Un año después de la muerte del Papa Francisco, su figura y su pontificado siguen generando interpretaciones contrapuestas dentro de la Iglesia. Un artículo del cardenal Walter Kasper publicado en Communio ofrece una lectura marcadamente positiva de esos doce años, aunque deja entrever también algunas de las tensiones que acompañaron su gobierno.
Francisco falleció el 21 de abril de 2025, apenas un día después de haber impartido la bendición urbi et orbi. Su muerte provocó una fuerte conmoción entre los fieles que, durante días, acudieron masivamente a despedirse en la basílica de San Pedro.
Un pontificado que quiso marcar un giro
Desde el inicio, Jorge Mario Bergoglio dejó claro que su pontificado no seguiría los esquemas habituales. Su primera aparición —con un sencillo “buenas noches”— y su forma de presentarse como alguien “venido del fin del mundo” marcaron el tono de una etapa que buscó distanciarse de ciertos códigos tradicionales.
Kasper interpreta esos gestos como parte de una opción consciente: una Iglesia menos centrada en sí misma y más orientada hacia las periferias. Una línea que, sin embargo, no fue recibida de forma unánime dentro del mundo católico.
Reforma y evangelización, entre el impulso y la controversia
El eje de ese pontificado fue, según el cardenal alemán, la evangelización entendida como proceso de renovación. No solo se trataba de transmitir la fe, sino de impulsar cambios en la vida de la Iglesia.
Esa insistencia en “iniciar procesos” —una de las expresiones habituales de Francisco— marcó buena parte de su acción. Pero también abrió un escenario de incertidumbre en algunos ámbitos, donde no siempre quedó claro el alcance concreto de esas reformas.
Amoris Laetitia y el debate moral
Uno de los momentos más significativos llegó con Amoris Laetitia —exhortación de la que el mismo Kasper ha sido férreo defensor—, el documento que abordó cuestiones complejas relacionadas con el matrimonio y la familia.
Para el cardenal, este texto supuso una aportación relevante al situar la conciencia en el centro del discernimiento, dentro de una comprensión más amplia de la misericordia. A su juicio, Francisco no se limitó a resolver un caso concreto, sino que abrió una perspectiva más profunda sobre la relación entre moral y pastoral, enmarcada en el horizonte del amor y del acompañamiento personal.
La sinodalidad, un camino abierto
Otro de los pilares del pontificado fue el impulso a la sinodalidad, que Kasper considera uno de los legados más importantes de Francisco. El Papa promovió una Iglesia más participativa, en la que todo el Pueblo de Dios —laicos, religiosos y pastores— está llamado a implicarse en la vida y la misión eclesial.
El proceso sinodal, iniciado en 2021, es presentado por el cardenal como una respuesta a los desafíos del tiempo presente y como una concreción del Concilio Vaticano II. A su juicio, no se trata de modificar la estructura de la Iglesia, sino de desarrollar de manera más plena la comunión entre sus miembros, entendida como unidad en la diversidad de dones y vocaciones. En este sentido, reconoce que la sinodalidad es un camino en desarrollo, que requiere una profundización tanto teológica como práctica, pero lo valora como una orientación decisiva para la Iglesia del futuro.
Entre el carisma personal y las dudas de fondo
El purpurado alemán no ignora que el pontificado de Francisco estuvo acompañado de críticas. Algunas apuntaron a su estilo de gobierno, percibido como espontáneo, y a decisiones que, en determinados momentos, generaron incertidumbre en distintos ámbitos.
También se plantearon dudas sobre el alcance de algunas de sus iniciativas y sobre sus implicaciones a largo plazo. Sin embargo, Kasper enmarca estas tensiones en el contexto de una época de cambio profundo, que necesariamente conlleva dificultades y conflictos.
Un legado que sigue en discusión
El balance que propone el cardenal alemán es el de un Papa que quiso abrir caminos y situar a la Iglesia en diálogo con el mundo contemporáneo. Un legado que, un año después de su muerte, sigue siendo objeto de interpretación y desarrollo dentro de la Iglesia.
Finalmente concluye señalando que el pontificado de León XIV asume ahora la tarea de continuar ese camino. La herencia de Francisco, según Kasper, está “en buenas manos”.