Un total de 68 organizaciones sociales, sindicales y políticas ha publicado un manifiesto reclamando sacar “de forma inmediata” la Religión confesional de la enseñanza, avanzar hacia una escuela “plenamente laica” y derogar los Acuerdos con la Santa Sede. La iniciativa se presenta como una campaña unitaria para 2026 bajo el lema “Religión fuera de la escuela” y acusa al Gobierno de “inmovilismo”. Entre los firmantes aparecen entidades como Europa Laica, CEAPA, STEs-i, la Federación de Enseñanza de CCOO, así como Izquierda Unida y Podemos.
El contexto importa. La visita del Papa León XIV a España está confirmada del 6 al 12 de junio de 2026, con programa detallado todavía pendiente de publicación oficial. En ese marco, el manifiesto funciona como un primer movimiento de presión: busca condicionar el ambiente político, fijar el marco interpretativo y forzar a las instituciones a exhibir distancias con la Iglesia justo cuando el foco mediático se desplazará inevitablemente hacia la presencia del Pontífice y el significado público del catolicismo en España.
Los promotores denuncian la existencia de docentes de Religión designados por los obispos y sostienen que la asignatura cumple una misión “proselitista”. Además, vinculan la defensa de una escuela laica con una crítica general a la red concertada, subrayando que una parte mayoritaria de estos centros tiene ideario católico y alegando que ahí las familias estarían más “condicionadas” para elegir Religión. El manifiesto insiste también en la idea de “segregación” ideológica desde edades tempranas y en la necesidad de suprimir cualquier financiación pública que, a su juicio, sostenga el “adoctrinamiento”.
Lo decisivo es que la discusión no es solo administrativa. Es cultural. España no se entiende sin el catolicismo, y por eso el planteamiento de expulsar la Religión del currículo no es neutralidad: es amputación intelectual. Una persona que desconoce la doctrina católica no puede recorrer El Prado con comprensión real, ni leer la iconografía del arte español, ni interpretar el sentido de nuestras catedrales, retablos y fiestas, ni caminar por las calles históricas del país entendiendo lo que ve. Tampoco puede leer en serio la poesía más importante en castellano, atravesada de referencias bíblicas, teológicas, litúrgicas y morales, sin quedarse en la cáscara.
Por eso, en términos de formación básica, la respuesta no debería limitarse a “tolerar” la Religión como optativa marginal. Si lo que se pretende es educación y no simple instrucción utilitaria, la enseñanza de Religión debería ser obligatoria, al menos en su núcleo doctrinal y cultural, como llave de lectura de nuestra historia, nuestro arte y nuestra literatura. Lo contrario no produce ciudadanos libres: produce analfabetos de la propia identidad. Y elevar esa ignorancia a política educativa es institucionalizar la incultura y convertir el sistema escolar en una fábrica de gente que opina de España sin entenderla.