El cardenal Koch define el pontificado de León XIV a casi un año de su elección

El cardenal Koch define el pontificado de León XIV a casi un año de su elección

Faltando poco tiempo para cumplir un año desde la elección de León XIV, comienzan a perfilarse con mayor nitidez las líneas de fondo de su pontificado. No se trata aún de un balance cerrado, pero sí de una orientación clara. Así lo expone el cardenal Kurt Koch, uno de los principales colaboradores del Papa, en una entrevista concedida a France Catholique.

Lejos de ofrecer un análisis superficial, el prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos sintetiza el actual momento de la Iglesia en tres ejes que, a su juicio, definen el rumbo marcado por León XIV: Cristo en el centro, la unidad eclesial y la búsqueda de la paz.

Cristo en el centro de la Iglesia

El primer rasgo que destaca Koch es el carácter profundamente cristocéntrico del pontificado. León XIV —afirma— “está absolutamente convencido de que es necesario poner a Cristo en el centro de la Iglesia”, no como una consigna espiritual, sino como condición para todo lo demás.

Solo desde esa centralidad es posible abordar el segundo gran desafío: la unidad. En un momento en el que la Iglesia atraviesa tensiones internas y pluralidad de corrientes, el Papa insiste en que la comunión no puede construirse sobre equilibrios humanos, sino sobre una referencia común: Cristo.

La unidad como desafío interno

Koch no elude la realidad. Reconoce que en la Iglesia existen “muchas tendencias” y también “tensiones”, lo que convierte la unidad en una tarea urgente. La cuestión no es solo interna: una Iglesia fragmentada pierde credibilidad a la hora de proponer la reconciliación en el mundo.

“Si la Iglesia es una comunidad dividida, ¿cómo podría ayudar a recuperar la unidad entre los cristianos? ¿Cómo podría ayudar a recuperar la paz en el mundo?”, plantea el cardenal.

El modelo que inspira al Papa no es la uniformidad, sino la unidad en la diversidad, a imagen de la Trinidad: personas distintas, pero profundamente unidas.

Un pontificado con raíz agustiniana

Otro rasgo distintivo es la influencia de san Agustín, constante en los discursos y homilías de León XIV. Koch subraya especialmente el vínculo entre Iglesia y Eucaristía, retomando una idea clásica: “La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia”.

También en esta línea se entiende el lema episcopal del Papa, In illo uno unum (“En Aquel que es Uno, seamos uno”), que resume su visión: una Iglesia diversa, pero unida en Cristo.

Europa, una preocupación de fondo

Dentro de este marco general, emerge una preocupación concreta: Europa. Koch revela que León XIV sigue con inquietud la situación espiritual del continente, donde la fe ya no ocupa un lugar central.

El cardenal lo expresa con prudencia, pero sin ocultar la gravedad del diagnóstico: la fe en Europa “está en gran peligro de ser olvidada”.

Esta pérdida no es solo religiosa. Afecta a la identidad misma del continente, que —según advierte— corre el riesgo de vaciarse de contenido si se limita a compartir intereses materiales sin una base espiritual común.

El giro en los fundamentos de la sociedad

La crisis se manifiesta con especial claridad en el ámbito de la vida humana. Koch señala un cambio profundo en la concepción de los derechos: “Antes, el fundamento de los derechos humanos era el derecho a vivir. Pero ahora se dice que es el derecho a dar la muerte. Es todo lo contrario”.

La referencia apunta a debates actuales como la eutanasia, que el cardenal considera un síntoma de la pérdida de referencias fundamentales.

Un pontificado en construcción

A casi un año de su elección, León XIV aparece así, según el cardenal Koch, como un pontífice con un perfil definido: centrado en Cristo, orientado a la unidad y atento a los desafíos que amenazan la fe, especialmente en Europa. En un contexto de tensiones internas y de pérdida de referencias en Occidente, el prefecto vaticano deja entrever que la prioridad no es otra que recuperar aquello que sostiene todo lo demás: la fe misma, sin la cual —como se desprende de su diagnóstico— la Iglesia pierde su capacidad de ser signo y Europa corre el riesgo de vaciarse de su propia identidad.

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