TRIBUNA. Cardenal Cobo y el Valle de los Caídos: Agua estancada.

Por: Jesús García-Conde

TRIBUNA. Cardenal Cobo y el Valle de los Caídos: Agua estancada.

Un sorprendente mensaje del cardenal José Cobo Cano está circulando estos días entre no pocos sacerdotes y algunos obispos, dejando perplejos tanto a unos como a otros, así como a un número considerable de fieles, especialmente a los de la Archidiócesis de Madrid, que son los más directamente afectados. El mensaje justificaría la firma del acuerdo con el Gobierno suscrito por el arzobispo de Madrid, cardenal Cobo. Gracias a la intervención del arzobispo, se habría “salvado la sacralidad de la basílica” y se habrían evitado males mayores, entre ellos la eventual expulsión de la comunidad monástica.

Como decía este mismo digital el 22 de abril, “el acuerdo es papel mojado”. La intervención del cardenal Cobo no ‘seca’ ni da ninguna validez al papel, dado que ese acuerdo “afectaría a la naturaleza sagrada de la Basílica Pontificia de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, que, por ser pontificia, requiere intervención expresa de la Santa Sede”. Este argumento, difícilmente discutible, es el que respalda la denuncia que, en febrero de 2026, presentó la Fundación Abogados Cristianos ante la Audiencia Nacional. Por ello, es razonable pensar que la falta de competencia del cardenal Cobo, firmante de ese papel, permite esperar que hay buenas razones jurídicas para pensar que el acuerdo no producirá los destructivos efectos que pretendía para el Valle, pero sí puede haber destruido la credibilidad y la confianza en el arzobispo de Madrid y podría erosionar, si no se hace algo contundente, la vinculación de los fieles españoles con sus obispos. Las consecuencias para la solidez del edificio de la Iglesia española serían terribles.

A los lectores de este medio no les resultará novedosa la insistencia del cardenal en presumir de acuerdo de forma tan extraña, ya que este estribillo cansino fue esparcido por estas mismas fechas del año pasado, en los días previos a la Plenaria episcopal, y es relanzado ahora, en vísperas de la próxima Asamblea Plenaria y de la visita del Papa. La explicación, entonces como ahora, parece haber salido del cardenal y su entorno, como ahora se dice, y no resiste, entonces ni ahora, el más mínimo análisis.

¿Qué sacralidad se ha salvado exactamente cuando el acuerdo secreto firmado por el cardenal Cobo, a instancias del Gobierno, según se nos dijo, en aquel aciago 4 de marzo de 2025, reduce drástica y categóricamente el espacio de culto al altar y a unas bancadas adyacentes, dejando el resto de la basílica —incluida la nave, la cúpula sobre el altar y el acceso— a disposición de un proceso de resignificación política e ideológica de carácter guerra-civilista? ¿Puede sostenerse seriamente que se preserva lo sagrado cuando se acepta, por escrito, la fragmentación de un templo consagrado y la alteración de su unidad esencial?

¿Dónde se hubiera colocado a los fieles que han abarrotado la basílica, nave central incluida, en los actos litúrgicos de esta reciente Semana Santa, si el proyecto que respalda el señor arzobispo hubiera estado ya en vigor y el espacio de culto se redujera a un pequeño número de bancos? Estos días, el Valle se ha llenado de familias haciendo el Vía Crucis y acudiendo a los oficios de Jueves y Viernes Santo. Los frutos espirituales de épocas como estas son inmensos e imagino que serán del agrado de los obispos españoles, alguno de los cuales me consta que ha quedado impresionado por tan prometedora afluencia de fieles. ¿Pensarían los obispos que se habría salvado algo con el acuerdo? Algo santo, me refiero.

Tampoco la segunda parte de la explicación dada por el cardenal Cobo ofrece mayor consistencia. ¿Dónde consta en el documento una garantía efectiva por parte del Gobierno de que se abstendrá de intentar la expulsión de los monjes? ¿En qué cláusula se recoge ese supuesto compromiso?

Es evidente que los fieles han demostrado por la vía de los hechos que el Valle de los Caídos les importa, y mucho. Esta misma Semana Santa, y todas las Semanas Santas, así como en todas las celebraciones litúrgicas a lo largo de los años, y cada vez que se les convoca. Desde aquellas misas de campaña, cuando el cierre completo de la nave en 2010, hasta las recientes convocatorias de estos años, que han colapsado las entradas. El propio señor arzobispo de Madrid reconoce que en cada visita a las parroquias de Madrid es preguntado por esta cuestión: la gente quiere seguir yendo al Valle y encontrarse con una iglesia sin profanar, y ve con preocupación que se pueda acordar con el Gobierno nada que afecte a una basílica tan querida. No hay nada bueno que esperar de un gobierno que se jacta de derribar cruces.

A mayor abundamiento, es ese mismo gobierno, rodeado de numerosos indicios de irregularidades, cuya ejecutoria es continuamente expuesta en los periódicos como sospechosa de conductas tan vergonzosas que, hoy mismo, han llevado a sentarse ante el Tribunal Supremo a cargos muy relevantes de su entorno. Con este tipo de “interlocutores”, y no otros, es con los que el cardenal Cobo firmó un acuerdo del que presume, y para el que, además, carecía de competencia. ¿Piensan los obispos españoles que los fieles de sus diócesis van a creer con facilidad que su propio obispo no sabía nada del acuerdo que firmó el cardenal Cobo? Y, si no fue informado, ¿por qué no se ha dicho nada? Acabará pasando. Está pasando ya.

Cada Viernes Santo, en Valladolid, una multitud se congrega en torno a su obispo y al pregonero de cada año, que comenta cada una de las Siete Palabras que dijo Nuestro Señor desde la Cruz. El elegido para esta ocasión fue el arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz Montes, acompañado por el obispo de Valladolid, don Luis Javier Argüello. Se percibía un cariño especial hacia el obispo visitante. Su sermón fue brillante y bien dirigido a una sociedad “que pide un poco de sed, porque está muriendo de agua”. La sed de los fieles españoles aparece en manantiales como el Valle de los Caídos, y su sed de verdad no puede ser calmada con agua estancada.

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