla de la lluvia desde una ventana con doble cristal. Con compasión, con lirismo, con citas evangélicas perfectamente hilvanadas. Y luego vuelve al coche, al despacho, a la comida a la una y media, a la siesta sin ruido de vecinos, a la jubilación asegurada, a la sanidad concertada, al entierro pagado. La caridad sale muy barata cuando la factura la pasan a otro.

No se trata de negar el drama del cayuco. Existe. Es real. Los muertos del Atlántico son muertos de verdad y su sangre clama. Pero la pregunta que el obispo de Canarias no se hace, porque desde su posición no tiene por qué hacérsela, es quién sostiene materialmente la acogida que él proclama retóricamente. Y la respuesta es siempre la misma: la clase trabajadora española. No la Conferencia Episcopal. No las diócesis. No los colegios concertados. No los conventos. La gente que coge el Cercanías.

Esa gente, por cierto, no tiene palacio. No tiene chófer. No tiene secretario. No tiene dicasterio al que llamar. Tiene una nómina, un piso con dos habitaciones y una hija que vuelve sola en metro. Y a esa gente, desde hace años, se le dice desde los ambones que su preocupación es egoísmo, que su miedo es xenofobia, que su cansancio es falta de fe.

Cinco días en un cayuco, dice Mazuelos. Bien. Pero antes, cinco días en un andén de Atocha a las siete de la mañana. Cinco días haciendo la compra con cuarenta euros. Cinco días esperando en urgencias con un hijo con fiebre. Cinco días mirando el buzón por si llega la carta de Hacienda. Cinco días, monseñor, siendo uno más, sin sotana, sin escolta, sin privilegio, sin la certeza de que alguien, en algún lugar, se ocupará de ti pase lo que pase.

Después hablamos.

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