No, no existe una “comunión” entre cristianos y musulmanes
Hay palabras que en política sirven para adornar un discurso, pero que en boca de un papa o de una cuenta pontificia no pueden usarse como si fueran plastilina. “Comunión” es una de ellas. El tuit en español de @Pontifex_es sobre Argelia no se limita a elogiar la convivencia, la paz social o la cooperación entre personas de distinta religión. Va bastante más lejos. Afirma que “bajo el manto de Nuestra Señora de África, se construye la comunión entre cristianos y musulmanes”. Y ahí es exactamente donde está el problema. No en la cortesía con los musulmanes. No en el deseo de paz. No en la posibilidad de colaboración civil. El problema está en llamar “comunión” a algo que, en sentido católico, no lo es.

En el lenguaje de la Iglesia, la comunión no es una emoción amable ni una metáfora buenista para designar que la gente se lleva razonablemente bien. La comunión tiene un contenido doctrinal objetivo. El Catecismo explica que la unidad de la Iglesia está asegurada por “vínculos visibles de comunión”: la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles, la celebración común del culto divino y de los sacramentos, y la sucesión apostólica por el sacramento del orden. Eso no describe una simpatía mutua. Describe la pertenencia efectiva a la misma realidad sobrenatural fundada por Cristo. Si no hay misma fe, si no hay mismos sacramentos, si no hay comunión eclesial, hablar de “comunión” deja de ser precisión católica y se convierte en confusión terminológica.
La propia doctrina católica distingue con bastante claridad entre los cristianos no católicos y los fieles de religiones no cristianas. Respecto de los cristianos separados, el Catecismo habla de una “cierta comunión, aunque no perfecta”, fundada en el bautismo válido y en la fe en Cristo. Esa formulación ya muestra que la palabra “comunión” no se reparte indiscriminadamente. Se aplica, aunque de modo imperfecto, allí donde existe incorporación bautismal a Cristo y un vínculo real, aunque herido, con la Iglesia. Esa lógica no puede trasladarse sin más al islam, porque el islam no bautiza en Cristo, no confiesa a Jesucristo como Hijo de Dios, no reconoce la Trinidad ni participa del orden sacramental de la Iglesia. Entre católicos y ortodoxos cabe hablar de comunión imperfecta. Entre cristianos y musulmanes, no.
Aquí conviene anticipar la réplica habitual. Se citará enseguida Lumen gentium 16 o Nostra aetate 3, donde el Concilio afirma que los musulmanes “adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso” y que la Iglesia los mira con aprecio, reconociendo en ellos elementos de verdad religiosa, una vida moral seria y la práctica de la oración, la limosna y el ayuno. Todo eso es cierto. Y precisamente por ser cierto conviene leerlo entero y no mutilarlo. El Concilio no dice que exista comunión eclesial con el islam. Dice otra cosa muy distinta: que hay una referencia al Creador, que existen bienes y verdades parciales, y que eso justifica el respeto, el diálogo y la colaboración. Además, Nostra aetate recuerda al mismo tiempo que la Iglesia “anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo”, en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa. Es decir, respeto sí; indiferentismo, no. diálogo, sí; licuefacción doctrinal, no.
El problema del tuit no es, por tanto, que sea demasiado amable con los musulmanes. El problema es que borra una frontera conceptual que el propio magisterio conserva. Una cosa es reconocer que un musulmán, como criatura racional, puede buscar sinceramente a Dios, vivir con rectitud moral y participar de ciertos bienes que la gracia no deja de sembrar en el mundo. Otra cosa muy distinta es presentar esa situación como “comunión”. Porque la comunión, para la Iglesia, nace de Cristo y conduce a Cristo. No brota simplemente de la aspiración común a la dignidad, al amor, a la justicia y a la paz. Esas aspiraciones son humanas y nobles, pero no constituyen por sí mismas la comunión sobrenatural de la Iglesia. Reducir la comunión a un consenso ético es vaciarla de su contenido específicamente cristiano.
La clave está en no confundir niveles. Puede haber convivencia social sin comunión de fe. Puede haber cooperación por la justicia sin unidad religiosa. Puede haber estima mutua sin compartir la revelación cristiana. Puede incluso afirmarse, con el Concilio, que los musulmanes adoran al único Dios creador, en el sentido de que su intención religiosa no se dirige a una pluralidad de dioses paganos, y a la vez mantener sin vacilar que rechazan verdades esenciales de la fe cristiana: la Trinidad, la filiación divina de Cristo, la Encarnación y la Redención tal como la confiesa la Iglesia. En cuanto eso se olvida, la diferencia entre verdad plena y verdad parcial desaparece bajo una niebla sentimental. Y esa niebla siempre favorece al error.
