León XIV, ante las autoridades de Camerún: «El mandamiento ‘ama a tu prójimo como a ti mismo’ es aplicable también en las relaciones internacionales»

León XIV, ante las autoridades de Camerún: «El mandamiento ‘ama a tu prójimo como a ti mismo’ es aplicable también en las relaciones internacionales»

La frase es tan amplia que, tomada en serio, desactiva cualquier estructura que no sea una conciencia individual. Y sin embargo se pronuncia ante autoridades políticas, donde precisamente lo que se espera es distinguir entre moral personal y orden público. De ahí sale la pieza.

León XIV, ante las autoridades de Camerún, decidió recordar que el mandamiento “ama a tu prójimo como a ti mismo” también rige las relaciones internacionales. No concretó si eso incluye las fronteras, las sanciones o los aranceles, pero la línea quedó fijada: la diplomacia como examen de conciencia.

A partir de ahí, todo encaja con una coherencia impecable. Las OPA hostiles deberían reconvertirse en ejercicios de empatía corporativa; el consejo de administración, en grupo de terapia. El competidor deja de ser rival y pasa a ser prójimo, con la consecuencia lógica de cederle cuota de mercado por caridad bien entendida. La CNMV, previsiblemente, tomará nota.

En el ámbito deportivo, la aplicación es inmediata. El delantero, ante el portero contrario, recordará que lo ama como a sí mismo y ajustará el disparo a las manos. El árbitro, por su parte, sancionará con indulgencia evangélica, no vaya a ser que la justicia estricta hiera sensibilidades. Las prórrogas tenderán a resolverse en empate moral.

La política criminal también se simplifica. Si el prójimo es el agresor, amarlo como a uno mismo plantea dudas operativas sobre la pena. El juez podría optar por una sentencia dialogada, el fiscal por una acusación inclusiva. La cárcel, en su formato actual, parece difícil de sostener bajo este principio sin matices.

En relaciones internacionales, el asunto alcanza su forma más pura. El Estado que aplica sanciones debería amar al sancionado como a sí mismo, lo que sugiere levantarlas o, al menos, compartir sus efectos. En caso de conflicto armado, el enemigo deja de ser categoría útil: pasa a ser prójimo. Disparar en esas condiciones exige una teología más afinada de la que se ofreció en Camerún.

El problema no es el mandamiento, que pertenece al orden de la caridad personal y tiene una densidad moral indiscutible. El problema es su traslación directa a ámbitos que operan con categorías distintas: justicia, prudencia, bien común, responsabilidad institucional. Sin esas mediaciones, la consigna no eleva la política; la disuelve.

Si se toma en serio la propuesta, el siguiente paso es lógico: que el Estado renuncie a la coacción, el delantero al gol y el juez a condenar. Si no se toma en serio, queda en retórica edificante. Entre ambos extremos, hay una tradición entera que distingue, matiza y ordena. Aquí no apareció.

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