La Conferencia Episcopal Española ya ha puesto música al guion. El himno oficial para la visita de León XIV no es neutro: es una declaración de intenciones. Y no precisamente ambigua. Entre acordes previsibles y letra calculada, aparece el motivo central: “los que cruzan el mar buscando un hogar”. No es un detalle. Es el eje.
Nada se dice, en cambio, de los que ya están aquí. De los que no cruzan mares porque nacieron en esta tierra y ven, año tras año, cómo su entorno se transforma sin que nadie les pregunte. De los barrios donde la convivencia ha dejado de ser un hecho para convertirse en un experimento fallido. De las calles donde la inseguridad ya no es percepción, sino estadística. De los comerciantes que bajan la persiana antes de tiempo. De las mujeres que cambian de acera. De los niños que dejan de jugar donde antes jugaban.
El himno no los menciona. No existen.
La Iglesia española ha decidido mirar en una sola dirección. Y lo hace justo antes de una visita papal que, a juzgar por este adelanto, no vendrá a confirmar a los fieles en medio de sus dificultades concretas, sino a reiterar un mensaje ya conocido, ya repetido, ya asumido como dogma sociopolítico: la prioridad absoluta del migrante, convertido en símbolo moral incuestionable.
Pero la realidad es más incómoda. Porque mientras se canta a quienes llegan, hay quienes sufren aquí. Sufren la violencia creciente en las calles. Sufren las consecuencias de una delincuencia que se evita nombrar. Sufren las víctimas de violación. Sufren los comerciantes asaltados. Sufren quienes esperan meses para una prueba médica en una sanidad saturada. Sufren los niños abortados, eliminados en silencio bajo cobertura legal. Sufren las madres que cargan con esa herida. Sufren los enfermos y vulnerables empujados hacia la eutanasia como solución.
Esa lista tampoco entra en la canción.
La pregunta es directa: ¿dónde está la misericordia para ellos? ¿Dónde aparece en este relato litúrgico-musical que pretende preparar espiritualmente a un país entero para la visita del Papa?
Porque no se trata de oponer sufrimientos, sino de constatar una omisión sistemática. Una selección interesada de las víctimas dignas de mención. Un encuadre moral donde unos merecen compasión pública y otros quedan fuera del foco, como si su dolor fuera menos legítimo o, peor aún, incómodo.
El himno no es un accidente. Es un síntoma. Apunta a lo que viene. A una visita que, si sigue esta línea, no buscará escuchar a España, sino confirmarla en un discurso prefabricado. Y lo hará, además, con el respaldo económico de esos mismos españoles que no aparecen en la letra pero sí en la factura.
León XIV llegará a un país real, no a una abstracción. A una sociedad tensionada, fragmentada y cansada de que le hablen sin escucharla. La cuestión es si alguien se lo ha dicho. O si, como el himno sugiere, ya está todo decidido antes de aterrizar.