De hecho, el Catecismo dice expresamente que la fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretendan superar o corregir la Revelación definitiva dada en Cristo, y añade que ese es el caso de ciertas religiones no cristianas. La frase tiene un alcance directo para el islam, que se presenta históricamente como una revelación posterior que corrige elementos centrales del cristianismo. Eso no impide el respeto hacia los musulmanes como personas, pero sí impide diluir la diferencia doctrinal bajo expresiones ambiguas. Si Cristo es la revelación plena y definitiva del Padre, entonces no se puede hablar ligeramente de comunión religiosa allí donde esa plenitud es negada.
También Dominus Iesus fue publicada precisamente para cortar estas derivas. El documento recuerda que el diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora, pero “no sustituye” la missio ad gentes. Y advierte contra el relativismo que desfigura el carácter definitivo de la revelación de Jesucristo, la singularidad de la fe cristiana y la unicidad salvífica de Cristo y de la Iglesia. Más aún: afirma que los hombres no pueden entrar en comunión con Dios sino por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esa afirmación basta para medir la ligereza del tuit. Porque cuando el magisterio habla de comunión en sentido fuerte, la vincula a Cristo, a la Iglesia y a la economía de la salvación, no a una atmósfera interreligiosa de cordialidad compartida.
Se dirá que se trata de un lenguaje pastoral, no de una definición dogmática. Pero precisamente ahí está el peligro. La mayor parte de los fieles no leen documentos conciliares ni declaraciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Leen titulares, frases, tuits y consignas. Y si desde canales oficiales se emplea un vocabulario técnicamente incorrecto, el resultado práctico es una catequesis deformada. El fiel medio acaba concluyendo que todas las religiones son, en el fondo, variantes de una misma experiencia de Dios; que la misión ya no consiste en anunciar a Cristo, sino en acompañar espiritualidades diversas; y que la Iglesia debe renunciar a la precisión doctrinal para resultar acogedora. Eso no es pastoral. Eso es desarme intelectual.
Todavía hay otro detalle significativo. El tuit coloca esa supuesta “comunión” bajo el manto de Nuestra Señora de África y habla del amor maternal de Lalla Meryem que reúne a todos como hijos. La imagen puede sonar poética, pero también ahí se desliza una ambigüedad seria. María ocupa en el cristianismo un lugar inseparable de la Encarnación del Verbo. Es Madre de Dios porque el Hijo que nació de ella es verdadero Dios y verdadero hombre. En el islam, en cambio, María es venerada, sí, pero dentro de una cristología radicalmente rebajada, donde Jesús no es el Verbo encarnado ni el Redentor crucificado y resucitado. Invocar a María como manto común sin recordar la verdad cristológica que la define es otra forma de usar símbolos católicos para fines vagamente conciliadores, pero doctrinalmente desactivados. Nostra aetate reconoce que los musulmanes honran a María, pero en el mismo pasaje recuerda que no reconocen a Jesús como Dios. Esa precisión no es secundaria. Es la cuestión central.
La Iglesia no necesita hostilidad hacia los musulmanes. Necesita exactitud. No necesita agresividad verbal. Necesita claridad conceptual. Nadie discute que cristianos y musulmanes puedan vivir juntos, colaborar por el bien común, rechazar la violencia y defender la dignidad humana. El Concilio lo recomienda expresamente. Lo que no se puede hacer es llamar “comunión” a lo que, según la propia doctrina católica, es como mucho convivencia, diálogo, cooperación o relación de respeto. Cambiar el nombre de las cosas no mejora la realidad. Solo la vuelve más confusa.
La cuestión de fondo es más grave de lo que parece. Cuando el lenguaje eclesial deja de ser preciso, la fe se vuelve borrosa. Y cuando la fe se vuelve borrosa, la misión se paraliza. Si la comunión ya no exige una misma fe, un mismo bautismo y una misma incorporación a Cristo, entonces deja de haber motivos para evangelizar. Bastará con celebrar diferencias, elogiar convergencias éticas y producir textos bienintencionados. Pero esa no es la lógica católica. La Iglesia existe para anunciar a Jesucristo, no para disolverlo en una espiritualidad universal de tono diplomático. Lumen gentium abre precisamente afirmando que Cristo es la luz de los pueblos y que la Iglesia desea anunciar el Evangelio a toda criatura. Y el Catecismo insiste en que el esfuerzo misionero comienza con el anuncio del Evangelio a los pueblos que aún no creen en Cristo. Si eso sigue siendo verdad, entonces no se debe hablar como si la comunión ya estuviera construida donde todavía falta lo esencial.
En suma, el tuit no escandaliza por exceso de cortesía, sino por defecto de teología. Con una sola palabra mal empleada, desdibuja la diferencia entre relación humana y comunión sobrenatural, entre respeto y unidad de fe, entre diálogo y pertenencia eclesial. Y cuando una cuenta pontificia normaliza esa confusión, no está edificando la paz religiosa, sino debilitando la inteligencia católica de quienes la leen. Hay términos que un periodista puede usar a la ligera. Un papa no. Y “comunión”, desde luego, es uno de ellos.